Entrevista a Antonio Fumanal, maestro cervecero de Ambar
Cervezas Ambar cuenta con más de un siglo de historia. ¿Qué hitos han marcado su evolución industrial desde sus orígenes hasta convertirse en un referente del sector?
Lanzar una cervecera hace 126 años exigía algo más que capital: hacía falta una mentalidad pionera. Los ritmos eran otros, sí, pero la ambición y la valentía se parecían mucho a las que hoy reconocemos en quienes abren camino en sectores como la robótica o el aeroespacial. En nuestros primeros años, el gran hito fue formar equipos y traer conocimiento.
Más recientemente, el salto ha sido construir Ambar como una marca que reúne cercanía, responsabilidad —una cerveza para todos— y curiosidad tecnológica. En esa línea se entienden decisiones que han marcado época: la primera cerveza sin alcohol de España (1976), la apuesta por cervezas sin gluten (2008), la primera 0,0 y sin gluten del mundo (2010) y, ya en los últimos años, el desarrollo de una cerveza con probióticos.
¿Cómo han sabido trasladar ese legado histórico a un modelo productivo actual basado en la innovación, la eficiencia y la diferenciación de producto?
No hay una receta mágica para sostener un legado durante más de un siglo. Lo que hay —y lo que siempre ha habido— es gente que empuja el motor generación tras generación. Ese equipo es quien ha ido leyendo el momento y ajustando el rumbo: qué pide el consumidor, qué exige la normativa, qué permite la tecnología, qué espera la sociedad. Si después de 126 años seguimos en la brecha es, precisamente, por esa capacidad de adaptación. Darwin lo resumió bien: no gana el más grande ni el más fuerte, sino el que mejor se adapta al medio.
¿Cuáles son hoy las principales líneas estratégicas de Cervezas Ambar?
Hoy la estrategia empieza en una idea sencilla: escuchar a la sociedad antes que perseguir el brillo del corto plazo. Eso no siempre coincide con las inercias del mercado ni con lo que dicta la moda del momento. Intentamos leer necesidades de fondo —bienestar, disfrute responsable, nuevas pautas de consumo— y traducirlas a cerveza con sentido. Nuestro tamaño también condiciona la manera de hacerlo: nos permite estar cerca, participar y aprender, sin la tentación de querer imponer comportamientos por pura ‘influencia’.
Como nos decía, Cervezas Ambar fue pionera en el desarrollo de cerveza sin alcohol. ¿Qué decisiones industriales y tecnológicas les permitieron aventurarse a ello y cómo lo están consolidando hoy?
La cerveza se ha construido, históricamente, como una red de conocimiento compartido. Lo que aprende una cervecera acaba viajando a otras y, muchas veces, también a disciplinas vecinas. En los años 70, ese intercambio de ideas y la lectura de un cambio social claro —nuevos hábitos, nuevas preocupaciones de salud— nos llevaron a dar el paso hacia nuestras primeras cervezas sin alcohol. Fue una decisión industrial y tecnológica para anticiparnos a un consumo que empezaba a pedir alternativas. Hoy esa apuesta se consolida con más investigación, más control de proceso y una oferta cada vez más completa, sin renunciar a lo esencial: que siga sabiendo a cerveza.
Como abanderados de la innovación disruptiva, recientemente lanzaron la primera cerveza probiótica del mundo. ¿Qué retos técnicos y regulatorios ha implicado este desarrollo y qué oportunidades abre para la industria?
Moverse en la frontera exige curiosidad y atrevimiento, pero también prudencia. El primer reto es no perder el oficio: elaboramos una bebida para disfrutar, y esa idea tiene que estar siempre presente. A partir de ahí, la innovación consiste en acompañar la evolución de la sociedad, igual que la cerveza lo ha hecho durante miles de años.
En ese contexto aparece una pregunta de fondo: si las ciudades modernas han reducido la diversidad de microorganismos a la que estamos expuestos, ¿qué papel deben jugar los alimentos en esa nueva realidad? Nosotros creemos que la cerveza no puede mirar hacia otro lado.
