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ACTAS FORO OVINO 2026 – Seminario ‘La sanidad en el punto de mira’

Control de antibióticos en ovino

Christian de la Fe Rodríguez

Grupo de Investigación Sanidad de Rumiantes. Departamento de Sanidad Animal. Facultad de Veterinaria. Universidad de Murcia

15/10/2026
La reducción del uso de antibióticos en producción animal ha marcado buena parte de las políticas sanitarias de los últimos años. Sin embargo, más allá de las normas, las restricciones o los cambios legislativos, resulta necesario preguntarse qué consecuencias reales y eficacia están teniendo estas medidas sobre las bacterias con las que convivimos diariamente en las explotaciones. A través de los datos obtenidos en el laboratorio y del análisis de distintos microorganismos de interés en esta especie, podemos empezar a comprender cómo evolucionan las resistencias y qué estrategias debemos adoptar para mantener la eficacia de los tratamientos en el futuro.
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Cuando hablamos de resistencias antimicrobianas es importante comprender una idea básica: la resistencia es un fenómeno natural. Las bacterias llevan millones de años adaptándose a los cambios de su entorno y los antibióticos no dejan de ser un factor más de presión selectiva.

Muchas veces se transmite la idea de que las resistencias aparecen exclusivamente como consecuencia del uso de antibióticos. Evidentemente, el uso de antimicrobianos influye de forma decisiva, pero incluso si mañana dejáramos de utilizarlos completamente, las resistencias no desaparecerían. Los microorganismos evolucionan continuamente y desarrollan mecanismos para sobrevivir. Forma parte de su propia biología.

Lo que realmente debemos preguntarnos es cómo influye nuestro uso de los antibióticos en esa evolución. Durante los últimos años hemos asistido a una reducción muy importante del consumo de antimicrobianos en producción animal y resulta lógico analizar si ese esfuerzo está teniendo reflejo en las bacterias que estudiamos diariamente en el laboratorio.

Mi objetivo no es debatir sobre si las políticas aplicadas son correctas o incorrectas. Lo que me interesa es comprobar si esas decisiones están modificando el comportamiento de los microorganismos y qué información podemos extraer para mejorar el control de las enfermedades infecciosas en nuestras explotaciones.

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Las resistencias no son iguales en todos los agentes infecciosos

Uno de los errores más frecuentes consiste en hablar de resistencias antimicrobianas como si todas las bacterias se comportaran de la misma manera. La realidad es muy diferente.

En procesos digestivos asociados a Escherichia coli encontramos algunos de los problemas más complejos desde el punto de vista terapéutico. En numerosas ocasiones recibimos muestras en las que prácticamente todos los antibióticos habituales muestran resistencia y únicamente encontramos sensibilidad frente a uno o muy pocos principios activos. Son situaciones que generan una enorme frustración tanto para veterinarios como para ganaderos.

Sin embargo, cuando analizamos otros procesos frecuentes en ovino, como las neumonías o las mamitis, la situación suele ser diferente. En estos casos seguimos encontrando, en la mayoría de las ocasiones, varias alternativas terapéuticas eficaces. Esto demuestra que no podemos generalizar ni extrapolar automáticamente los resultados obtenidos en un tipo de patología a todas las demás.

En las mamitis, por ejemplo, existe una enorme diversidad de bacterias potencialmente implicadas, pero cuando analizamos los porcentajes de aislamiento observamos que un grupo relativamente reducido de microorganismos concentra una gran parte de los casos. Entre ellos destacan Staphylococcus aureus, los estafilococos coagulasa negativos, los micoplasmas y determinados estreptococos.

Por ello, cada explotación debe conocer cuáles son los agentes predominantes en sus propios problemas sanitarios y cómo responden a los distintos tratamientos. No existen dos rebaños iguales y tampoco existen dos situaciones epidemiológicas idénticas.

¿Está funcionando la reducción del uso de antibióticos?

Una de las preguntas que nos planteamos fue precisamente si la disminución en el uso de antimicrobianos estaba teniendo algún efecto observable sobre las resistencias bacterianas.

Cuando analizamos conjuntamente todas las bacterias estudiadas en nuestro laboratorio durante los últimos años, observamos que los niveles globales de resistencia frente a los antibióticos más restringidos siguen siendo relativamente bajos. En muchos casos encontramos porcentajes de sensibilidad elevados, especialmente frente a determinados grupos antimicrobianos.

Los resultados obtenidos con los estafilococos coagulasa negativos y en numerosos aislamientos asociados a mamitis muestran una situación razonablemente favorable. Existen resistencias frente a algunos antibióticos concretos, pero en términos generales seguimos disponiendo de opciones terapéuticas eficaces.

