ACTUALIDAD

En esta segunda parte se abordan las consecuencias más sensibles del proceso

Retos presentes y futuros en la limpieza y lavado de las aceitunas en las almazaras. Parte II.

Montaño A.*, Redondo-Redondo, S., Chamizo-Calero, F. Centro Tecnológico Nacional Agroalimentario “Extremadura” (CTAEX)31/08/2026
En la primera parte de esta revisión, publicada en el número anterior, se planteó que la limpieza y el lavado de la aceituna no deben entenderse como una operación auxiliar, sino como una decisión tecnológica con efecto directo sobre la calidad, la seguridad mecánica y la trazabilidad. Se revisó la naturaleza de las impurezas que llegan al patio, la necesidad de clasificar las partidas por origen, estado sanitario, madurez e integridad, y la importancia del diseño del lavado, el escurrido y el secado para evitar daños en el fruto, arrastres de agua y pérdida de potencial oleotécnico. La idea de fondo no era defender si hay que lavar o no lavar, sino cuándo conviene hacerlo, cómo debe hacerse y con qué intensidad. En esta segunda parte se abordan las consecuencias más sensibles del proceso, desde la calidad higiénico-microbiológica del agua y su relación con fermentaciones y defectos, hasta su impacto sobre el rendimiento, la extractabilidad, la composición del aceite, el control de contaminantes y la sostenibilidad de los efluentes. En definitiva, se pasa de la decisión de patio y del diseño del equipo al control real del agua, del riesgo y de la eficiencia del proceso. La tercera y última entrega se centrará en los criterios de decisión, los controles rápidos y los aspectos normativos que empiezan a exigir organismos de control y entidades certificadoras.
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4. Calidad del agua y control higiénico-microbiológico

La higiene del agua de lavado es, en muchas almazaras, un “punto ciego” operativo, pues se controla el aspecto visual del fruto, pero no se monitoriza de forma sistemática el estado químico o microbiológico del agua recirculada ni su papel como vector de contaminación cruzada (Cappelli et al., 2019; Montaño, 2019). El marco de buenas prácticas del COI es claro en dos aspectos que conviene recordar: (1) la almazara debe disponer de suministro suficiente de agua potable y controlar su potabilidad y (2) en la fase de “eliminación de hojas y lavado”, el peligro biológico y químico aparece, especialmente, cuando aceitunas rotas/dañadas entran en contacto con agua sucia o contaminada (COI, 2006).

4.1. Microorganismos, contaminación cruzada y fermentación: del agua “de lavado” al agua “de inoculación”

La degradación de la calidad del agua recirculada es rápida porque el circuito concentra sólidos finos, materia orgánica y jugo/pulpa del fruto dañado. En términos microbiológicos, esto significa que la lavadora puede pasar de ser un medio higienizante a ser un sistema de transferencia de microbiota entre partidas (Vichi et al., 2015). En el trabajo de referencia sobre preprocesado crítico, el recuento de bacterias lácticas y bacterias entéricas en la superficie de aceitunas lavadas con agua recirculada aumenta típicamente entre 2 y 3 órdenes de magnitud frente a aceitunas no lavadas/control. Varios autores relacionan ese cambio microbiano con variaciones en biogénesis de volátiles y la solubilidad de fenoles/pigmentos, incluso sin almacenamiento previo (Vichi et al., 2015).

Una evidencia especialmente clave es el efecto “de causalidad” planteado por Vichi y colaboradores al comprobar que aceitunas sanas recién recolectadas que se sumergen en agua contaminada procedente de una lavadora industrial puede, por la microbiota de dicha agua de lavado, alterar la composición química del aceite y, por extensión, su perfil sensorial y su estabilidad (Vichi et al., 2011). Esto es relevante porque conecta el control del agua de lavado con defectos de origen microbiano. Así, si se incrementa la carga de levaduras y bacterias en fruto antes de la extracción, se aumenta la probabilidad de formación de alcoholes y ésteres y de defectos como “atrojado”, “avinado-agrio” o “moho-humedad” (Vichi et al., 2011; Román Herrera y Méndez Soria, 2019). En la misma línea Beltrán y colaboradores (2021) demuestran que lavar aceitunas antes de almacenarlas favorece la síntesis de etanol (precursor de ésteres etílicos) y penaliza atributos sensoriales. Por tanto, el riesgo no es solo “lavar con agua sucia”, sino también “mojar y demorar”.

