Crisis para quien recorta, oportunidad para quien gestiona: el viñedo español ante el congreso de la OIV
Tras la reunión de la OIV en Yinchuan con especialistas de todo el mundo, sus propios datos confirman que el viñedo de vino pierde peso. Es una crisis para quien siga trabajando por inercia y una oportunidad para quien gestione el viñedo con datos, conocimiento e innovación.
Recientemente, más de 800 personas expertas de una treintena de países se reunieron en Yinchuan (China) en el 47°Congreso Mundial de la Viña y el Vino. El lema elegido por la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) habla de transformarse para afrontar los retos, de innovar y de sostenibilidad. No es retórica de congreso: es el diagnóstico de un sector que cambia más deprisa de lo que muchas de nuestras explotaciones son capaces de asumir.
Hay un dato, presentado hace apenas dos semanas en Murcia por el director general de la OIV, que lo resume mejor que cualquier ponencia. En 2025, el 48% de toda la uva que se produjo en el mundo fue uva de mesa. En el año 2000 era el 26%, una de cada cuatro. Hoy, casi la mitad de la uva del planeta no se cultiva para hacer vino.
Son cifras aún provisionales que conviene leer: es que la uva de mesa ha crecido de forma espectacular, sobre todo en Asia, que ya concentra cerca del 70% de la producción mundial, con China a la cabeza. Pero el mensaje de fondo es el mismo. El vino ha dejado de ser el destino natural de la uva, y el viñedo que se dedica a él va a tener que justificar su lugar.
Para quienes vivimos del viñedo de vino en España, eso debería ser una llamada de atención. Porque el consumo cae y el sector se va a partir en dos: por un lado, una industria concentrada, muy automatizada y de costes bajos; por otro, vinos de origen, ligados a paisajes concretos y a una clientela dispuesta a pagar por ellos. En cinco años, los proyectos que se queden a medio camino, sin un objetivo claro, lo van a tener muy difícil.
Y, sin embargo, este es también un momento de enorme oportunidad para quien haga bien las cosas. La campaña que acabamos de cerrar lo demuestra. En primavera, todos los indicadores que veíamos en campo apuntaban a una cosecha de récord de uva para vinificación, pero muy pocas explotaciones la han registrado: las cooperativas estiman para España unos 34 millones de hectolitros, el cuarto año seguido por debajo de 37. El calor ha pesado, sin duda. Pero ante unos precios de la uva que no suben, la mayoría ha recortado justo donde no debía: en tratamientos fitosanitarios, en prevención frente a las olas de calor, en riego. El potencial estaba en la viña y se ha perdido por el camino.
Es la consecuencia de trabajar por inercia. Se recorta en lo que no se nota en la factura del mes, pero sí en la báscula de la vendimia. La respuesta debe ser la contraria: identificar qué labores son rentables, concentrar ahí el esfuerzo y dejar de hacer lo que se hace solo porque siempre se ha hecho. Si sube el gasoil, la solución no es dejar de pasar el tractor a ciegas, sino decidir con criterio profesional qué pases tienen sentido. Es un cambio de mentalidad: gestionar el viñedo como una empresa que busca rentabilidad, y no según las dinámicas heredadas de la agricultura de siempre. Está pasando en todos los sectores, y el vino no se quedará al margen.
La buena noticia es que las prioridades que la OIV ha puesto sobre la mesa, desde la adaptación al cambio climático y el uso eficiente del agua hasta la biodiversidad, la sanidad vegetal o la innovación, no exigen grandes inversiones para empezar a aplicarse. Exigen algo más incómodo: cambiar hábitos.
¿Por dónde empezar? Por la poda, porque es donde más dinero perdemos sin darnos cuenta. Seguimos aplicando técnicas heredadas de la reconstrucción del viñedo tras la filoxera que dañan la planta año tras año. Por eso hay viñedos plantados en los noventa que se arrancan con treinta años, cuando las viñas de principios del siglo pasado llegaban a centenarias. Lo mantengo: el coste acumulado de podar mal supera el valor de todas las ayudas que recibe el sector vitivinícola español.
Sigo por los datos. En Murcia, la OIV dedicó una sesión a la viticultura inteligente y a la inteligencia artificial en campo. Es el camino, pero falta un paso previo: la mayoría de las bodegas controla al céntimo sus costes y apenas recoge datos técnicos del viñedo, como el vigor, el equilibrio entre hoja y fruto o el número de racimos y bayas. Nos atrae el tractor nuevo y muy poco la hoja de cálculo. Sin datos, la inteligencia artificial no tendrá con qué trabajar.
Y termino por la gestión integrada del viñedo, eje de la sesión de viticultura del congreso. Este año he formado para la FAO a especialistas de Georgia en poda en verde, riego, fertirrigación y evaluación de suelos. Si el país donde nació el vino, con miles de años de tradición, revisa sus prácticas para ser competitivo, en España no tenemos excusa para seguir diciendo que esto siempre se ha hecho así.
Tenemos viñedos viejos, variedades recuperadas y paisajes que muchos de los países reunidos en China envidiarían. Es justo lo que el mercado de vinos de origen va a pagar, si sabemos mantenerlo vivo con criterio técnico. Para quien siga recortando por inercia, los próximos años serán una crisis. Para quien gestione con datos, conocimiento e innovación, serán una oportunidad. Transformarse, innovar y sostener, como propone la OIV, empieza en la viña.











