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El impacto del protocolo de Montreal en la reducción de los CFC

La protección de la capa de ozono

MORALES, JORGE26/06/2001

26 de junio de 2001

En Viena, el 22 de marzo de 1985 se firmó la denominada Convención de Viena para la Protección de la Capa de Ozono, que dio lugar a concretar en 1987 el histórico Protocolo de Montreal que rige sobre tal materia.
Fueron veintiocho las naciones que en 1985 rubricaron la Convención, entre ellas Argentina, Austria, Bielorrusia, Bélgica, Burkina Faso, Canadá, Chile, (la entonces) Comunidad Económica Europea, Dinamarca, Egipto, Finlandia, Francia, Alemania, Grecia e Italia.
Además lo hicieron Luxemburgo, México, Marruecos, Holanda, Nueva Zelanda, Noruega, Perú, Federación Rusa, Suecia, Suiza, Ucrania, Reino Unido y Estados Unidos.
Desde entonces, 173 'partes' (naciones) ratificaron la Convención de Viena, en tanto que el Protocolo de Montreal ya fue ajustado en cinco oportunidades: Londres (1990), Copenhague (1992), Viena (1995), Montreal (1997) y Beijing (1999).
Hasta la fecha, debido al compromiso internacional, ya se canceló un 84 % del uso de los compuestos de cloro y flúor que destruyen el ozono estratosférico y de otras substancias perniciosas: tetracloruro de carbono, metilcloroformo, halones y metilbromuro.
El ozono es un gas que en un 90 % se halla en la estratósfera y el resto en la tropósfera, en una faja situada entre los 10 y los 50 kilómetros sobre la superficie terrestre.
Comúnmente, esa región es denominada 'capa de ozono' y cumple la función crítica de proteger a todos los organismos vivos de los efectos nocivos de la radiación ultravioleta del sol.
La necesidad de salvaguardarla fue una de las prioridades del Pnuma, al ser creado en 1972, cuando finalizó la hoy célebre Cumbre de la ONU sobre el Entorno Humano en Estocolmo (Suecia), sólo superada por la ECO '92 realizada en Río de Janeiro.
En 1970, el profesor Paul Crutzen había señalado la posibilidad de que los óxidos de nitrógeno emitidos por las turbinas de los aviones a reacción, las emanaciones de los fertilizantes agrícolas, algunos cultivos como el arroz y microorganismos marinos podrían agotar la capa de ozono.
Cuatro años después, en 1974, un documento de los profesores Mario Molina y F. Sherwood Rowland de la Universidad de California sugería que los compuestos clorofluorocarbonados (CFC) serían los máximos destructores de las moléculas de ozono en la estratófera.
Esas premoniciones fueron después absolutamente confirmadas, lo cual significó a los tres científicos ser laureados en 1995 con el premio Nobel de Química.

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