4.2. Medidas de control higiénico: de la recomendación general a un paquete verificable (agua + equipo + verificación)

Tras la concienciación de que el agua de la lavadora evoluciona negativamente y se hace necesario un control es importante poder tener parámetros o herramientas que ayuden a monitorizar la degradación y establecer unas directrices de su sustitución por agua apta para el lavado de los frutos. Por ello se proponen diferentes medidas de control:
a) Requisitos de potabilidad y frecuencia de renovación. El COI establece que la almazara debe disponer de agua potable, con almacenamiento/distribución y que la potabilidad debe controlarse como punto crítico cuando aplique (COI, 2006). El COI recomienda cambiar el agua “tan a menudo como sea posible” (al menos una vez al día) y sugiere, opcionalmente, un enjuague final con agua limpia y potable (COI, 2006). Este detalle es clave para potenciales auditorías o autocontroles porque flexibiliza los controles a una renovación y un post-enjuague.

b) Desinfección. El fin es mantener un agua de lavado controlable y compatible con “agua potable”, mantener un residual desinfectante medible y monitorizado. En trabajos previos de Montaño y colaboradores (2019) se muestra que una aplicación durante la recepción de aceituna con hipoclorito favorece una desinfección efectiva, una reducción de la carga microbiana. Sin embargo, debe existir un residual de cloro libre ≥0,2 mg/L de cloro libre residual (WHO, 2011). Sin embargo, debido a la alta carga orgánica, ese residual se consume rápido perdiendo eficiencia en mantener bajos niveles de microrganismos en el agua de la lavadora.

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c) Tecnologías de regeneración del agua recirculada. La realidad en una almazara apunta a que se deben buscar soluciones de bajo “riesgo de complejidad” para su implantación y eficiencia. Para ello primero debe existir una filtración/retención de sólidos finos, renovación parcial y, cuando se persigue reutilización, desinfección física (UV) mejor que química (hipoclorito). Esta combinación se propone expresamente como parte del enfoque de control cuando se usa el agua de lavadora incluso para acondicionamiento térmico (Plasquy et al., 2021).

Respecto a tecnologías oxidativas, conviene separar dos opciones investigadas: (a) para reducir residuos fitosanitarios se ha observado efectividad usando agua ozonizada (Kiriş y Velioglu, 2016) y (b) aplicado ya en industria hortofrutícola para reducir biocarga en agua de lavado recirculada a concentraciones bajas de ozono disuelto (p. ej., 2 ppm durante 2 min en lechuga) (Ölmez, 2009). El ozono y ClO₂ son alternativas con experiencias previas en lavado de productos vegetales, pero su implantación en almazara debe aun validarse por la carga orgánica, la compatibilidad con materiales y asegurar que no existe un impacto sensorial en el aceite (Kiriş y Velioglu, 2016; Ölmez, 2009).

d) Higiene del equipo y control de biofilms. El agua de la lavadora es solo una mitad del problema, pues el equipo (fondos, cribas vibratorias, sinfines, boquillas) acumula materia orgánica y superficies húmedas donde se forman biofilms, que actúan como reservorio y explican “recontaminaciones” incluso tras recambios de agua (Fernández-Lozano, 2019). La bibliografía consultada indica que los biofilms elevan la resistencia a desinfectantes y requieren una combinación de limpieza mecánica eficaz + detergencia adecuada + desinfección (Carrascosa et al., 2021). Desde el punto de vista de los fabricantes, se deben buscar diseños drenables, sin zonas muertas, y protocolos de limpieza que reduzcan tiempos muertos sin perder eficacia (Cappelli et al., 2019; Carrascosa et al., 2021).

e) Verificación: pasar de “cambiar agua” a “medir control. Se deben establecer indicadores verificables, alineado con APPCC, como la turbidez/sólidos, un parámetro relacionado con la carga orgánica (p. ej., DQO si se dispone o un indicador rápido equivalente), cloro residual…. El objetivo no es “hacer analítica”, sino asegurarnos de que el agua debe seguir siendo un agente de limpieza y no un vector de inoculación.

