Datos entre el fuego
Hay imágenes que se repiten cada verano. Un campo ardiendo, una columna de humo visible a kilómetros de distancia y, a continuación, un titular que señala a una cosechadora como origen del incendio. La secuencia suele completarse con una cascada de comentarios en redes sociales que cuestionan la actividad agrícola en pleno periodo de recolección del cereal. El problema es que la percepción pública acaba construyéndose sobre episodios puntuales, mientras los datos permanecen en un segundo plano. Y los datos cuentan una historia bastante diferente.
El estudio 'Siniestralidad de maquinaria agrícola e incendios en cosechadoras y empacadoras', elaborado por investigadores de la Universidad Pública de Navarra y la Universidad de Zaragoza con el apoyo de Fundación Mapfre, aporta una fotografía objetiva de la situación. Según las cifras oficiales del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA), entre 2016 y 2021 las cosechadoras estuvieron relacionadas con una media anual de 92 incendios forestales y las empacadoras con 17. En términos porcentuales, los incendios atribuidos a las primeras representaron entre el 2,8% y el 5,6% del total de incendios forestales, mientras que las segundas apenas oscilaron entre el 0,4% y el 1% del total.
Cada incendio supone un daño ambiental, económico y social que merece toda la atención posible, pero tampoco justifican la criminalización de una actividad imprescindible para garantizar la producción de alimentos. Conviene recordar que España contaba, a 31 de diciembre de 2025, con un parque de 7.948 cosechadoras y 7.803 macroempacadoras. Analizados en relación con el número de máquinas en servicio y con la intensidad de uso durante las semanas de recolección, los incendios asociados representan una proporción relativamente reducida.
Sin embargo, la opinión pública rara vez se mueve por porcentajes. Un gran incendio tiene una enorme capacidad de generar impacto emocional y cobertura mediática. Miles de jornadas de trabajo desarrolladas sin incidentes, no. De esta forma, un suceso aislado acaba convirtiéndose en una supuesta prueba de que la maquinaria agrícola constituye una amenaza generalizada para el medio natural.
El propio estudio reconoce que existe un riesgo real cuando coinciden altas temperaturas, baja humedad relativa, acumulación de restos vegetales y determinados puntos calientes de la maquinaria. Pero los investigadores son claros en sus conclusiones: este riesgo “no debe estigmatizar su uso”, ya que actualmente existen tecnologías, protocolos de operación y medidas de mantenimiento preventivo capaces de reducirlo de forma muy significativa.
La cuestión de fondo es que el sector agrícola vuelve a perder la batalla de la opinión pública. Ocurre con el uso de fitosanitarios, con el consumo de agua, con las emisiones ganaderas y también con los incendios durante la cosecha. Conductas individuales negligentes o incidentes concretos terminan proyectándose sobre un colectivo entero. Nadie juzgaría a todos los conductores por los accidentes provocados por una minoría irresponsable. Sin embargo, esa generalización parece aceptable cuando se trata de agricultores.
Paradójicamente, la propia investigación demuestra que el sector lleva años trabajando para mejorar la prevención. Se han estudiado las causas de los incendios en cosechadoras y empacadoras, impulsado soluciones basadas en monitorización de temperatura, mantenimiento preventivo y sistemas automáticos de detección y extinción. Además, entre las recomendaciones de los expertos destacan precisamente la formación, el mantenimiento adecuado de las máquinas y la incorporación de nuevas tecnologías de seguridad.
La agricultura no necesita impunidad cuando se produce una negligencia. Necesita rigor. Y el rigor exige distinguir entre riesgo y estigmatización. Las cosechadoras pueden originar incendios, igual que una línea eléctrica, una colilla mal apagada o un vehículo averiado. Pero convertirlas cada verano en el enemigo público número uno no ayuda a prevenir más incendios. Al contrario: alimenta prejuicios contra un sector que trabaja bajo una presión creciente y que, además, está haciendo esfuerzos evidentes para mejorar la seguridad.





























