OPINIÓN

Cómo evitar la pérdida de hábitos y competencias durante los meses de verano

Pilar Moreno, directora de Brains International School Conde de Orgaz

02/07/2026
Si empiezo a hablar ahora de septiembre, me pongo a temblar. Y no soy la única. No han empezado las vacaciones de verano y ya planteo el tema de la rentrée, así, de golpe y sin anestesia. Parece pronto para pensar en la vuelta al colegio cuando todavía estamos haciendo planes para desconectar, viajar o simplemente descansar. Pero quizá precisamente por eso merece la pena reflexionar sobre lo que significa realmente el verano para nuestros hijos.

Todos sabemos que durante las vacaciones de verano los alumnos olvidan parte de lo aprendido durante el curso. Es una preocupación que vuelve cada año y que suele ocupar muchas conversaciones entre familias y docentes. Nos preguntamos cuánto recordarán de matemáticas, cuánto habrán leído o si llegarán a septiembre con el mismo nivel con el que terminaron en junio.

Sin embargo, me preocupa mucho menos que un niño olvide contenidos a que pierda la curiosidad, la autonomía o el gusto por aprender. Los conocimientos se recuperan. Un buen profesor sabe volver sobre ellos, reforzarlos y ayudar al alumno a avanzar. Lo que resulta mucho más difícil es despertar de nuevo la ilusión por descubrir, por hacerse preguntas o por aprender porque sí, sin que nadie lo pida.

Pilar Moreno, directora de Brains International School Conde de Orgaz

Pilar Moreno, directora de Brains International School Conde de Orgaz.

Cada año comprobamos que los alumnos no regresan solo con menos conocimientos; también vuelven con algunos hábitos olvidados. Recuperar las rutinas, la capacidad de concentración, la organización o el esfuerzo requiere tiempo. Es algo que sucede curso tras curso y forma parte del proceso de volver al colegio. Pero no deberíamos interpretar esa realidad como un fracaso del verano.

La parte positiva es que todos necesitamos resetear. Los adultos también. Y, probablemente, quienes más lo necesitan son nuestros alumnos. Después de un curso intenso, lleno de horarios, actividades, exámenes y responsabilidades, descansar deja de ser un lujo para convertirse en una necesidad. El descanso no es tiempo perdido; es una parte imprescindible del aprendizaje.

Por eso debemos utilizar las vacaciones como un trampolín para jugar, aburrirse, descubrir cosas nuevas y disfrutar de un tiempo sin la presión del reloj. Vivimos en una sociedad donde casi cada minuto está planificado y donde los niños pasan gran parte del año siguiendo horarios marcados por los adultos. El verano les devuelve algo muy valioso: el tiempo para ser niños.

Aburrirse no es un problema. Al contrario. Del aburrimiento nacen muchas veces la imaginación, la creatividad y la iniciativa. Cuando un niño no tiene todo organizado encuentra sus propios recursos, inventa juegos, busca soluciones y desarrolla una autonomía que difícilmente puede adquirirse en un entorno donde todo está previsto.

A menudo pensamos que el aprendizaje solo ocurre cuando hay un profesor y un libro. Sin embargo, la educación siempre ha ido mucho más allá de las aulas. Aprendemos observando, experimentando, compartiendo y viviendo. Y el verano ofrece precisamente ese espacio donde el aprendizaje aparece de una forma mucho más natural.

Recuerdo esas vacaciones de verano donde el aprendizaje estaba en la naturaleza, en descubrir animales, en saltar al mar, en hacer nuevos amigos, en correr, en explorar lugares nuevos o simplemente en pasar horas al aire libre. También estaba en esas largas conversaciones familiares, en los viajes improvisados y en las tardes en las que parecía que no ocurría nada, aunque en realidad estaba ocurriendo mucho.

Hoy seguimos teniendo esas oportunidades. Preparar una maleta enseña a organizarse. Organizar una excursión ayuda a planificar. Leer por placer despierta la imaginación y desarrolla el lenguaje. Ayudar en casa fomenta la responsabilidad. Convivir durante más horas con la familia fortalece los vínculos, enseña a escuchar y a respetar. Practicar deporte desarrolla la constancia y el trabajo en equipo. Descubrir otro idioma o conocer otras culturas amplía la mirada sobre el mundo. Son aprendizajes que difícilmente caben en un examen, pero que acompañarán a los alumnos durante toda su vida.

En Brains International Schools pensamos que preparar a un alumno para el futuro significa educar mucho más que su capacidad académica. Significa ayudarle a desarrollar criterio, autonomía, curiosidad, esfuerzo, empatía y confianza en sí mismo. Significa formar personas capaces de adaptarse a un mundo que cambia constantemente y de seguir aprendiendo a lo largo de toda su vida.

Muchas de esas cualidades encuentran en el verano el mejor escenario para crecer. Porque no necesitan un aula para desarrollarse. Necesitan experiencias, tiempo compartido, conversaciones, retos y oportunidades para descubrir quiénes son y qué pueden llegar a hacer.

La educación no conoce diferencias entre verano e invierno. Cambian los espacios, cambian los horarios y cambian las rutinas, pero la oportunidad de educar sigue estando presente cada día.

El verano nunca será un paréntesis en la educación si entendemos que educar va mucho más allá de enseñar contenidos. Educar es formar personas capaces de pensar, de decidir, de convivir y de afrontar el mundo con confianza. Y esa tarea, afortunadamente, no entiende de vacaciones.

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