5. Efectos del lavado sobre rendimiento, extractabilidad y composición

El lavado no es una etapa neutra pues al añadir agua a la aceituna justo antes de la molienda, se modifica el equilibrio de fases (aceite-agua-sólidos) que influirá en la coalescencia de microgotas, la formación de emulsiones y, en último término, la eficiencia de separación en decánter y centrífugas verticales (Jiménez et al., 2001; Montaño, 2019). En paralelo, el contacto con agua favorece la partición de compuestos polares hacia la fase acuosa y altera parámetros fisicoquímicos y sensoriales liagados a fermentación (etanol/ésteres etílicos), con consecuencias directas sobre el rendimiento industrial, estabilidad y perfil sensorial (Vichi et al., 2015; Beltrán et al., 2021).

5.1. Impacto en rendimiento y extractabilidad

El lavado añade una película de agua superficial (adsorbida) y, en menor medida, agua absorbida en el tejido del fruto, elevando la humedad efectiva que llega al molino. Ese aumento, aunque parezca limitado, interactúa con la reología de la pasta (viscosidad, liberación de coloides/pectinas) y con la eficiencia de separación por centrifugación, sobre todo cuando la aceituna ya presenta humedad alta o cuando el proceso trabaja cerca de su límite (Caravaca-Susi, 2019; Montaño, 2019).

Datos de muchas campañas y almazaras muestran que la humedad del fruto es uno de los factores más determinantes de la extractabilidad y que, a partir de ciertos umbrales (Boudebouz y colaboradores cifran en alrededor de >52% de humedad), su peso aumenta todavía más (Boudebouz et al., 2024). Esto explica por qué el lavado “provocan” a algunos lotes de aceitunas a generar “pastas difíciles” y por qué el escurrido-secado deja de ser accesorio (Caravaca-Susi, 2019; Boudebouz et al., 2024).

En la bibliografía más clásica y aplicada se describe una merma de rendimiento industrial asociada al fruto lavado (Hermoso et al., 1998; Jiménez et al., 2001), coherente con el mecanismo físico de mayor emulsificación y menor coalescencia durante batido y decantación (Montaño, 2019). Desde el punto de vista del operario de almazara, conviene “traducir” esto en un mensaje operativo: el beneficio mecánico del lavado (retirar piedra/lodo) debe pagarse con una penalización potencial de separación si no se compensa con un buen tren de escurrido-secado y entrada inmediata a molienda para evitar fermentaciones (Cappelli et al., 2019; Montaño, 2019).

5.2. Alteraciones en la composición química y sensorial

La premisa central de que el lavado provoca una pérdida de fenoles por su mayor solubilidad en la fase hidrofílica sigue siendo cierta. Una fracción de compuestos fenólicos y otros polares puede “migrar” hacia el agua cuando aumenta el contacto con fase acuosa, y ese fenómeno se agrava cuando hay más agua disponible (por lavado mal escurrido, por agua añadida o por alta humedad intrínseca) (Jiménez et al., 2001; Marx et al., 2022). Esto explica la reducción de amargor, de estabilidad oxidativa, clorofilas, etc., y justifica que el lavado se minimice en partidas de vuelo “premium” o, si se aplica, se acompañe de secado eficaz y molturación inmediata (Favati et al., 2013; Montaño, 2019; Marx et al., 2022).

