El estrés por calor no sólo está en el verano
Úrsula Lara Álvarez y Alberto Jurado Moreno
Departamento de Instalaciones Ganaderas de COVAP
23/03/2026
El estrés por calor, a partir de ahora (EC), tiene un efecto negativo en todos los animales de la ganadería, desde los terneros hasta las vacas secas, aunque siempre centramos nuestra atención en las vacas en lactación por su respuesta positiva más rápida y visible al manejo, pero deberíamos de darle la misma importancia a todos.
El EC genera un escenario de ineficiencia económica al alterar profundamente la fisiología y el patrón de comportamiento de los animales. Principalmente vemos que aumentan su ritmo respiratorio, lo que eleva el riesgo de acidosis ruminal por una menor producción de saliva, pasan más tiempo de pie, con el fin de aumentar la superficie corporal para disipar calor, aumentando el riesgo de laminitis, incrementan su temperatura corporal por encima de 39 °C lo que dispara la mortalidad embrionaria. También se produce una redistribución del flujo sanguíneo hacia la piel que afecta negativamente al sistema digestivo y a la glándula mamaria que, sumado a una menor ingesta de alimento, dan lugar a una menor producción.
En términos productivos, estas alteraciones provocan una caída notable en la producción de leche y su calidad, además de comprometer el sistema inmunitario y la reproducción, donde la tasa de concepción puede disminuir un 0,7% por cada unidad de ITH superior a 72. El resultado final es una pérdida de rentabilidad que puede superar los 400 euros anuales por vaca. No obstante, es fundamental comprender que el impacto del estrés calórico no se limita exclusivamente al periodo estival. Uno de los errores más comunes es ignorar que sus efectos son acumulativos y repercuten a largo plazo, arrastrando secuelas en la salud y la productividad que persisten mucho después de que las temperaturas hayan descendido.
Aunque numerosos estudios han analizado diversos parámetros ambientales para medir el impacto del calor, el Índice de Temperatura y Humedad (o Temperature-Humidity Index, THI por sus siglas en inglés) se ha consolidado como el estándar por excelencia para cuantificar el estrés térmico en el vacuno lechero. Este índice combina las características ambientales de temperatura del aire y humedad relativa (HR). Existen rangos de valores plenamente consolidados para identificar la aparición del estrés térmico. Mientras que diversos autores sitúan el inicio del descenso en la producción de leche cuando el THI alcanza valores entre 65 y 70, existe un consenso generalizado en la literatura científica que señala el valor de 72 como el umbral crítico donde los efectos del estrés térmico se manifiestan de forma evidente en prácticamente todos los estudios.
Actualmente, aparecen diferentes índices que se presentan como una evolución del THI, destacando el Índice de Carga Térmica (o Heat Load Index, HLI por sus siglas en inglés) que tiene en cuenta no sólo temperatura y humedad, sino también la radiación directa y la velocidad del aire, factores considerados como indispensables a la hora de regular el estrés térmico que experimentan las vacas.
Aunque estos valores se consolidan generalmente como los umbrales críticos de referencia, es vital entender que se debe tener en cuenta la zona de la geografía española en la que se encuentra nuestra ganadería. Dependiendo de la zona y la interacción específica entre la humedad relativa y la temperatura, es conveniente aplicar sistemas de refrigeración mucho antes de alcanzar dichos niveles para evitar el daño acumulativo. Entre las opciones disponibles, los sistemas de nebulización o la micropulverización, buscan enfriar el aire antes de que llegue al animal; sin embargo, su eficacia está estrictamente ligada a la humedad ambiental, ya que en zonas muy húmedas el aire se podría saturar y el sistema podría perder efectividad. Por otro lado, los sistemas de cooling ofrecen un control ambiental más dirigido, aunque requieren una infraestructura específica.
En la actualidad, el sistema más implantado y eficiente combina ventiladores con duchas, basándose en el principio de enfriamiento por evaporación directa sobre la piel del animal. Esta estrategia se centra prioritariamente en la sala de espera, un punto crítico donde la densidad de animales eleva rápidamente la carga térmica, exigiendo una velocidad de ventilación de al menos 3 m/s combinada con ciclos de mojado de 5 minutos de aire y 30 segundos de agua, haciendo un primer ciclo, al entrar a la sala de espera de 1 minuto de agua y 5 minutos de aire.
Para que estos sistemas sean efectivos debemos de utilizar duchas con un tamaño de gota lo suficienctemente gorda, para que penetre rápidamente los pelos del animal y unos ventiladores con unas determinadas revoluciones por minuto, en función de su diámetro, para conseguir las necesidades de velocidad.
Otros aspectos no menos importantes que nos permiten combatir el EC, es la orientación de la nave, con el fin de que entren los vientos dominantes y que haya una baja intensidad lumínica durante los días de más calor, y el material de las camas sobre la que descansan los animales.
















