“La horticultura española se enfrenta al desafío de redefinirse para seguir siendo competitiva ante la nueva realidad climática"
Entrevista a Paz García Roque, directora de Segmento de Mercado Alimentario de ZIEHL-ABEGG SE
Cuando el clima deja de ser una variable para convertirse en un factor determinante
¿Qué es el cambio climático? La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) define el cambio climático como la alteración significativa y persistente de los patrones climáticos a escala global, provocada principalmente por el incremento de gases de efecto invernadero derivado de la actividad humana. En paralelo, considera ola de calor a un episodio de temperaturas excepcionalmente altas que se mantienen durante varios días consecutivos y afectan a una parte significativa del territorio.
El siglo XXI está batiendo récord tras récord. Los veinte años más cálidos registrados desde que existen mediciones instrumentales se concentran en las últimas décadas. Europa se ha convertido en uno de los continentes que más rápidamente se está calentando, mientras que la cuenca mediterránea figura entre los grandes puntos calientes del planeta.
Las consecuencias van mucho más allá del aumento de las temperaturas medias. Se traducen en una mayor frecuencia de fenómenos extremos, precipitaciones más irregulares, sequías más prolongadas, incremento de la evapotranspiración y alteraciones profundas en los ciclos biológicos de plantas y animales.
José M. de la Torre, experto en jardinería y cultivos lo explica de forma clara: “Las plantas son organismos mucho más sofisticados de lo que imaginamos. Durante mucho tiempo se las consideró organismos pasivos, incapaces de adaptarse activamente a su entorno. El neurobiólogo y divulgador italiano Stefano Mancuso ha contribuido a cambiar radicalmente esta percepción. Sus investigaciones apuntan a la extraordinaria eficiencia de la inteligencia de las plantas; no pueden permitirse el lujo de cometer errores. Por eso el reino vegetal ha sobrevivido a grandes transformaciones climáticas a lo largo de millones de años".
“Desafortunadamente, la velocidad actual del cambio climático es muy superior a la de los procesos evolutivos naturales. Las plantas saben reaccionar. Lo que cada vez resulta más difícil es hacerlo con la rapidez necesaria".
“El impacto del cambio climático sobre el mundo vegetal ya es visible en prácticamente todas las especies. Las plantas están entrando en una situación constante de supervivencia. Observamos estrés hídrico continuado incluso durante la noche en los periodos más críticos de su ciclo biológico. Tradicionalmente durante la noche se recuperaba parte de la actividad metabólica alterada por las temperaturas diurnas. Pero el incremento de las llamadas noches tropicales, ecuatoriales o infernales, está eliminando progresivamente esa ventana de recuperación fisiológica".
“Estamos observando adelantos en la floración y fructificación de numerosas especies. Los procesos biológicos han evolucionado de forma sincronizada durante miles de años. Cuando una de las piezas cambia de ritmo y las demás no lo hacen al mismo tiempo, las consecuencias pueden ser enormes".
“Un buen ejemplo es el almendro. Su floración se está adelantando progresivamente hacia finales de enero; a veces incluso antes. El problema es que los insectos polinizadores no modifican su comportamiento al mismo ritmo".
¿Cuál es el impacto sobre la producción hortícola española?
En España coexisten dos modelos productivos hortícolas, con dos niveles de exposición muy diferentes: la producción en exterior y la horticultura en entorno controlado, típicamente en invernadero.
La repercusión del cambio climático se manifiesta principalmente en:
- El incremento de las temperaturas, superando las capacidades fisiológicas. Las medias mensuales describen mal el riesgo agrícola. Para el productor importan la duración del episodio, la máxima real dentro del dosel vegetal, la temperatura nocturna, la humedad, la radiación y la disponibilidad de agua en las horas críticas.
- Las noches sin recuperación. Una noche cálida impide que el cultivo se recupere plenamente del déficit hídrico diurno. El daño es acumulativo: se suceden días de alta demanda evaporativa y noches que no restauran el equilibrio fisiológico. El verano de 2026 ha mostrado hasta qué punto este fenómeno está dejando de ser excepcional.