En cuanto a la fase aromática de los aceites, el lavado alterará los compuestos volátiles y cambio de balance aldehídos/alcoholes. En una contribución muy citada sobre pérdidas de calidad por lavado y almacenamiento corto, se describe un desplazamiento del perfil de volátiles, con una reducción relativa de aldehídos C6 e incremento de alcoholes/ésteres, con cambios de nota aromática sin necesidad de que aparezcan defectos claros (Vichi et al., 2015). Se puede “perder frescura verde” sin cruzar el umbral de defecto, lo que puede llamarse “tergiversarse” los aromas (pasar de un frutado verde a un frutado maduro), y aun así empobrecer el perfil de un AOVE temprano (Vichi et al., 2015). Un estudio aplicado en aceites ecológicos evaluó de forma directa el efecto del lavado (y el momento del día de cosecha) sobre parámetros de calidad y perfil quimiosensorial, reforzando que el lavado puede modificar el resultado final y que su efecto interactúa con condiciones de materia prima (Segura-Borrego et al., 2022).

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Otro parámetro químico que se verá afectado es el contenido de etanol y ésteres etílicos, aún más cuando el riesgo depende del binomio “lavado + demora en el procesamiento”. La evidencia reciente matiza bien que lavar incrementa el etanol del fruto, pero si la aceituna lavada se procesa inmediatamente, el efecto puede no traducirse en diferencias relevantes. El problema se dispara cuando el fruto lavado se almacena en tolvas, elevando etanol en fruto y en aceite y, con ello, el riesgo de incremento de ésteres etílicos asociados a fermentación (Beltrán et al., 2021).

El mensaje que debe recordarse con este apartado no debería formularse como “lavar empeora” o “lavar no afecta”, sino como una condición de control de que el lavado introduce agua y, con ello, altera extractabilidad y solubilidad de compuestos en el AOVE final. A modo de resumen hay que tener claro que el daño se minimiza si (I) el lavado se reserva para partidas que lo necesitan por seguridad mecánica, (II) el tiempo de contacto hídrico es corto, (III) el tren de escurrido-secado es eficaz y (IV) la aceituna lavada entra a molturación sin demoras, especialmente en temprano/premium (Vichi et al., 2015; Beltrán et al., 2021; Segura-Borrego et al., 2022; COI, 2025).

6. Inocuidad y contaminantes

El lavado de la aceituna en almazara no se limita a “quitar barro”, pues puede operar como barrera de seguridad alimentaria frente a contaminantes químicos (pesticidas y contaminantes lipófilos) y físicos (cuerpos extraños), pero solo si se monitoriza y controla la calidad del agua y se evita que la propia lavadora se convierta en un vector de transferencia entre partidas (Guardia-Rubio et al., 2008; Montaño, 2019). Esta mirada es especialmente pertinente hoy porque el marco regulatorio europeo exige cumplimiento estricto de límites máximos de residuos de plaguicidas en alimentos (UE, 2005) y de niveles máximos de determinados contaminantes (UE, 2023), y porque la evidencia científica reciente ha reforzado el foco en contaminantes emergentes como los hidrocarburos de aceites minerales (MOSH y MOAH) (EFSA, 2023).

Desde la lógica de proceso, el punto crítico es que muchos contaminantes relevantes para el aceite son lipófilos, por lo que tienden a concentrarse preferentemente en la fase oleosa durante la extracción. En consecuencia, la prevención en patio (selección de partidas, diseño higiénico, control de materiales en contacto y gestión del agua) deberá ser más intensa que intentar “corregir” al final (Kiriş y Velioglu, 2016).

6.1. Residuos de plaguicidas: eficacia del lavado, “factor tiempo” y riesgo de recontaminación

La evidencia empírica muestra que el lavado puede reducir residuos, pero su eficacia depende de solubilidad y afinidad por ceras del epicarpio (ver Tabla 1 de la primera parte del artículo). En aceituna, se ha descrito que una fracción de residuos es “lavable” al inicio del ciclo, mientras que compuestos más lipófilos y/o integrados en la cutícula muestran reducción limitada, tal y como se ha mostrado en la Tabla 1, en la primera parte de este artículo en el número anterior, en la que la mayoría de las materias activas presentes de forma habitual en los aceites de oliva son de carácter lipófilo (Cabras et al., 1997; Guardia-Rubio et al., 2008).

