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Biocontrol para la protección de cultivos

El paquete Ómnibus: una oportunidad histórica que Europa no puede desperdiciar

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Europa se enfrenta a una paradoja difícil de ignorar: mientras declara su voluntad de liderar la transición hacia una agricultura sostenible, su propio marco regulatorio frena activamente el acceso a las herramientas que esa transición requiere. El paquete Ómnibus de simplificación que debate actualmente el Parlamento Europeo ofrece una oportunidad concreta para romper ese círculo vicioso. Desaprovecharla sería un error de consecuencias de muy difícil retorno.
Imagen de Amblydromalus limonicus depredando trips. Foto cedida por Koppert

Imagen de Amblydromalus limonicus depredando trips. Foto cedida por Koppert.

Una brecha competitiva que se amplía cada año

En Sudamérica, en Estados Unidos, en mercados que compiten directamente con los agricultores europeos, un producto de biocontrol - es decir, una solución para la protección de cultivos basada en macroorganismos, microorganismos, semioquímicos u otras sustancias de origen natural - puede llegar al campo en dos o tres años. En la Unión Europea, ese mismo proceso puede prolongarse hasta una década o más, ¡10 años! En un sector donde la ventana de aplicación es estacional y las amenazas fitosanitarias evolucionan con rapidez, esa diferencia no es un matiz burocrático sino una desventaja estructural que tiene consecuencias reales y medibles sobre la rentabilidad de las explotaciones europeas.

Mientras un agricultor en Brasil o en California tiene acceso a una nueva herramienta de biocontrol aprobada este año, su homólogo en España, Francia o Polonia sigue esperando. No porque el producto sea menos seguro en Europa, sino porque el proceso de autorización es incomparablemente más lento. Esa asimetría no solo perjudica al agricultor individual, sino que erosiona la competitividad del sector agrícola europeo en su conjunto, incrementa la dependencia de soluciones convencionales y envía una señal inequívoca a los inversores y a las empresas innovadoras: Europa no es el mejor lugar para lanzar soluciones nuevas.

Las consecuencias para la industria son igualmente graves. Cuando el retorno de la inversión en innovación se demora una década (o más), el incentivo para desarrollar nuevas soluciones específicas para cultivos y condiciones europeas se desvanece. Las empresas redirigen sus recursos hacia mercados donde los tiempos son razonables y la previsibilidad regulatoria existe. El resultado es un empobrecimiento progresivo de las herramientas disponibles para los agricultores europeos: menos opciones y más vulnerabilidad frente a resistencias y nuevas plagas.

Cada año de retraso regulatorio es un año en que el agricultor europeo trabaja con menos medios a su alcance que la de sus competidores globales. Eso tiene un coste económico real, y también un coste ambiental
No se trata de una crítica abstracta al sistema de evaluación europeo, que en términos de rigor científico sigue siendo una referencia global. Se trata de reconocer que el problema no está en los estándares de seguridad, que deben mantenerse, sino en la arquitectura procedimental que los rodea: renovaciones sistemáticas cuyo resultado rara vez cambia, reconocimiento mutuo entre Estados miembros que en la práctica genera dobles evaluaciones o zonas regulatorias que fragmentan un mercado que debería ser único. Estos no son problemas de fondo científico, son disfunciones administrativas que tienen solución.

Primero, una definición: el fundamento de todo lo demás

Antes de hablar de plazos, de procedimientos o de vías prioritarias, es necesario detenerse en lo que puede parecer un tecnicismo, pero es en realidad la piedra angular de cualquier reforma útil: la definición europea de biocontrol. Hoy, la Unión Europea carece de una definición armonizada. Cada Estado miembro interpreta de forma diferente qué sustancias y productos entran en esta categoría, lo que genera inseguridad jurídica, tratamientos dispares y una imposibilidad estructural de aplicar procedimientos simplificados de manera coherente en todo el mercado único.

Sin una definición clara, no hay categoría regulatoria propia; sin categoría propia, no hay simplificación posible; sin simplificación, no hay aceleración del acceso al mercado; y sin acceso al mercado en tiempo razonable, no hay innovación sostenida. La cadena es directa. Por eso, el establecimiento de una definición europea de biocontrol no es el primer paso, es la condición habilitante de todo lo demás.

Una definición bien construida tiene además un efecto que va más allá de lo procedimental: señala que Europa reconoce el biocontrol como una categoría específica, con una lógica propia y un perfil de riesgo diferenciado respecto a los productos convencionales. Esa señal tiene valor para los investigadores, para los inversores y para las empresas que deciden dónde localizar su desarrollo de nuevas soluciones. En ese sentido, la definición es también un instrumento de política industrial e innovación.

