Educar con los pies en la Tierra
Matias Delgado, profesor de geografía en The English Montessori School (TEMS)
21/04/2026Como cada 22 de abril, el Día de la Tierra nos invita a reflexionar sobre la relación que mantenemos con el planeta. Sin embargo, una fecha en el calendario no es suficiente para cambiar hábitos o construir una conciencia medioambiental sólida. Esa tarea, más profunda y duradera, empieza mucho antes en las aulas, en los patios de recreo y en la forma en que los centros educativos entienden su papel en el mundo. La cuestión que cada vez más familias, docentes y responsables educativos se plantean ya no es si los colegios deben comprometerse con el cuidado del entorno, sino cómo deben hacerlo de manera coherente y significativa.
La respuesta no puede limitarse únicamente a colocar contenedores de reciclaje junto a las pizarras digitales, ni a la celebración puntual con actividades por los días de referencia medioambientales. El verdadero compromiso con el medio ambiente en el sector de la educación exige una filosofía transversal que impregne todos los aspectos de la vida escolar: desde la arquitectura de los espacios hasta la forma en la que los niños se relacionan con su entorno.
En este contexto, la pedagogía Montessori ofrece algo que muy pocos modelos educativos pueden igualar; esa conexión auténtica y estructural con la naturaleza, no desde la perspectiva de una asignatura añadida, sino como un principio fundamental.
Aprender de la naturaleza: cuando el entorno es el aula
María Montessori, a principios del siglo XX, ya comprendía algo que la neurociencia actual no ha hecho más que confirmar: los niños aprenden mejor cuando se encuentran en contacto directo con el entorno. Para ella, la naturaleza no era vista como un recurso pedagógico de apoyo, sino como el escenario principal donde se desarrolla el aprendizaje, por ello, el método Montessori coloca el ambiente físico y natural en el centro de la experiencia educativa.
Esta perspectiva tiene implicaciones prácticas muy específicas, por ejemplo, las actividades diarias deben incluir el cuidado de plantas y animales, o el aprendizaje a través de la experiencia al aire libre. Los niños observan, tocan, cuidan y experimentan, y al hacerlo desarrollan una habilidad que ningún libro sería capaz de transmitirles: el sentido de responsabilidad hacia los seres vivos.
Esta dimensión de la pedagogía Montessori conecta de forma directa con uno d ellos grandes desafíos de nuestro tiempo. Numerosos estudios en educación medioambiental señalan que las actitudes y comportamientos sostenibles en la vida adulta tienen su origen en experiencias tempranas con la naturaleza. En otras palabras, un niño que ha tenido la oportunidad de cuidar un huerto escolar, tiene más posibilidades de convertirse en un adulto con un nivel adecuado de conciencia ecológica que aquel cuya relación con la naturaleza estaba limitada a leer textos sobre ella.
El ejemplo empieza en el colegio
Ahora bien, no es suficiente con aplicar una metodología que integre la naturaleza en el aprendizaje, si el entorno físico del propio colegio contradice ese mensaje. Los niños aprenden tanto de lo que se les enseña como de lo que observan. Por eso, un centro educativo que promueve la sostenibilidad, pero desperdicia energía, genera residuos innecesarios o da la espalda al entorno natural, transmite una incoherencia que los alumnos perciben con mucha claridad. La coherencia entre el discurso y la práctica es una forma de enseñanza en sí misma.
Por eso, cada vez más centros educativos comprometidos con una formación integral están reformulando no solo lo que enseñan, sino cómo están construidos y cómo funcionan en su día a día. Algunos ejemplos son fachadas vegetales, paneles de energía solar, materiales de construcción naturales o espacios diseñados para fomentar el contacto con el exterior. Todas estas decisiones forman parte esencial de lo que un colegio busca transmitir en sus alumnos, ya que cuando un niño ve y aprende en un entorno que cuida activamente el planeta, incorpora este comportamiento como parte de su normalidad.
El Día de la Tierra puede ser un buen punto de partida para que los colegios se pregunten qué están haciendo y qué podrían hacer mejor, pero la respuesta más honesta no cabe en un acontecimiento relacionado con el medioambiente, sino en una metodología que entienda el entorno como parte inseparable del aprendizaje.
En definitiva, es necesario apostar por espacios educativos que reflejen los valores que se desean transmitir, así como asumir que el cuidado del planeta también se aprende. Como ocurre con todo lo verdaderamente importante, esa enseñanza solo se consolida cuando se lleva a la práctica desde la infancia.