El lavado con agua ozonizada como medida de mitigación puede ser una solución de acuerdo con los resultados de un trabajo experimental que realizaba un lavado de 5 minutos con agua ozonizada. Este lavado redujo en aceituna residuos de varias materias activas (p. ej., clorpirifos, β-ciflutrina, α-cipermetrina e imidacloprid) con reducciones del orden de decenas de puntos porcentuales (Kiriş y Velioglu, 2016).

El aspecto positivo del lavado posee un lado negativo por el aumento del riesgo por recirculación. En una investigación en almazara durante ciclos de lavado, se observó que al comienzo del ciclo el lavado eliminaba eficazmente ciertos herbicidas superficiales, pero conforme avanzaba el día la contaminación progresiva del agua reducía la eficacia y, en algunos casos, las aceitunas salían con más residuo tras el lavado que antes de entrar (Guardia-Rubio et al., 2008). Este resultado convierte la recirculación sin regeneración en una amenaza técnica y legal, pues una partida inicialmente más limpia puede verse recontaminada si se lava en agua ya cargada por partidas de suelo (Guardia-Rubio et al., 2008).

6.2. Otros contaminantes relevantes: MOH (MOSH/MOAH), PAHs, plastificantes y metales traza

La literatura reciente ha aportado dos ideas que conviene incorporar porque amplían los riesgos químicos a la actualidad más allá de “pesticidas” a la presencia de MOSH y MOAH en aceites:

  1. La cosecha/manejo puede ser una fuente relevante: en un estudio de campaña, se observaron incrementos importantes de contaminación por MOH tras operaciones de recolección en una fracción significativa de casos (Menegoz Ursol et al., 2023).
  2. La almazara también importa: hay trabajos que analizan el impacto de la molturación y etapas de proceso (incluyendo transporte y potencial del lavado) sobre MOH, lo que abre la puerta a discutir el lavado no solo como “riesgo”, sino también como una posible palanca de mitigación si se diseña y valida adecuadamente (Menegoz Ursol et al., 2024).
A nivel de evaluación del riesgo, EFSA actualizó su opinión en 2023 y concluye que MOSH no plantearía preocupación para salud pública a los niveles actuales de exposición, pero subraya que ciertas fracciones de MOAH pueden contener compuestos genotóxicos carcinógenos para los que no se establece un nivel “seguro” (EFSA, 2023). Esto explica por qué el sector está bajo un foco creciente y por qué, tiene sentido tratar MOH como “amenaza emergente” y conectar medidas preventivas en patio (lubricación, materiales, limpieza, control de proveedores y, potencialmente, lavado).

En la misma línea los PAHs son contaminantes ambientales y de malas prácticas (exposición a combustión, humos, contacto con emisiones), y son especialmente relevantes en aceites por su lipofilia (Bertoz et al., 2021). En el plano normativo, la UE fija niveles máximos para determinados contaminantes en alimentos mediante el Reglamento (UE) 2023/915, que incluye límites aplicables a PAHs en categorías de alimentos, entre ellas aceites y grasas (UE, 2023).

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Respecto a las sustancias plastificantes (ftalatos y sustitutos) y materiales en contacto, tanto la recepción y la post-cosecha de aceitunas son posibles puntos de entrada de estas sustancias. Hay un estudio que monitoriza 32 plastificantes a lo largo de etapas de producción y almacenamiento en varias líneas, discutiendo fuentes como tuberías/mangueras, depósitos y otros componentes plásticos (Freitas et al., 2024). Esto conecta directamente con que respecto a las bandas/cintas y rodillos no basta con declarar “uso alimentario”, debe existir certeza de (a) que se ha hecho una selección de materiales conformes a legislación de materiales en contacto y (b) la empresa comercializadora posee un estricto control de posible migración/contaminación en condiciones reales (Freitas et al., 2024; UE, 2004; UE, 2011).

