Entrevista a Alfonso Ribas Álvarez, coordinador del proyecto ECOSPHEREWINES
El proyecto Interreg Sudoe ECOSPHEREWINES ha evaluado soluciones basadas en la naturaleza para mejorar la biodiversidad, la conservación del suelo y la resiliencia de los viñedos frente al cambio climático en cuatro áreas experimentales de España, Francia y Portugal. Sus resultados han permitido identificar mejoras en 14 servicios ecosistémicos y desarrollar una Estrategia de Infraestructura Verde para orientar a viticultores, bodegas, administraciones públicas y otras entidades en la gestión sostenible de los paisajes vitivinícolas. De todo ello hablamos con el director del área de Investigación e Innovación de la Fundación Juana de Vega y coordinador del proyecto, Alfonso Ribas Álvarez.
Para empezar, ¿qué problema quería abordar ECOSPHEREWINES y qué objetivos se marcaron al poner en marcha el proyecto?
El proyecto ECOSPHEREWINES parte de una preocupación por la intensificación y la progresiva simplificación de los paisajes de viñedo y, en general, de los paisajes agrícolas, así como por la pérdida de elementos naturales y tradicionales que cumplen funciones importantes para el viñedo. Durante años, se ha tendido a maximizar la producción utilizando cada vez más insumos externos sin prestar la misma atención a otros aspectos fundamentales como la biodiversidad, la salud del suelo, el agua, los ecosistemas o la funcionalidad ecológica y cultural del paisaje. A ello se suman presiones cada vez mayores como los episodios de sequía, las temperaturas extremas o la erosión del suelo.
A partir de ahí, nuestro objetivo era estudiar y poner a prueba si las soluciones basadas en la naturaleza y la infraestructura verde pueden ser herramientas útiles para mantener la actividad productiva y, al mismo tiempo, mejorar el funcionamiento ecológico del viñedo. Es decir, avanzar hacia paisajes vitivinícolas más diversos, más sostenibles y resilientes frente al cambio climático, sin perder de vista las necesidades productivas de las explotaciones. No buscamos únicamente conservar un paisaje desde una perspectiva estética, sino preservar y recuperar sus funciones ecológicas, productivas y culturales.
Cuando hablamos de potenciar los servicios ecosistémicos estamos hablando precisamente de eso: favorecer procesos naturales que nos ayudan a conservar el suelo, regular el agua y retener nutrientes, reducir la erosión, aumentar la biodiversidad (por ejemplo, mediante la polinización o el control biológico de plagas) o mantener el patrimonio ligado al viñedo y que, por tanto, también contribuyen a sostener la actividad vitivinícola a largo plazo.
El proyecto se ha desarrollado en cuatro áreas experimentales muy diferentes. ¿Por qué era importante trabajar en territorios vitivinícolas con características tan distintas?
Era fundamental porque no existe un único paisaje vitivinícola ni una solución que funcione igual en todas partes. Gaillac-Tarn (sur de Francia), el Alto Douro Vinhateiro (nordeste de Portugal), Arribes del Duero (entre Salamanca y Zamora) y Betanzos (norte de Galicia) presentan diferencias muy importantes de clima, suelo, relieve, estructura de las explotaciones, manejo y también de patrimonio cultural y paisajístico. Por ejemplo, Gaillac-Tarn combina viñedos con otros usos agrícolas; el Alto Douro Vinhateiro presenta pendientes pronunciadas y zonas abancaladas; Arribes del Duero conserva viñedos tradicionales vinculados a un paisaje de gran singularidad; y Betanzos representa una viticultura atlántica, con parcelas pequeñas y condiciones de humedad y relieve muy distintas.
Trabajar simultáneamente en estos territorios de alto valor ecológico nos ha permitido comprobar qué soluciones funcionan en contextos diferentes, qué aspectos son comunes y cuáles hay que adaptar. Además, nos ha dado la posibilidad de trabajar con entidades que ya tenían una experiencia importante en cada uno de esos territorios.
Eso nos permite identificar prácticas con potencial de transferencia y establecer en qué condiciones y con qué adaptaciones pueden resultar adecuadas. Una de las conclusiones del proyecto es precisamente que las soluciones basadas en la naturaleza pueden ayudar a potenciar servicios ecosistémicos en contextos productivos muy distintos, pero que su diseño y su gestión deben adaptarse a las condiciones climáticas, edáficas, topográficas y productivas de cada lugar.
Resumen de las actuaciones llevadas a cabo en la zona experimental de Gaillac-Tarn, perteneciente a la AOP Gaillac.
