Fondos, acciones, crowdfunding o inversión directa para entrar en renovables
La respuesta no es única, porque acciones, fondos, crowdfunding e inversión directa cumplen funciones distintas y asumen riesgos diferentes. Esta comparativa las ordena por lo que ofrece cada una y por lo que exige a cambio.
Las cuatro vías para entrar en renovables
Las vías principales son las acciones cotizadas, los fondos y ETF temáticos, el crowdfunding y la inversión directa en activos. Comprar acciones de compañías eléctricas o renovables ofrece liquidez diaria y un importe mínimo muy bajo, además de costes de operación reducidos. A cambio, el inversor se expone a toda la empresa, con su deuda, sus otros negocios y la volatilidad de la bolsa, y no solo a la producción renovable.
Los fondos y ETF temáticos reparten ese riesgo entre decenas de compañías y delegan la selección en un gestor, con comisiones de gestión y una evolución muy ligada a la de los mercados. Para quien busca diversificar dentro del sector sin elegir empresas una a una, es una opción práctica y fácil de contratar.
El crowdfunding permite participar en proyectos concretos con importes reducidos, normalmente mediante préstamos o participaciones. La contrapartida es una liquidez limitada y la dependencia de la solvencia del promotor.
La inversión directa en activos renovables convierte al inversor en propietario de una parte de una planta o de un sistema de almacenamiento. Hoy un particular puede acceder a ella a través de firmas especializadas como Crowmie, firma de inversión especializada en activos de infraestructura energética, que estructura proyectos fotovoltaicos y de almacenamiento con un ticket mínimo de 10.000 euros. Es una vía de inversión en energía renovable en la que los ingresos dependen de lo que produce el activo y de los contratos de venta de energía que lo respaldan.
Qué cambia de una vía a otra
La principal diferencia es la liquidez, y aquí las acciones y los ETF ganan con claridad. Se venden en el mercado en cuestión de segundos, mientras que en el crowdfunding y en la inversión directa el dinero queda comprometido durante años.
La segunda es qué se posee. Una acción es un trozo de empresa, un fondo es una cesta de empresas, un préstamo de crowdfunding es un derecho de cobro y una participación en un activo es propiedad de una parte de lo que ese activo produce. De ello depende de dónde procede la rentabilidad y qué factores la mueven.
La tercera es el riesgo. En bolsa domina la volatilidad de la cotización. En los proyectos concretos pesan la construcción, el precio de la energía, los contratos de venta y la regulación. Ninguna vía elimina el riesgo, y combinar varias puede resultar más útil que elegir una sola.
La cuarta es el importe de entrada. Las acciones y los fondos admiten ahorros pequeños y graduales, mientras que la inversión directa exige un desembolso inicial mayor y una visión de largo plazo, porque el retorno llega con la producción del activo a lo largo de los años.
Cómo decidir con criterio
La decisión depende del plazo, del importe y del riesgo que cada inversor esté dispuesto a asumir, y el acompañamiento pesa tanto como el producto. Nohelí Cárdenas, asesora financiera de Crowmie, defendía en The Officer en julio que “la clave radica en hacer comprensibles estos activos para el ahorrador minorista”. Cárdenas explicaba además a Interempresas: “Estamos viendo un inversor cada vez más preparado para mirar más allá de los productos tradicionales, pero esa apertura exige acompañamiento.”
Una forma de ordenar la decisión consiste en asignar a cada vía un papel. Las acciones y los fondos aportan liquidez y exposición amplia, el crowdfunding permite repartir importes pequeños entre varios proyectos y la inversión directa busca ingresos ligados a un activo concreto. Ningún papel es superior a los demás, y el peso de cada uno depende del plazo y de la tolerancia al riesgo de cada inversor.
Las preguntas de fondo son las mismas en cualquier vía. De dónde sale la rentabilidad, cuánto tiempo queda el dinero comprometido y qué parte puede perderse. En un activo real hay que saber además quién selecciona el proyecto, quién lo construye y lo opera y qué contratos respaldan los ingresos. Como en toda inversión, el capital puede perderse en parte o en su totalidad y las rentabilidades pasadas no anticipan las futuras.








