- Las necesidades de agua. Una atmósfera más cálida puede contener más vapor de agua. Como consecuencia, aumenta su capacidad para extraer humedad del suelo y de las plantas. Esto incrementa la demanda evaporativa y obliga a optimizar el riego para evitar pérdidas de rendimiento. Pero el incremento de las necesidades coincide con una creciente incertidumbre sobre la disponibilidad. Es imprescindible mejorar la productividad del agua, obtener más kilos y más valor comercial por m3 consumido.
- La regularidad de las precipitaciones. El cambio climático no significa simplemente que vaya a llover menos todos los años, sino que aumenta la irregularidad.
- El deterioro de las producciones. El resultado comercial no siempre es una ausencia completa de cosecha sino una suma de pequeñas pérdidas: menos frutos, calibres inferiores, mayor destrío, menor vida postcosecha y más dificultad para cumplir una especificación comercial.
- Un nuevo calendario de plagas y enfermedades. No todas las plagas aumentarán en todas partes ni todos los años. El riesgo surge de la reorganización del sistema: nuevas fechas de aparición, solapamiento de generaciones, llegada a zonas antes desfavorables y pérdida de sincronía con la fauna auxiliar.
Un análisis más sensato indica que, en un contexto de creciente inestabilidad climática, la capacidad de controlar parcialmente el ambiente se está convirtiendo en una ventaja productiva y comercial cada vez más valiosa. Pero la solución adecuada dependerá del cultivo, su valor, el calendario, el riesgo local y la capacidad de inversión.
El objetivo debe ser instalar el grado de protección que genere más valor del que cuesta.
¿Hacia dónde va el futuro profesional de la horticultura española?
Facturamos más con menos kilos. Pero si la reducción de volumen se prolonga, disminuye la capacidad de abastecer programas estables, se infrautilizan almacenes y líneas de confección y los compradores buscan proveedores alternativos. La competitividad hortícola no depende solo de producir barato. Para los mercados europeos significa entregar el producto acordado, en la semana acordada, con el calibre, madurez, trazabilidad, certificación y vida útil exigidos.
El cambio climático amenaza sobre todo esa previsibilidad. La ventana española se basaba en una regularidad relativa: inviernos suaves, muchas horas de luz y una programación suficientemente fiable. Si el cultivo llega tarde a la ventana comercial, produce menos en el momento de mayor precio y recupera volumen cuando otros orígenes ya han entrado en el mercado. Este desplazamiento puede hacer que una campaña razonable en kilos sea insatisfactoria en margen. Es fundamental acertar en el calendario. La estabilidad climática es un activo económico.
¿Qué repercusiones cabe esperar en la cadena comercial?
Cuando traslado la pregunta a la experta Carolina Carral, responsable de selección y seguimiento de proveedores agrícolas internacionales para un destacado grupo minorista del norte de Europa, el mensaje es claro: “España sigue siendo un origen estratégico. La profesionalización del sector, la proximidad, la experiencia exportadora y la capacidad de cumplir protocolos comerciales y de seguridad alimentaria continúan siendo ventajas importantes".
“Sin embargo, la preferencia es siempre por el producto local. Los retailers suelen priorizar el origen nacional cuando hay producto disponible con la calidad, volumen y precio adecuados".
“Por ejemplo, en Reino Unido el adelanto de la producción local de fresa está reduciendo la dependencia de España y Marruecos. En abril de 2026 ya comenzaron a llegar volúmenes comerciales británicos y se esperaba duplicar rápidamente las cantidades de comienzos de mes, con abastecimiento nacional generalizado hacia mediados de mayo. En 2025, el clima cálido ya adelantó la producción unas dos semanas y generó una oferta abundante. La consecuencia es que la ventana reservada a la fresa española se estrecha por ambos extremos: Marruecos presiona en las semanas tempranas y la producción británica empieza antes".
“La respuesta de Huelva y otros orígenes españoles ha sido adelantarse hacia noviembre, diciembre, enero y febrero (con variedades precoces, plantas seleccionadas, túneles, manejo del trasplante y tecnologías de cultivo) para alcanzar el norte de Europa cuando la disponibilidad local es mínima y el precio es más alto. Pero esa estrategia aumenta la dependencia del clima invernal. Un otoño muy cálido puede retrasar la plantación o afectar el establecimiento. Un invierno con lluvia persistente, frío y pocas horas de luz puede reducir floración, cuajado y maduración, aumentar enfermedades y dificultar la recolección. Algunas explotaciones han debido compensar la caída de producción a principios de año por este motivo prolongando su campaña hasta junio, reduciendo márgenes y aumentando el solapamiento con la producción de otros orígenes”.