En cada uno de estos territorios se han creado «laboratorios» en los que se han probado distintas soluciones basadas en la naturaleza. ¿Qué tipo de actuaciones se han puesto en marcha y qué tienen en común?
En cada área experimental hemos trabajado con un abanico bastante amplio de soluciones organizadas en torno a necesidades concretas. En Gaillac-Tarn estudiamos la vulnerabilidad climática del viñedo, su microclima y el papel de los elementos arbolados, además de realizar prácticas orientadas a la biodiversidad. En el Alto Douro Vinhateiro trabajamos con cubiertas vegetales y abonos verdes, conservación y plantación de arbolado y arbustos, recuperación de elementos patrimoniales y estrategias de biocontrol.
En Arribes del Duero se ensayaron distintos manejos de la cubierta del suelo y actuaciones para favorecer la biodiversidad y conservar variedades minoritarias de vid, junto con la recuperación de bancales tradicionales. En Betanzos, el trabajo combinó el seguimiento de la salud del suelo, los ensayos con biochar, la recuperación del viñedo tradicional y la restauración ecológica y patrimonial de su entorno.
El denominador común es que en las cuatro áreas hemos trabajado con los procesos naturales y no contra ellos. En lugar de considerar como improductivos todos los elementos que rodean al viñedo, se trata de entender qué función pueden desempeñar: proteger el suelo, facilitar la infiltración del agua, albergar fauna auxiliar, conectar hábitats o incrementar la diversidad del paisaje.
Resumen de las actuaciones llevadas a cabo en la zona experimental de Alto Douro Vinhateiro, perteneciente a la Douro DOC| DOC Porto.
Uno de los grandes objetivos era comprobar si estas actuaciones podían mejorar la resiliencia del viñedo. ¿Qué resultados se han obtenido y en qué servicios ecosistémicos se han observado mejoras más claras?
Los resultados obtenidos hasta ahora son prometedores, aunque también nos enseñan que los efectos de estas prácticas no son uniformes ni siempre inmediatos. Por ejemplo, en Arribes del Duero, los ensayos de 2025 muestran que la cubierta sembrada contribuyó a moderar la temperatura del suelo y a mantener más agua en determinados horizontes, en comparación con el manejo mediante laboreo. En el Alto Douro Vinhateiro, algunas modalidades de abono verde se asociaron con mejores indicadores fisiológicos de la vid y con una mayor producción por cepa que la cubierta espontánea cortada, aunque no se observaron diferencias significativas en todos los parámetros analizados.
En Betanzos, los ensayos con dos tipos de biochar registraron cambios en actividades enzimáticas relacionadas con el ciclo del carbono y, en determinados tratamientos, en indicadores químicos del suelo. En Gaillac, el seguimiento con sensores y teledetección ha permitido identificar diferencias microclimáticas muy marcadas vinculadas a la proximidad del arbolado, que pueden suponer ventajas durante episodios de calor, pero también condicionantes para el vigor o el rendimiento de la vid.
Todo ello es importante porque mejorar el funcionamiento del suelo (su estructura, su actividad biológica y su capacidad para almacenar agua y nutrientes) puede ayudar a que responda mejor ante sequías, lluvias intensas o temperaturas extremas. Por tanto, no estamos hablando únicamente de biodiversidad, hablamos también de aumentar la capacidad de adaptación del propio sistema productivo.
Estas observaciones nos permiten evaluar con mayor rigor servicios ecosistémicos como la regulación microclimática, la conservación del suelo, el ciclo de nutrientes y la biodiversidad. Su seguimiento será fundamental para determinar qué mejoras se consolidan a medio plazo.
En conjunto, las actuaciones han permitido mejorar 14 servicios ecosistémicos. ¿Qué conclusiones son más relevantes desde el punto de vista de la gestión del viñedo?
Para mí, una de las conclusiones más importantes es que producción y conservación no tienen por qué plantearse como objetivos contrapuestos. Una buena gestión del suelo, de la vegetación y de los elementos naturales que rodean al viñedo puede proporcionar simultáneamente distintos beneficios.
El viñedo debe entenderse como parte de un sistema más amplio. El suelo, las cubiertas vegetales, los setos, los árboles, los muros tradicionales o las zonas seminaturales no son elementos independientes: pueden interactuar y prestar distintos servicios ecosistémicos. En el marco del proyecto hemos identificado un total de 14 servicios que las actuaciones implementadas en las zonas experimentales buscan potenciar: uno de provisión, diez de regulación y tres culturales.