La situación cambia cuando analizamos bacterias especialmente adaptables, como Pseudomonas spp., capaces de acumular múltiples mecanismos de resistencia y generar perfiles mucho más complejos. También observamos problemas importantes en determinadas cepas de Escherichia coli, donde los niveles de resistencia continúan siendo elevados frente a varios grupos antimicrobianos.

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Los micoplasmas como indicadores de lo que ocurre en el campo

Para estudiar la evolución de las resistencias hemos utilizado especialmente distintas especies de micoplasmas.

La razón es muy sencilla. Los micoplasmas son microorganismos extremadamente difíciles de eliminar por completo mediante tratamientos antibióticos. Por tanto, constituyen excelentes indicadores de la presión antimicrobiana existente en el entorno. Nos permiten observar cómo evolucionan las sensibilidades sin la interferencia que produciría la eliminación completa de las bacterias.

En Mycoplasma agalactiae, agente de la agalaxia contagiosa, hemos observado una evolución muy interesante durante los últimos años. Los datos obtenidos entre 2023 y 2025 muestran una reducción progresiva de las cepas con perfiles compatibles con resistencia frente a determinadas quinolonas. Aunque estos resultados deben interpretarse con prudencia, parecen indicar que la reducción en el uso de algunos antibióticos puede estar teniendo un efecto real sobre la población bacteriana.

Sin embargo, la situación es distinta cuando analizamos determinados macrólidos o el florfenicol. En estos casos seguimos observando valores elevados de concentración mínima inhibitoria (CMI) en numerosas cepas, lo que sugiere una presión selectiva más intensa o más prolongada.

Lo importante no es únicamente saber si una bacteria es sensible o resistente, sino entender que esas variaciones nos están proporcionando información sobre lo que sucede en las explotaciones. Las bacterias, en cierto modo, actúan como indicadores biológicos de nuestras propias prácticas sanitarias.

El papel de Mycoplasma ovipneumoniae en el complejo respiratorio

Otro microorganismo especialmente interesante es Mycoplasma ovipneumoniae.

Durante años ha existido un intenso debate sobre su verdadera importancia dentro del Complejo Respiratorio Ovino. Actualmente existe un consenso creciente en que no se trata de un patógeno primario capaz de desencadenar por sí solo grandes brotes respiratorios. Sin embargo, sí desempeña un papel importante como factor predisponente.

Su presencia favorece la colonización posterior por otros agentes como Mannheimia haemolytica o Pasteurella multocida, contribuyendo a aumentar la gravedad de los procesos respiratorios. En este sentido, su papel resulta comparable al de otros microorganismos oportunistas que preparan el terreno para infecciones más complejas.

Los estudios realizados muestran patrones de sensibilidad relativamente buenos frente a las tetraciclinas, mientras que frente a otros grupos antimicrobianos aparecen perfiles más variables. Una vez más, los datos sugieren que la presión de uso influye directamente sobre la evolución de las resistencias.

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No existen recetas mágicas

Si algo he aprendido trabajando con resistencias antimicrobianas es que no existen soluciones universales.

La primera herramienta sigue siendo la información. Necesitamos conocer qué microorganismos circulan en nuestras explotaciones y cuál es su perfil de sensibilidad. No se trata de realizar cultivos y antibiogramas ante cada caso clínico, pero sí de disponer de información periódica que nos permita tomar decisiones fundamentadas.

Cada explotación tiene características propias. El manejo, las instalaciones, los animales, el personal y la historia sanitaria son diferentes. Por ello considero que cada granja debe construir su propia estrategia basada en sus propios datos.

También debemos ser valientes en determinadas decisiones sanitarias. Los animales crónicos, especialmente aquellos afectados por procesos de difícil curación como determinadas mamitis estafilocócicas o micoplásmicas, pueden convertirse en reservorios permanentes de infección. Mantenerlos indefinidamente en la explotación rara vez aporta beneficios sanitarios o económicos.

Por supuesto, la vacunación sigue siendo una herramienta fundamental. Pero debemos entender que ninguna vacuna compensa problemas graves de manejo, densidades excesivas o deficiencias sanitarias estructurales. La inmunoprofilaxis debe integrarse dentro de una estrategia global de control.

En definitiva, las bacterias nos están enviando un mensaje muy claro. Los cambios en el uso de los antibióticos tienen consecuencias y esas consecuencias pueden observarse en la evolución de las resistencias. La clave para conservar la eficacia terapéutica en el futuro pasa por combinar información, manejo, profilaxis, selección adecuada de tratamientos y un uso cada vez más racional de los antimicrobianos. Solo así podremos seguir disponiendo de herramientas eficaces para controlar las enfermedades infecciosas en nuestras explotaciones.

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