Aunque no existe un riesgo elevado por la contaminación de metales (Fe, Cu, etc.) y aunque el lavado no es una solución universal, sí tiene sentido anotar que el polvo superficial puede ser vector de metales traza, especialmente en zonas con presión ambiental o prácticas agronómicas específicas. La literatura sobre elementos traza en aceites de oliva existe y se usa incluso para autenticidad geográfica (Nasr et al., 2021).

7. Sostenibilidad y gestión de efluentes

La gestión del agua en almazara ha pasado de ser una cuestión “de campaña” a convertirse en un vector estratégico para la empresa, con un importante coste operativo, un riesgo regulatorio constante y cambiante, y además, una reputación ambiental para la marca. En la práctica, la sostenibilidad del lavado no se mide solo por litros consumidos, sino por el binomio “consumo + carga” (sólidos, materia orgánica, compuestos fenólicos, etc.) y por la capacidad real de segregación, tratamiento y destino final conforme a autorización de vertido (Grueso, 2009; Cappelli et al., 2023; Vaz et al., 2024).

Esto toma más peso cuando ya hoy en día las almazaras tienden a generar varios flujos de aguas residuales de forma diferenciada. Ya es común que las almazaras dispongan de sistemas que llevan por separado las aguas pluviales, las del lavado de aceituna, las aguas de la centrífuga vertical (Vaz et al., 2024).

La sostenibilidad del lavado no debe ser simplemente “recircular por recircular” ni “depurar al final”, sino diseñar una estrategia jerárquica. Esta estrategia debe, primero, minimizar la generación de altos volúmenes de agua fomentando la limpieza en seco, uso de boquillas, disponer de un bypass, secado por aire, etc. (Cappelli et al., 2019; Cappelli et al., 2023). Segundo, segregar y estabilizar el efluente (sólidos/arcillas) para que sea tratable. Tercero, elegir tratamiento en función de objetivo y permiso (reutilizar, verter o valorizar), recordando que el vertido exige autorización y unas condiciones técnicas (RD 849/1986).

7.1. Balances hídricos y carga contaminante: por qué el lavado “pesa” más en dos fases

El consumo de agua en una lavadora, aunque tiene una evidente variabilidad real, existen algunos factores dominantes que determinan la necesidad de un mayor o menos volumen para un trabajo efectivo. La cifra “por kilo de aceituna” cambia mucho según (a) suciedad mineral (barro/arcillas), (b) tipo de lavadora (inmersión vs boquillas), (c) existencia de bypass y (d) manejo de la renovación/recirculación. Para tener una cifra orientativa, en análisis de huella hídrica se ha utilizado como valor de referencia en España un orden de magnitud de 0,05 L de agua por kilo de aceituna para la fase de lavado, asumiendo equivalencia con el volumen de efluente generado (Salmoral et al., 2011).

Dicho esto, conviene evitar un único número “canónico” y presentar el consumo como rango operacional condicionado por suciedad y diseño, reforzando que la ingeniería moderna reduce consumo con (1) mayor limpieza en seco previa, (2) lavado por boquillas y (3) secado por cuchillas de aire (Cappelli et al., 2019; Cappelli et al., 2023).

El agua de la lavadora no es alpechín, pero tampoco es “agua sucia sin más”. En general, el agua de la lavadora suele tener una carga orgánica claramente inferior a la del alpechín, pero su variabilidad es alta por recirculación y arrastre de sólidos finos. Un trabajo de 2025 resume bien esa realidad indicando que la DQO y los sólidos totales del agua de la lavadora suelen estar por debajo de 1 g O₂/L y 0,90%, respectivamente, aunque se reportan casos con DQO de hasta 4,9 g O₂/L (Hodaifa et al., 2025).

Este rango cercano a la realidad explica dos hechos colave: (1) el efluente del lavado puede ser relativamente tratable si se controla el arrastre de sólidos y se evita la degradación por recirculación sin regeneración, pero (2) cuando entran barro/arcillas y se recircula, la carga sube rápidamente, con impacto directo en costes y permisos.