“De hecho la competencia del norte de Africa va ganando espacio. Entre 2021 y 2025, el conjunto de las exportaciones españolas de frutas y hortalizas al Reino Unido cayó un 14,4 %, mientras las procedentes de Marruecos crecieron un 31 %. Egipto también está aumentando su peso como proveedor en determinados productos y calendarios. La principal queja del productor español es que existen diferencias en términos de costes, normativa laboral, productos fitosanitarios y cargas ambientales, si bien los productos importados deben cumplir los estándares europeos de seguridad alimentaria".
“En conclusión, los compradores no pretenden sustituir de forma permanente un país por otro, sino diversificar. El retailer buscará varios orígenes, distintas zonas dentro de cada país y proveedores con sistemas de protección diferenciados. Esto reduce su riesgo de suministro, pero también puede debilitar la posición negociadora del productor español".
“Los proveedores capaces de ofrecer previsiones fiables de cosecha, trazabilidad y alertas tempranas tendrán una ventaja. El dato se convertirá en parte del producto".
“Por último, la sanidad vegetal es un claro riesgo comercial. La crisis del pulgón de 2026 en el sureste español es un ejemplo tangible. A comienzos de marzo, Murcia, Andalucía y Comunidad Valenciana reclamaron medidas urgentes. El 11 de marzo se estimaban en Murcia unas 6.100 hectáreas afectadas. En el Levante almeriense se llegó a mencionar una afección del 60-70 % de la superficie hortícola exterior. Aún cuando este episodio no pueda atribuirse únicamente al clima, comenzamos a ver alteraciones en campo que avanzan a un ritmo mucho más rápido que la adaptación genética, regulatoria y fitosanitaria".
Conclusiones prácticas ante esta situación compleja
El cambio climático no obliga a trasladar toda la horticultura española a invernaderos. Muchos cultivos seguirán produciéndose al aire libre por razones agronómicas, económicas y territoriales. Lo que sí obliga es a abandonar la idea de que la producción exterior puede continuar sin nuevos niveles de protección, precisión y planificación.
La adaptación será gradual y diversa: sombreo, mallas antiinsectos, microaspersión, nebulización, riego y fertirrigación de precisión, protección antigranizo, túneles, cubiertas temporales con circulación de aire, invernaderos más altos y ventilación inteligente y, para productos de elevado valor o ventanas estratégicas, instalaciones semicerradas o cerradas y con control climático digitalizado.
El cultivo protegido ofrece mayor productividad por superficie, continuidad y capacidad de control, pero no elimina el riesgo. Un invernadero mediterráneo poco ventilado puede sufrir sobretemperaturas importantes. Una estructura de alta tecnología puede multiplicar el rendimiento de determinados cultivos, aunque necesita mucha más inversión, conocimiento técnico y, según el diseño, más energía.
En cultivos y ciclos comparables, la protección puede elevar considerablemente el rendimiento comercial por hectárea, mientras los sistemas de alta tecnología alcanzan productividades varias veces superiores en determinadas especies. La magnitud depende del cultivo, la duración del ciclo, la radiación disponible, la densidad, el manejo, el grado de control ambiental y la energía utilizada.
España tiene una oportunidad clara. Dispone de radiación, temperaturas invernales relativamente suaves, conocimiento agronómico profesionalizado, proveedores tecnológicos y proximidad al resto de Europa. Elevar el nivel de protección en estas condiciones puede requerir menos energía que reproducir el mismo sistema en latitudes septentrionales.
La ventaja competitiva futura no procederá solo del sol. Surgirá de combinar ese sol con agua de precisión, genética adaptada, estructuras resistentes, control climático eficiente e inteligente, conocimiento profesional y relaciones comerciales que distribuyan mejor el riesgo.
El cambio climático no determina el declive de la horticultura española. Pero sí reduce el margen para aplazar decisiones. El sector que antes se adapte no solo protegerá sus cosechas, protegerá también su posición en el mercado europeo, el empleo de sus territorios y una capacidad productiva que constituye uno de los grandes activos agroalimentarios en España.






