Sin una definición europea de biocontrol, no hay categoría; sin categoría, no hay simplificación; sin simplificación, no hay innovación sostenida. La cadena es directa e inevitable

Lo que propone el Ómnibus y por qué importa

La propuesta de la Comisión Europea incluida en el paquete Ómnibus introduce modificaciones al Reglamento (UE) nº 1107/2009 que, de adoptarse con ambición, podrían transformar significativamente el acceso al mercado de soluciones de biocontrol. Entre las más relevantes: el establecimiento por primera vez de esa definición armonizada, la eliminación del proceso de renovación periódica en favor de un sistema de aprobación indefinida basada en el riesgo, la introducción de autorizaciones provisionales, el reconocimiento mutuo tácito entre Estados miembros y la creación de una vía prioritaria específica para estas sustancias.

La eliminación de las renovaciones sistemáticas responde a una evidencia acumulada: en el caso del biocontrol, las reevaluaciones periódicas rara vez arrojan conclusiones distintas a las de la aprobación inicial. Lo que sí generan es un consumo masivo de recursos técnicos y administrativos - tanto de las autoridades competentes como de las empresas - que podrían destinarse a evaluar nuevas sustancias y ampliar el catálogo de soluciones disponibles para los agricultores. El marco ya contempla mecanismos para reabrir evaluaciones cuando exista justificación científica, mantener renovaciones automáticas sobre esa base es redundante, costoso, y detrae recursos que el sistema necesita para avanzar.

Simplificar no es desproteger

Conviene desmontar un argumento que suele aparecer en estos debates: que simplificar equivale a rebajar los estándares de seguridad. No es así. Las medidas propuestas no reducen la exigencia científica del proceso de evaluación; lo que hacen es eliminar capas procedimentales que no añaden valor de seguridad y sí generan demoras y costes. La distinción es crucial, especialmente en un contexto político en el que cualquier discusión sobre regulación agrícola tiende a polarizarse.

El biocontrol no es simplificación a cualquier precio, es un segmento que, por sus características inherentes - origen natural, especificidad de modo de acción, perfil de riesgo diferenciado - justifica un tratamiento regulatorio propio. Reconocer eso no es debilitar el sistema; es hacerlo más inteligente, más proporcional y, en definitiva, más eficaz al servicio de sus objetivos reales: proteger la salud humana, animal y medioambiental mientras se garantiza a los agricultores el acceso a las mejores herramientas disponibles.

El papel de EFSA y la coherencia del mercado único

Una de las propuestas más relevantes del paquete es el refuerzo del papel de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria en la evaluación de sustancias activas de biocontrol. Este refuerzo debe ir acompañado de recursos suficientes y, de manera especialmente importante, de perfiles especializados con conocimiento técnico y práctico de estas soluciones. Una EFSA reforzada, con capacidad real para actuar como Estado miembro ponente, contribuirá a reducir los cuellos de botella actuales y a mejorar la previsibilidad del sistema para todos los actores implicados.

En paralelo, el avance hacia una zona regulatoria única para la evaluación y autorización de productos de biocontrol es imprescindible para que el mercado único europeo funcione como tal en este ámbito. El sistema actual, basado en zonas, genera inconsistencias que perjudican directamente a los agricultores: un producto evaluado y autorizado en un Estado miembro puede tardar años en estar disponible en otro, a pesar de que las condiciones agronómicas y los riesgos sean comparables. Esto no es aceptable en un mercado que se proclama único.

Una decisión que define una dirección

Europa está en condiciones de convertirse en referencia global en biocontrol. Tiene la base científica, la tradición regulatoria y el peso institucional para hacerlo. Lo que le ha faltado hasta ahora es un marco que permita a esa capacidad trasladarse al mercado en tiempos razonables. El paquete Ómnibus es la oportunidad más concreta que ha existido en años para dar ese paso.

No aprobar este paquete, o aprobarlo de manera tan diluida que sus efectos sean marginales, no es una opción neutral sino una decisión activa de mantener el statu quo mientras los competidores de Europa avanzan, mientras los agricultores europeos ven mermadas sus herramientas disponibles, y mientras las empresas innovadoras trasladan sus decisiones de inversión a otros mercados. Europa puede elegir liderar en biocontrol. El paquete Ómnibus es el instrumento. La decisión es política.

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