Una misma actuación puede contribuir a reducir la erosión, favorecer la infiltración del agua, mejorar el ciclo de nutrientes o crear hábitat para organismos beneficiosos. Esto no significa que los 14 servicios hayan mejorado de manera significativa y cuantificable en cada una de las parcelas: los resultados varían entre territorios y prácticas. Por ello, el viticultor no debería valorar una práctica únicamente por su efecto inmediato sobre la producción, sino también por su contribución al funcionamiento del sistema a medio y largo plazo, valorando conjuntamente sus posibles efectos sobre el suelo, el agua, la biodiversidad, el microclima y la producción, así como sus costes y necesidades de mantenimiento.
Los resultados de ECOSPHEREWINES apuntan, además, que conservar esa funcionalidad ecológica no es algo accesorio: puede ser una forma de proteger el propio capital productivo del viñedo, especialmente el suelo y el agua, siempre que las actuaciones se adapten bien a cada explotación y se evalúen sus resultados.
¿Qué han aprendido sobre la importancia de adaptar las actuaciones a las características de cada viñedo?
Probablemente sea una de las lecciones más importantes del proyecto: no existen recetas universales.
Una cubierta vegetal puede ser extraordinariamente útil para reducir la erosión, aportar materia orgánica y aumentar la biodiversidad, pero su composición, duración y manejo deben adaptarse a la disponibilidad de agua, al suelo, al clima o a la pendiente. En una zona húmeda puede mantenerse durante más tiempo y, en cambio, en un territorio sometido a estrés hídrico puede ser necesario manejarla de otra forma para evitar una competencia excesiva con la vid.
Por ejemplo, en Arribes las cubiertas se siegan antes de la floración para limitar la competencia hídrica en la estación seca. En el Douro se comparan cubiertas sembradas con vegetación espontánea y distintas formas de manejo, porque sus efectos sobre la biodiversidad, la fisiología de la vid y la producción no tienen por qué coincidir. En Gaillac, los árboles próximos a las parcelas pueden proporcionar sombra y modificar la humedad del suelo, pero también reducir la insolación y competir por los recursos.
Lo mismo ocurre con los setos, el arbolado, los barbechos floridos o la recuperación de estructuras de drenaje. La infraestructura verde tiene que diseñarse a partir de un diagnóstico previo del territorio.
Precisamente por esouna de las primeras tareas en 2024 fue caracterizar los cuatro paisajes desde el punto de vista natural, histórico y social, y no simplemente aplicando las mismas actuaciones en todos ellos.
ECOSPHEREWINES ha confirmado la importancia de diagnosticar primero cada paisaje y, a continuación, seleccionar, combinar y gestionar las actuaciones que tengan mayor sentido agronómico y ecológico en ese contexto.
¿Qué papel pueden jugar estas soluciones para ayudar al viñedo a adaptarse al cambio climático y afrontar situaciones de estrés?
Tienen un papel relevante porque, en determinadas condiciones, ayudan a gestionar algunos de los factores que hacen vulnerable al viñedo ante los extremos climáticos, aunque su eficacia depende mucho del lugar y de cómo se apliquen.
Si conseguimos mejorar la estructura y la materia orgánica del suelo, incrementamos su capacidad para almacenar agua. Si mantenemos una cubierta adecuada, reducimos la erosión ante episodios de lluvia intensa y, en determinadas condiciones, podemos amortiguar la temperatura superficial del suelo o contribuir a mantener su humedad, aunque también hay que controlar la posible competencia por el agua. Si diversificamos el paisaje mediante setos, arbolado o zonas seminaturales, también generamos refugios para biodiversidad y contribuimos a regular las condiciones microclimáticas.
En Gaillac hemos podido observar, durante la ola de calor de agosto de 2025, diferencias en la respuesta vegetativa de las parcelas según su exposición y la presencia de arbolado. Los datos sugieren que las zonas parcialmente sombreadas pudieron conservar mejor su estado hídrico, aunque esta interpretación requiere comprobaciones adicionales sobre el terreno. También se ha analizado cómo la topografía y los árboles influyen en las zonas expuestas a heladas.
No significa que estas soluciones vayan a eliminar los efectos del cambio climático, pero sí pueden hacer que los viñedos sean menos vulnerables. Los resultados del proyecto sugieren que prácticas como las cubiertas vegetales, la reducción del laboreo, la fertilización orgánica los acolchados y otros manejos más sostenibles, o el refuerzo de los procesos ecológicos del suelo pueden ser instrumentos útiles para aumentar la resiliencia, aunque requieren seguimiento.
Mapa de teledetección del viñedo durante la ola de calor en Gaillac. NDVI Sentinel2 (DOY 226), MSAVI2 Sentinel 2 y NDMI Sentinel 2.
¿Qué prácticas tienen mayor potencial para ser incorporadas por viticultores y bodegas?
