2026: una gestión del sistema cada vez más renovable
José María González Moya, director general de APPA Renovables
12/01/2026Hay años que se celebran por lo que se consigue. Y hay otros, que son más decisivos, se recuerdan por lo que nos obligan a mejorar. 2025 ha sido, claramente, de los segundos. Veníamos de un 2024 histórico, con un 56,8% de generación eléctrica renovable, y 2025 ha seguido empujando esa frontera, rozando ya el 60% en buena parte del año. El despliegue renovable español es, claramente, una referencia internacional. Pero sería un error confundir el aplauso con la estabilidad. Porque, cuando un sistema crece rápido, lo importante deja de ser "cuánto instalamos" y pasa a ser "cómo lo integramos".
José María González Moya, director general de APPA Renovables.
El punto de inflexión lo vivimos en el cero energético del 28 de abril. Un episodio tan excepcional que no tenía precedentes en décadas de funcionamiento que, sin embargo, cambió el tono de la conversación: dejó de hablarse sólo de potencia y empezó a hablarse, con más fuerza, de operación. De seguridad. De control de tensión. De servicios al sistema. Y, tras aquel día, el sistema se ha operado en un modo más conservador, comprensible desde la prudencia, pero muy caro para los consumidores y la transición energética: limita integración renovable, dispara restricciones y aumenta vertidos. Es como conducir siempre pisando un poco el freno "por si acaso": se avanza, sí, pero se desgasta todo y se llega tarde.
En realidad, lo que 2025 ha puesto sobre la mesa no es una duda sobre el destino, sino sobre el camino. Y el camino está tensionado por dos desequilibrios que llevamos tiempo describiendo y denunciando desde la Asociación. El primero es el desequilibrio entre tecnologías: en cuatro años hemos incorporado más de 24 GW de fotovoltaica a red y alrededor de 6 GW adicionales de autoconsumo, mientras otras tecnologías avanzan con menos ritmo. El resultado se ve en el mercado de forma muy clara: precios hundidos al mediodía y picos al atardecer. En 2024, alrededor del 10% de las horas cerraron a precio cero o negativo, concentradas en las horas solares. El mercado cuartohorario ha suavizado esta cifra, pero el precio capturado por los proyectos solares no deja de bajar.
La otra cara de esa señal son los vertidos. Y aquí conviene abandonar eufemismos: el vertido no es "ineficiencia", es desperdicio. Electricidad limpia que ya hemos pagado (en inversión, permisos, financiación, red…) y que no llega a sustituir combustibles fósiles. En determinados momentos hemos pasado de hablar de un 8% a superar el 15% e incluso acercarnos al 17% al sumar restricciones y operación reforzada. En términos domésticos, es construir diez casas para seis personas, da igual cómo lo hagamos, siempre habrá casas vacías.
El segundo desequilibrio es aún más estratégico: oferta y demanda. España está descarbonizando rápido donde ya era fuerte (el sector eléctrico cuenta con más del 75% de generación descarbonizada), pero la electrificación del resto de usos avanza demasiado lenta. Hoy la electricidad apenas representa una cuarta parte del consumo energético total. Eso significa que seguimos dependiendo en exceso de combustibles importados en transporte, en calor y en parte de la industria. Y aquí está la clave: el PNIEC no se alcanza tratando la transición como si fuese sólo eléctrica. Necesitamos que la energía limpia salga del "cable" y se convierta, de verdad, en movilidad, en calor y en procesos industriales renovables.
Por eso, si tuviera que resumir el reto de 2026 en una sola frase, sería esta: "2026 debe ser el año de la incorporación del almacenamiento y de la entrada de las renovables en la gestión del sistema". No basta con que las renovables generen; tienen que sostener. Tienen que regular. Tienen que aportar servicios. Porque el sistema no se sostiene sólo con megavatios baratos: se sostiene con megavatios útiles cuando se necesitan. Y, como recordábamos en otros debates, "todo necio confunde valor y precio". En energía, esa confusión sale cara.
El almacenamiento es la llave maestra para convertir el actual problema en oportunidad. No sólo desplaza energía: recorta vertidos, suaviza picos, reduce horas anómalas y devuelve previsibilidad al mercado. Pero, sobre todo, permite que la electricidad barata del mediodía deje de ser una noticia inquietante y pase a ser una ventaja competitiva. Si almacenamos y liberamos cuando el sistema lo necesita, la curva de pato dejará de ser un "síntoma" y se convierte en una herramienta. Y 2026 no puede ser otro año de debates sobre el almacenamiento: tiene que ser el año en que se construya, se conecte y se integre en operación real. Para ello, es fundamental que los proyectos sean convenientemente retribuidos y la inversión tenga sentido para las compañías.
Ahora bien, sería un error creer que el almacenamiento, por sí solo, resuelve el fondo: el almacenamiento ordena el tiempo, pero no crea demanda. Si no electrificamos, el exceso renovable seguirá apareciendo, con o sin baterías. La canibalización que hoy sufre la fotovoltaica, la terminará por sufrir el almacenamiento. Por eso 2026 debe ser también el año de "hacer fácil" la electrificación. No basta con pedirla, debemos hacerla realidad con políticas públicas, con una financiación accesible y, por supuesto, con tramitaciones más sencillas y rápidas. Es importante insistir: electrificar es rentable, sostenible y urgente. Un hogar completamente electrificado puede ahorrar del orden de 1.400 euros anuales; y, en la industria, muchas soluciones eléctricas recortan el coste total de propiedad entre un 50% y un 60%. Cuando esos ahorros son reales, la pregunta ya no es si debemos electrificar, sino cómo eliminamos las barreras de entrada para que no sea un privilegio, sino un estándar.
Y, junto al almacenamiento y la electrificación, 2026 debe consolidar una idea que en 2025 se repitió casi como un mantra: la solución no es frenar renovables, sino acompañarlas. Acompañarlas significa equilibrar el mix y reconocer el papel de las renovables gestionables y de los servicios al sistema. La hidráulica —grande y pequeña—, la biomasa, la termoeléctrica, la hibridación inteligente… son tecnologías que no sólo aportan kilovatios hora, sino estabilidad, firmeza y capacidad de respuesta. Si queremos integrar más eólica y más solar, necesitamos que esas otras renovables tomen un papel decisivo en la gestión del sistema.
Para terminar, querría volver a incidir en el gran número de la energía: la electricidad es menos del 25% de esa gran cifra que debemos cambiar. La verdadera ambición energética llegará cuando afrontemos el grueso de nuestras necesidades: el transporte, los usos energéticos, los consumos industriales… Sólo provocaremos un gran cambio en nuestro modelo energético si nos centramos también en las moléculas verdes. La bioenergía tiene un grandísimo potencial en España por sus recursos: nuestro país concentra una cuarta parte de la cabaña porcina europea, la mitad del aceite de oliva mundial… estas industrias generan subproductos que son vectores energéticos gestionables si hacemos las cosas bien.
Debemos centrarnos en este nuevo año en dejar de "tirar" energía y empecemos a capitalizarla, tanto en el sector eléctrico como en el potencial existente en los subproductos energéticos de nuestras industrias agrícola y ganadera. Es el momento de gestionar de forma responsable nuestra energía verde, ya venga esta energía en forma de electrones o moléculas.




























