La Columna

Valeria

Francisco Ponce Carrasco01/12/2003

En medio del estrépito navideño, un paseante con deportivas gastadas y una niña de seis años recorrían la zona comercial de la ciudad.
"La Columna" de Francisco Ponce de Horticultura- 173, diciembre 2003.

Las luces del centro de la ciudad resplandecían con un fulgor inusual y los escaparates estaban más repletos y opulentos que el resto del año.  El pálpito de la Navidad se advertía próximo. Claramente perceptible. Las calles rebosaban de gente entregada a la sociedad de consumo. El rugir de los motores, la impertinencia del claxon de un conductor nervioso, las escandalosas puertas de los autobuses, conforman el bullicio urbano que se filtra por calles y plazuelas, rincones, esquinas y recodos.

Un paseante poco habitual del centro de la ciudad pateaba aquella zona con sus deportivas desgastadas y su vaquero raído. Portaba de la mano a una niña de seis años. Su hija.

Ante un escaparate detuvieron su recorrido para ver a la muñeca Valeria. A la cría le temblaban las manos de gozo; su padre lo percibió. Era real la muñeca Valeria, la misma que ella veía por la televisión una y otra vez en los spots publicitarios. La que lloraba si le apretabas la barriguita o sonreía al oprimirle la nariz. ¡Estaba allí!

Con su rostro inexpresivo y en sus mejillas un exultante rojo carmesí. Tirando del brazo de su padre lo arrastró al interior de la tienda, preguntaron el precio, ¡Era cara la endiablada Valeria!Tenía que pagarse el marketing.

Le enseñaron otras mucho más económicas que hacían lo mismo y también "pipí" y hasta se les podía peinar su dorado cabello de fibra. Pero claro, no eran la Valeria de la tele. La niña, tajante, rechazó cualquier otra y el padre tuvo que prometerle que para Navidad tendría su muñeca.

Los días pasaban y en el televisor no cejaban de hastiar con la condenada Valeria. La economía de la familia era modesta y el padre empezó a odiar la tele. ¿Por qué pagar tanto por esa muñeca, si las otras costaban menos?

Nochebuena, olor a Navidad, villancicos, ruido de pandereta y zambomba. En la mesa morralla y sucedáneo de turrón, poco más. Pero en la silla de la pequeña un gran paquete: dentro Valeria. Unos ojos como platos en la cría. En otros ojos, un tenue velo producido por unas incipientes lágrimas de alegría.

La publicidad machacona, el consumismo, seguirá año tras año su camino y los padres continuarán siendo padrazos a pesar de que en la mesa no tengan pavo relleno, solo cascajo y sucedáneo de turrón.

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