El desperdicio alimentario: el coste invisible que impacta en la cuenta de resultados
Kilian Zaragozà, CEO y cofundador de Naria
08/06/2026En Europa, según datos de Eurostat, el valor económico de los alimentos que se pierden o desperdician alcanza los 132.000 millones de euros anuales. En España, pese a avances recientes —como la reducción del 4,4% en 2024—, todavía se desechan más de 1.125 millones de kilos o litros cada año en el consumo final. Son datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Detrás de estas cifras hay ineficiencia, pero también margen económico que no se está gestionando.
Muchas compañías del sector alimentario no tienen plenamente identificado el impacto del desperdicio en sus cuentas. Se diluye entre mermas, ajustes logísticos, roturas de stock o caducidades. Pero, en agregado, representa una fuga silenciosa que erosiona márgenes en un contexto donde cada punto porcentual cuenta. Y el problema no es sólo cuánto se desperdicia, sino cómo se gestiona ese excedente.
Tradicionalmente, la respuesta ha sido reactiva: asumir la pérdida, destruir producto o externalizar el problema sin trazabilidad, sin medición del impacto y sin integración en la operativa del negocio. Este enfoque no solo es ineficiente, sino que ignora una oportunidad clara de optimización operativa.
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De residuo a activo estratégico
El cambio de paradigma reside en tratar el excedente alimentario como un activo gestionable, no como un residuo inevitable.
Esto implica integrar la gestión del excedente en la operativa diaria, mediante sistemas que permitan identificarlo, registrarlo y canalizarlo de forma estructurada.
Cuando se gestiona correctamente, el impacto es directo: se reducen costes asociados a destrucción y residuos, se optimiza la logística y se mejora la eficiencia global de la cadena. Además, se genera un impacto ESG medible, cada vez más relevante en la valoración de las compañías.
En este contexto, la digitalización de la gestión del excedente y los modelos colaborativos juegan un papel clave. Permiten conectar oferta y demanda de excedentes en tiempo real, reducir fricciones operativas y convertir un flujo tradicionalmente negativo en una palanca de valor.
Existe una falsa dicotomía entre sostenibilidad y rentabilidad. En el caso del desperdicio alimentario, ambas dimensiones convergen.
Las compañías que integran soluciones estructurales para la gestión del excedente no solo reducen su huella ambiental, sino que mejoran su eficiencia operativa. En un entorno de presión sobre costes —energía, transporte, materias primas—, ignorar esta palanca resulta cada vez menos justificable. Además, el mercado está evolucionando. Inversores, reguladores y consumidores exigen mayor transparencia y compromiso real. La gestión del desperdicio deja de ser un “nice to have” para convertirse en un indicador tangible de buena gobernanza. Así, las empresas que lideren esta transición no solo mitigarán pérdidas: obtendrán ventaja competitiva.
Porque entender el desperdicio como una ineficiencia estructural —y no como un subproducto inevitable— permite actuar sobre uno de los pocos ámbitos donde todavía existe margen claro de mejora sin necesidad de incrementar ingresos. La pregunta ya no es si se puede reducir el desperdicio, sino cuánto impacto económico tiene no gestionarlo.
En un sector con márgenes ajustados y alta complejidad operativa, rescatar alimentos no es solo una cuestión de impacto social. Es, cada vez más, una decisión empresarial inteligente.







