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La razón de la fitotoxicidad y la mala biodegradabilidad del agua de la lavadora viene dada por los sólidos en suspensión y el contenido en fenoles. Aunque esta agua esté menos cargada que otros efluentes oleícolas, la presencia de fenoles y otros compuestos antimicrobianos puede dificultar tratamientos biológicos directos y condicionar reutilización. En un tratamiento con fotobiorreactor microalga-bacteria específicamente diseñado para el agua de la lavadora, se evalúa precisamente la eliminación de compuestos tóxicos/inhibitorios para que el agua deje de comportarse como un efluente “difícil” (Maza-Márquez et al., 2017). Esto te permite explicar claramente que el problema no es solo la DQO, sería la combinación de la “DQO + inhibidores + sólidos”, y por eso las líneas de tratamiento suelen comenzar con separación física/clarificación y, después, aplicar procesos (químicos, membranas o biológicos adaptados).

Hay que recordar y subrayar que el vertido a dominio público hidráulico en España requiere autorización administrativa y un condicionado técnico. El procedimiento y su base normativa se articulan en el Reglamento del Dominio Público Hidráulico (Real Decreto 849/1986) y su tramitación se describe en la guía del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico sobre autorizaciones de vertido (RD 849/1986).

7.2. Tratamiento y valorización: del “cumplimiento” a la economía circular

Algunas opciones para la gestión y aprovechamiento del agua del lavado ha sido estudiada y se ha destacado en este artículo algunas opciones de más a menos accesible para una almazara tipo:
  1. Minimización en origen (la opción con mejor relación coste-beneficio). La literatura de ingeniería de equipos apunta a que la vía más robusta es reducir el problema antes de tratarlo, como por ejemplo maximizar limpieza en seco, usar un bypass en vuelo sano y aplicar en las lavadoras una pulverización con secado por aire para disminuir el volumen y la carga de agua recirculada (Cappelli et al., 2019; Cappelli et al., 2023).
  2. Tratamientos fisicoquímicos de cabecera (clarificación y protección de tecnologías posteriores). El orden más coherente, especialmente para el agua de la lavadora con arcillas y sólidos, es el tamizado/decantación + coagulación-floculación (y, si procede, lamelar o filtración). Este enfoque está alineado con la lógica de regenerar agua recirculada para evitar que el circuito cerrado se convierta en un vector de contaminación (Guardia-Rubio et al., 2008).
  3. Cuando el objetivo no es solo clarificar sino también retirar micropoluentes (pesticidas) y fracción fenólica, se ha propuesto combinaciones tipo FeCl3 + adsorción (carbón activo), presentadas específicamente para aguas de lavado de almazara (Guardia-Rubio et al., 2008).
  4. Membranas (UF cerámica) como primera etapa para estabilizar el efluente y habilitar reutilización/valorización. Con el alpechín de almazaras de dos fases, se ha propuesto la ultrafiltración con membranas cerámicas (5–50 kDa) como primer paso de tratamiento, con mejoras destacadas en turbidez/color y una base para recuperación de fracción fenólica (Cifuentes-Cabezas et al., 2022).
  5. Los sistemas biológicos de baja energía (microalgas-bacterias) para escenarios específicos. En OWW, existe evidencia de tratamiento mediante consorcios microalga-bacteria en fotobiorreactor con eliminación de compuestos tóxicos sin aporte externo de oxígeno (Maza-Márquez et al., 2017). Estos enfoques son especialmente interesantes para almazaras pequeñas/medianas por su menor complejidad operativa, aunque requieren superficie, control de estacionalidad y una gestión fina de cargas para evitar inhibición.
  6. Una Valorización integrada y cierre de ciclos mediante la integración circular en dos fases es el uso de efluentes relacionados con el proceso (incluido el alpechín) para cultivar microalgas y luego codigerir, integrando tratamiento y valorización energética/material (Fernández-Rodríguez et al., 2022).

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