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“El cambio climático origina una reconsideración de las áreas vitícolas en el futuro”

Entrevista a Vicente Sotés, catedrático emérito de la UPM

José Antonio Martín08/09/2020

Vicente Sotés es una de las voces más acreditadas de la viticultura de nuestro país. Doctor ingeniero agrónomo y especialista superior en Viticultura y Enología, Sotés ha dirigido más de 50 proyectos de investigación de programas nacionales, europeos y de cooperación con Iberoamérica sobre la vid y su cultivo. El vicepresidente de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) desde 2016 nos habla en esta entrevista del futuro del viñedo.

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Vicente Sotés, catedrático emérito de la Universidad Politécnica de Madrid.

¿Cuáles son los principales problemas a los que se enfrenta el viñedo debido al cambio climático en este siglo?

El cambio climático es la alteración de las condiciones climáticas medias que definen el clima de un lugar en un largo periodo de tiempo (30 años según la Organización Meteorológica Mundial). Una modificación de las características climáticas actuales afectaría a la distribución de la vegetación natural y a la agricultura, puesto que la radiación solar, el agua y la temperatura controlan el crecimiento y la reproducción de las plantas.

Por otra parte, los cultivos responden directamente a una elevación en la concentración de dióxido de carbono atmosférico (CO2), incrementando –en teoría– su biomasa y su eficiencia en el uso del agua. Sin embargo, estudios recientes cuestionan hasta qué punto estos efectos directos del CO2 se manifiestan en el cultivo donde la planta está sometida a condiciones limitantes de otros factores que influyen en el crecimiento. Al mismo tiempo, el cambio climático implica una modificación de factores clave: salinización, sequía, inundaciones, deterioro de la calidad del agua y erosión del suelo, que muchas veces tienen importantes consecuencias sobre la producción.

Hay una tendencia hacia el calentamiento global y se han planteado varias hipótesis. Según cual sea el escenario considerado, se estima que al final del siglo XXI el aumento se situaría entre 1,4 y 5,8 °C. Estos datos medios a nivel del planeta presentan grandes variaciones según las regiones y las épocas del año.

Dada la importancia del clima en la vid, cualquier modificación de las condiciones climáticas de una región podría alterar el equilibrio con el suelo y la planta. El trabajo realizado en estas últimas décadas en el estudio del clima indica que van a continuar los cambios, tanto en el régimen de temperaturas como en el de precipitaciones. Esto podría ocasionar alteraciones no sólo en la fenología de la vid, sino también en los patrones de enfermedades y plagas, en el potencial de maduración y, en definitiva, en la calidad de la uva y en el rendimiento en mayor o menor medida. Estos cambios incluyen la frecuencia e intensidad de determinados fenómenos climáticos adversos, como sequías o inundaciones, que pueden tener consecuencias importantes en la viticultura; algunas proyecciones realizadas en España parecen indicar un aumento tanto de los períodos de sequía como los de las lluvias torrenciales y de las inundaciones.

A corto plazo, se verían afectados la calidad y el estilo del vino y, a largo plazo, podrían afectar a la idoneidad de las variedades o a la sostenibilidad de las regiones vitivinícolas tradicionales.

¿Cómo se pueden mitigar los efectos del cambio climático como la sequía extrema?

Se considera que la vid es una planta adaptada a condiciones de sequía, pero eso no significa que no necesite agua. Para producir 1 kg de materia seca, la vid consume unos 500 litros de agua. En España la mayor parte del viñedo se cultiva en secano, donde la disponibilidad de agua depende solamente de la lluvia (cantidad, distribución temporal, capacidad de retención de los suelos, niveles de escorrentía, criterios seguidos en la plantación…) y los rendimientos medios son inferiores a los obtenidos en otros países con mayores disponibilidades hídricas para el cultivo.

El consumo de agua por la planta es muy estacional: un 70% del total lo necesita entre el cuajado y la vendimia, que coincide con los meses de verano (junio-septiembre) en los que, en algunas zonas, las precipitaciones son muy escasas. Las perspectivas con el cambio climático son peores.

El agua es absorbida por las raíces de las plantas y, o bien se aporta mediante riego, o se realiza un aprovechamiento al máximo de la precipitación con una buena eficiencia de la actividad radicular, con una implantación profunda de un portainjerto adecuado capaz de almacenar agua, y con un control de la evaporación del suelo y de la transpiración de la viña con un buen manejo de la superficie foliar.

Con un régimen higrométrico bajo se pueden ver favorecidos los efectos depresivos en la planta, especialmente cuando existe déficit hídrico; por ello, es interesante estudiar los períodos con humedades relativas (HR) menores del 40%. La actividad fotosintética óptima se produce a un 60-70% de HR. Además, las humedades relativas altas (más del 80%) conllevan el riesgo para el desarrollo de enfermedades criptogámicas.