Probablemente las que puedan integrarse de manera progresiva en el manejo cotidiano de la explotación.
Las cubiertas vegetales son un ejemplo importante porque la tendencia observada es que pueden actuar sobre la erosión, la estructura del suelo, la infiltración de agua y el ciclo de nutrientes, siempre que se adapten a las condiciones hídricas y al calendario del cultivo, aunque los efectos no son iguales en todas las zonas.
También tienen potencial la reducción del laboreo, los acolchados o la gestión de la vegetación espontánea, aunque todavía estamos comparando su comportamiento con el de las cubiertas sembradas, por ejemplo, en el Douro. Estamos estudiando además el interés de enmiendas como el biochar, cuyos resultados iniciales son interesantes en algunos indicadores del suelo, pero todavía requieren seguimiento.
Y después hay actuaciones relativamente sencillas que pueden tener un efecto muy importante cuando se consideran a escala de paisaje, basadas en la conservación o el incremento setos, árboles aislados, pequeñas zonas de vegetación natural, cursos de agua, muros de piedra o áreas de refugio para fauna en las zonas anexas a los viñedos productivos, por su contribución potencial a la conectividad ecológica, la biodiversidad o la estabilidad del terreno.
Pero como he dicho antes, no se trata de recomendar el mismo paquete a todas las bodegas o viticultores si no adaptar las actuaciones a las condiciones edafoclimáticas, hidrológicas o de manejo.
Aspecto general de la cubierta sembrada en Vila Nova de Foz Côa (Portugal).
¿Qué aporta la Estrategia de Infraestructura Verde de ECOSPHEREWINES y cómo puede utilizarse a partir de ahora?
La Estrategia pretende trasladar el aprendizaje de las cuatro áreas experimentales a una escala territorial del espacio SUDOE. Nos ofrece un marco para pensar el viñedo no como parcelas aisladas, sino como parte de paisajes donde la biodiversidad, el agua, el suelo, el patrimonio y la actividad productiva están conectados. Hemos utilizado los aprendizajes obtenidos en Gaillac-Tarn, Alto Douro Vinhateiro, Arribes del Duero y Betanzos para construir un marco que pueda orientar la planificación y gestión de la infraestructura verde en otros paisajes vitivinícolas del espacio SUDOE.
Es una hoja de ruta que se articula en 4 objetivos, 12 líneas estratégicas y 28 acciones, dirigidas a cuestiones como la biodiversidad funcional, la conectividad ecológica, la resiliencia climática, la gobernanza o la transferencia de conocimiento. Además, se acompaña de un Plan de Acción que concreta 25 actuaciones, principalmente para el periodo 2027-2030, con responsables, recursos e indicadores de seguimiento.
Eso permite que pueda ser utilizada a distintos niveles. Una bodega o un viticultor puede recurrir a ella para orientar actuaciones dentro de sus explotaciones; una denominación de origen o una asociación puede utilizarla para diseñar programas conjuntos; y las administraciones pueden emplearla como referencia para políticas, ayudas o instrumentos de planificación territorial.
La idea es mantener vivo el conocimiento generado durante estos tres años de investigación aplicada.
Después de todo el trabajo realizado, ¿cuál diría que es el principal aprendizaje que debería quedar en el sector cuando termine ECOSPHEREWINES?
Un viñedo no es solamente una plantación de vides: forma parte de un ecosistema y de un paisaje vivo, con suelos, vegetación, agua, fauna, conocimientos y elementos culturales que influyen en su funcionamiento y en su futuro.
Durante mucho tiempo hemos intentado simplificar los sistemas agrícolas para hacerlos más productivos. Lo que estamos viendo es que recuperar parte de esa complejidad puede ayudarnos a mantener la producción en un escenario cada vez más incierto.
ECOSPHEREWINES nos ha permitido comprobar sobre el terreno que las soluciones basadas en la naturaleza ofrecen oportunidades interesantes para producir vino y, al mismo tiempo, cuidar el suelo, favorecer la biodiversidad, conservar el paisaje y reforzar la resiliencia frente al cambio climático, pero que también exigen conocimiento, seguimiento y adaptación.
No todas dan los mismos resultados, ni una práctica puede evaluarse únicamente por su efecto inmediato sobre el rendimiento.
Y probablemente el cambio más importante sea incorporar esta visión a la gestión habitual del viñedo: dejar de considerar la naturaleza como algo que está alrededor de la explotación y empezar a entenderla como parte de la propia infraestructura productiva. Integrar esa perspectiva en la toma de decisiones puede ayudar a construir una viticultura más preparada para afrontar los retos ambientales y productivos de los próximos años.











