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¿Tiene futuro en España el autoconsumo?

Ernesto Macías, director general de Solarwatt España

17/07/2018
¿Sabe la gente lo que es el autoconsumo y lo que significa? ¿Fomentan los partidos políticos mayoritarios un cambio del modelo energético que potencie las renovables? ¿Es razonable la política de incentivos públicos a las instalaciones de energías renovables? En todos estos casos la respuesta es todavía no.
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Si bien es cierto que existe el marco regulatorio del Real Decreto 900/2015, en el que se establecen las condiciones administrativas, técnicas y económicas que rigen el suministro de energía eléctrica con autoconsumo, no lo es menos que se precisan muchos cambios para promover el avance de las renovables. Urgen cambios y quizás la derogación formal del llamado 'Impuesto al Sol' sería el más simbólico, no tanto por sus efectos prácticos sino por la desproporcionada contribución que ha tenido a una fotogenia social negativa del modelo. Una vez más, cuando están los ciudadanos por medio (y lo están siempre) lo que las cosas representan es más importante que lo que las cosas son. Y hay percepciones más dañinas que las realidades en las que supuestamente se anclan.

En la práctica, la 'tramitología' del autoconsumo fotovoltaico también contribuye a ese deterioro del modo en que los ciudadanos perciben la energía fotovoltaica. Las políticas de subvenciones a las instalaciones domésticas son erráticas, por no decir caóticas, además de escasamente planificadas y medidas. Los procesos administrativos para dar de alta las instalaciones lo son también. Hablamos de ámbitos competenciales transferidos, que muestran en la práctica la enorme diversidad (o disparidad) con que unas comunidades y otras ven el problema de la energía y la proactividad con que actúan frente a él. Desde prescripción activa y subvención de instalaciones, hasta la más absoluta indiferencia o pasividad.

Posiblemente, el alineamiento de políticas energéticas autonómicas en una estrategia de Estado, serviría para que toda la orquesta autonómica tocase la misma partitura, o al menos, lo intentase. Mientras tanto, estaremos al albur del electoralismo, la oportunidad presupuestaria o la conveniencia política, en un asunto que es esencialmente científico y técnico y que debiera ser transversal para los partidos, pues lo es, de hecho, para la sociedad. Para la Humanidad.

La industria de los aparatos de autoconsumo, también tiene su lucha, y la está librando cada vez mejor. Los precios de todos sus componentes (paneles y baterías fotovoltaicos) son cada vez menores y sus rendimientos y garantías, cada vez mayores. Pocas industrias tecnológicas concentran tanta actividad de I+D+i, tantos recursos económicos en porcentaje de EBIDTA y tanto talento científico-técnico e industrial, como la nuestra.

Y la sociedad, también tiene su papel, y es -de hecho – el más crítico. El día en que la concienciación ciudadana alcance el nivel de alarma que la gravedad del problema climático demanda, todo irá necesariamente mejor. Las propuestas políticas frente al problema de la energía dejarán de ser una anécdota en los programas electorales que nadie lee, a ser una exigencia social de primer orden por las que el ciudadano pedirá cuentas, premiará o castigará.

Es imprescindible decirle a la sociedad que es posible una respuesta individual ante el cambio climático. Que tiene sentido que cada hogar que pueda, se lo plantee. Que todo suma y que cada tonelada de CO2 que evitamos emitir, es una pequeña batalla ganada y no una anécdota inútil. No puede ser que los ciudadanos se sientan perdedores de una guerra en la que son insignificantes e inútiles, pues la guerra compete a los estados. Eso nos llevará a una indiferencia resignada letal.

Por eso es también imprescindible que empecemos esta transformación de las creencias ciudadanas desde la escuela y la familia, mejorando la educación medioambiental que reciben nuestros hijos. No como una asignatura sino -más trascendente aún – como uno de los componentes principales del armazón cultural que deseamos que nuestros hijos tengan. Cultura de civilidad y ciudadanía que nace de una interpretación responsable y respetuosa de la relación del hombre con su entorno social y natural.

La tecnología ha avanzado mucho y nos ha dado excelentes noticias. La energía solar fotovoltaica es la más barata del mundo. No hay modo más económico de generar electricidad en donde el Sol brille abundantemente, como en gran parte de España. De toda la nueva capacidad de generación eléctrica en el mundo, la fotovoltaica ha sido la que más se ha instalado en los últimos años. En 2016 se instalaron 75GW y en 2017, 100GW: un crecimiento del 33%. Ya hay 400 GW en funcionamiento y se espera llegar a 30.000GW en 2040, la mitad en redes descentralizadas en las que la acumulación jugará un importante papel.

La tecnología de acumulación con baterías inteligentes de ion-litio así como la de generación con paneles de doble vidrio permite un autoconsumo al más alto nivel de confort, eficiencia y seguridad. Tanto en el hogar como en naves industriales, instalaciones agrícolas o pecuarias, riegos, oficinas, polideportivos, almacenes, o cualquier tipo de estructura que consuma energía eléctrica. Ya nadie hablaría hoy de la energía fotovoltaica como una energía alternativa. De hecho, es la única opción accesible y sostenible frente al caos contaminante de la generación eléctrica por combustión de recursos fósiles y -por si eso fuera poco – la más barata.

¿Podemos entonces hablar de que el autoconsumo tiene futuro? Rotundamente sí. Quienes conocemos bien el sector somos optimistas y creemos que si se agilizan, o mejor se eliminan, los trámites administrativos para facilitar las instalaciones, se derriban los falsos mitos que la opinión pública tiene acerca de la energía fotovoltaica, si se impulsa una educación medioambiental razonable, si se derogan normas como el impuesto al sol, como ha prescrito ya la Unión Europea y si despliegan políticas inteligentes de ayudas al autoconsumo, el futuro del sector está asegurado y será brillante.

Por último, no podemos olvidar que todo esto tiene un sentido trascendente. No es una guerra entre industrias. Promover el autoconsumo eléctrico pretende migrar hacia un modelo energético descentralizado y sostenible que nos permita dejar a nuestros hijos un planeta igual o mejor que el que nosotros recibimos.

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