Ahora bien, esa ambición tiene que encajar en el marco regulatorio europeo, que es estricto y garantista. Por eso el reto no es solo técnico; también es regulatorio y de comunicación: hacerlo bien, con evidencia, y explicarlo sin prometer lo que no corresponde.
Y hay una última lección: para que una empresa pequeña como la nuestra pueda llegar hasta aquí, las redes de conocimiento son decisivas. Colaborar —con centros, proveedores y comunidad científica— deja de ser una opción y se convierte en la clave.
Con todo este contexto, parece obvio preguntarlo pero, ¿qué papel juega la inversión en I+D dentro de su modelo de negocio y qué áreas concentran actualmente sus principales desarrollos?
Una empresa crece para seguir viva. Y crecer no es solo producir más: es producir mejor y, sobre todo, producir lo que la sociedad va a necesitar. La I+D alimenta esa capacidad de anticipación; es la raíz que sostiene el cambio cuando el mercado se mueve. ¿Dónde ponemos el foco? En la realidad, no en el ruido. Miramos más allá de lo que ‘brilla’ en las pantallas de las redes sociales y trabajamos para que, con el tiempo, una novedad acabe pareciendo natural. Ese es el objetivo: sorprender hoy con cervezas que mañana se entiendan como clásicas.
Si hablamos de la venta de sus productos, ¿cómo se articula su red de distribución para dar servicio tanto al canal horeca como al retail, y qué retos logísticos afrontan actualmente?
Nuestra red de distribución nace de una premisa: entender al consumidor y respetar al cliente. Por eso combinamos infraestructura propia en las zonas donde tenemos mayor presencia con alianzas allí donde el conocimiento del terreno marca la diferencia. También porque no es lo mismo servir a hostelería que a hogar. El canal horeca pide cercanía, frecuencia y servicio; el retail exige regularidad, eficiencia y planificación. Y, en paralelo, la logística está viviendo otra transformación: la automatización avanza cuando los sistemas se hablan entre sí. A nosotros nos toca algo igual de importante: dar sentido a esos datos y tomar decisiones mejores.
¿Es la exportación importante para Ambar? ¿Cuáles son sus principales mercados y dónde les gustaría crecer?
La exportación es una palanca relevante, no tanto por volumen como por lo que aporta en aprendizaje y posicionamiento. Nos interesa crecer allí donde nuestras cervezas encajan con un consumidor que busca identidad, calidad y propuestas diferentes. Trabajamos con foco en mercados donde el canal especializado y la hostelería valoran la marca, y donde podemos construir el proyecto con socios que conozcan el terreno. El objetivo es avanzar con paso firme: consolidar lo que ya funciona y abrir nuevos espacios de crecimiento, sin perder el control de la calidad ni la coherencia de la marca.
A nivel global, ¿cuáles son los principales retos que afronta actualmente una industria cervecera como la suya en términos de costes, regulación y cambios en el consumo?
El gran reto es seguir afinando la oferta sin perder lo esencial. El consumo cambia: aparecen nuevas sensibilidades, nuevas restricciones, nuevas expectativas. Y la cerveza responde incorporando valor al disfrute: para unos es el placer social de compartir una conversación; para otros, opciones que encajen mejor con su manera de comer y cuidarse. A eso se suman los costes, la regulación y la presión por hacerlo todo de forma más sostenible.
La cerveza es un producto universal y cotidiano: no elaboramos para una élite, elaboramos para que cualquiera pueda tener una buena cerveza a su alcance. Esa ambición obliga a ser responsables, desde el campo hasta la fábrica, y a medir el impacto económico y medioambiental de cada decisión.
Y para terminar, ¿qué papel aspira a desempeñar Cervezas Ambar en la transformación del sector en los próximos años?
Queremos que Cervezas Ambar siga abriendo rutas. Rutas que empujen al sector a explorar nuevas formas de elaborar y de disfrutar, sin perder el respeto por un oficio milenario. Si algo nos guía es esa idea tan simple como exigente: seguir transformando cereales en una bebida divertida, honesta y universal, a la altura de los nuevos tiempos.







