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Sotés: “Los indicadores para España marcan un aumento tanto de los períodos de sequía como los de las lluvias torrenciales y de las inundaciones”.

¿Hay solución para los episodios de helada o granizo?

Las bases fisiológicas que determinan los efectos de las temperaturas por debajo de 0 °C en los tejidos de la planta o los daños mecánicos producidos por los impactos del granizo son conocidos y de difícil respuesta. Los métodos de defensa contra heladas y granizo no ofrecen novedades y resultan costosos y complejos.

El número de días de helada será menor, pero en las ocasiones en las que se presenten, los efectos pudieran ser más graves, bien por la intensidad o por el estado fenológico más sensible.

El granizo puede aparecer en épocas menos habituales; las alteraciones en la actividad atmosférica producen incertidumbre de los episodios extremos: por ejemplo, en enero han sufrido granizadas algunas zonas españolas en las que, eventualmente, se producen en verano.

¿La situación y orientación del viñedo es importante? ¿La formación de la cepa también? ¿De la poda?

Ante un aumento de la temperatura y una disminución del agua disponible, especialmente en el verano, hay que actuar para evitar el exceso de recalentamiento en las partes verdes. En las hojas, a base de asegurar una transpiración suficiente.

Los racimos son muy frágiles a las temperaturas elevadas (pueden tener una temperatura de 15 °C superior a la del aire por su falta de transpiración), por lo que es necesario mantenerlos protegidos de la exposición directa. Por tanto, hay que procurar una buena porosidad de la superficie foliar para favorecer la ventilación –y su refrigeración–, su buen estado sanitario y su fácil acceso, pero evitando la sobreexposición a la luz solar.

Los sistemas de conducción y poda pueden ayudar a mejorar la protección de los racimos contra la insolación excesiva, pero hay que considerar su efecto en el consumo de agua por el incremento de transpiración a mayor superficie foliar y en los procesos fisiológicos.

Ha de buscarse un equilibrio adecuado entre la superficie foliar productiva y el peso de la cosecha, limitando la superficie foliar total excedentaria para no provocar un consumo excesivo de agua y un amontonamiento de la vegetación con muchas hojas sombreadas, parásitas. Las formas más libres, con vegetaciones inclinadas, son más favorables que las verticales, excesivamente constreñidas y que pueden crear una población de hojas parásitas, y no activas en el interior.

Una altura de tronco mayor ayuda a reducir el exceso de temperatura de los racimos, pero puede provocar un consumo de agua ligeramente más elevado. La reducción de la altura del dosel de vegetación ayuda a limitar el consumo de agua, pero ello no debe producirse a base de despuntes intensos ni frecuentes que puedan provocar un amontonamiento de la vegetación con gran desarrollo de nietos y hojas envejecidas o parásitas.

¿Habrá modificaciones en las plagas y enfermedades actuales?

El clima tiene una importancia notable en el comportamiento de las plagas y enfermedades y están previstos cambios en la distribución geográfica, con un mayor riesgo en la aparición de nuevas afecciones y la intensidad de los daños en general, a consecuencia de la extensión de la estación de desarrollo del viñedo, de la mayor velocidad de multiplicación y del incremento en el número de generaciones y de la alteración de las interacciones y sincronía viñedo-plaga. Es preciso afrontar una defensa razonada y modelizada, teniendo en cuenta que la introducción de nuevas técnicas de control y el cambio de materias activas también pueden ocasionar alteraciones.

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El catedrático lo tiene claro: “Con una mayor incertidumbre habría que revisar las primas del seguro”.

¿Cree que los viticultores tendrán que hacer modificaciones en su rutina de trabajo? En las labores, la poda, los tratamientos, los riegos o la vendimia…

Las intervenciones, en muchos casos, se deben plantear con criterios muy diferentes de los utilizados hasta ahora, que se ha buscado una mayor exposición solar en los racimos y en las hojas para conseguir una buena maduración de la uva evaluada, en muchos casos, por el alto contenido en azúcares.

¿Cómo afecta el cambio climático a la gestión de riesgos en viñedo? ¿Cómo serán los seguros del futuro?

Con una mayor incertidumbre habría que revisar las primas del seguro. Las actuales no se pueden mantener porque los riesgos van a ser diferentes, y las empresas tienen que desarrollar unas bases de datos nuevas con arreglo a la incidencia de los daños que se vayan presentado en los años venideros.

El pasado no sirve como experiencia para el futuro.

¿Habrá más indemnizaciones? ¿Será sostenible el sistema con la radicalización del clima?

¿Y de dónde van a salir los fondos? Entiendo que habrá que reajustar las primas con la nueva situación dentro de las normativas o estrategias futuras de las políticas agrarias y objetivos empresariales.

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