Cultivos Intermedios con Vocación Energética
Biocombustibles y CIVEs: una oportunidad para reducir la dependencia de los combustibles fósiles desde el territorio
María Barrera-Báez, Luis Sánchez-Fernández, Manuel Pérez-Ruiz
Grupo de investigación ‘AGR-278 Smart Biosystems Laboratory’
Universidad de Sevilla
20/05/2026La volatilidad reciente de los mercados energéticos, marcada por el encarecimiento del petróleo, del gas natural y de los costes logísticos, ha reforzado el interés por soluciones renovables capaces de combinar viabilidad técnica, sostenibilidad y arraigo territorial.
Este contexto, caracterizado por tensiones en la cadena de valor energética y agroindustrial, sitúa a los biocombustibles en una posición estratégica creciente, tanto por su papel en la descarbonización del transporte como por su capacidad para conectar la producción agraria, la industria y la bioeconomía.
La energía, en el centro de una conversación cada vez más amplia
La energía se ha consolidado en los últimos años como uno de los grandes asuntos estratégicos de nuestro tiempo. Lo que durante mucho tiempo se percibió como una cuestión principalmente técnica o sectorial ha pasado a ocupar un lugar central en el debate económico, político y social, poniendo sobre la mesa cuestiones tan relevantes como la seguridad de suministro, la volatilidad de los precios, la dependencia exterior o la necesidad de reducir el impacto ambiental asociado al modelo energético actual.
La fuerte dependencia de los combustibles fósiles sigue siendo, en este sentido, uno de los principales factores de vulnerabilidad de las economías contemporáneas. La evolución de los mercados internacionales, la inestabilidad geopolítica y las tensiones en torno al acceso a determinadas materias primas han evidenciado hasta qué punto el sistema energético global sigue expuesto a condicionantes externos que afectan directamente tanto a la actividad productiva como al día a día de la ciudadanía. A ello se suma la urgencia climática, que obliga a acelerar la transición hacia fuentes y modelos más sostenibles.
En este contexto, avanzar hacia un sistema energético más diversificado se ha convertido en una prioridad compartida por las administraciones, los sectores productivos, la comunidad científica y la industria. No se trata únicamente de sustituir unas fuentes por otras, sino de construir un modelo más resiliente, más eficiente y mejor adaptado a los retos del presente y del futuro. Un modelo capaz de reducir emisiones, reforzar la autonomía estratégica, disminuir la exposición a crisis externas y generar nuevas oportunidades de desarrollo vinculadas al territorio.
Es precisamente en ese proceso donde las energías renovables adquieren una relevancia decisiva. Entre ellas, los biocombustibles ocupan una posición de especial interés por su capacidad para contribuir a la descarbonización de determinados usos energéticos y, al mismo tiempo, articular cadenas de valor conectadas con el aprovechamiento de recursos biológicos, la actividad agraria y la industria de transformación.
Biocombustibles: más que una alternativa técnica
Hablar de biocombustibles implica hablar también de territorio, de bioeconomía y de nuevas formas de entender la relación entre producción y sostenibilidad. Frente a una visión limitada de la transición energética como un proceso exclusivamente tecnológico, este enfoque invita a considerar el papel que pueden desempeñar sectores como el agrario en la generación de recursos, la valorización de la biomasa y la construcción de respuestas concretas frente a la dependencia del mercado de combustibles fósiles.
El interés de los biocombustibles no reside únicamente en su condición de combustibles renovables. También importa la lógica que los acompaña: la posibilidad de generar valor a partir de materias primas de origen biológico, de conectar la producción primaria con la industria y de reforzar el papel de determinados territorios en la transición energética.
Además, bajo el término de biocombustibles conviven materias primas, procesos de transformación y destinos finales muy diversos. Por eso, el debate en torno a ellos se ha vuelto más complejo. Ya no basta con preguntarse si pueden sustituir parcialmente los combustibles fósiles, también es necesario analizar con qué materias primas se producen, en qué condiciones, con qué balance de emisiones y con qué encaje dentro de los sistemas agrarios y energéticos.
Ese cambio de enfoque es importante porque desplaza la conversación de una visión simplificada a una comprensión más completa. El valor de un biocombustible no depende únicamente del producto final, sino también de la cadena que lo hace posible: el origen de la biomasa, la forma en que se integra en el territorio, la eficiencia del proceso, la trazabilidad y el cumplimiento de los criterios ambientales y regulatorios.
A escala internacional, el papel de los biocombustibles en el transporte sigue siendo relevante. La Agencia Internacional de la Energía señala que los biocombustibles representaron más del 3,5% de la demanda energética mundial del transporte en 2022 y que, en su escenario de cero emisiones netas, su contribución debería más que duplicarse hasta alcanzar el 9% en 2030.
El valor de un biocombustible no depende únicamente del producto final, sino también de la cadena que lo hace posible
El bioetanol procedente del maíz: un ejemplo claro del vínculo entre agricultura y energía
En este marco, uno de los ejemplos más conocidos es el del bioetanol obtenido a partir de maíz, una alternativa que permite avanzar en la producción de combustibles renovables a partir de materias primas agrícolas. Más allá de su dimensión industrial, este tipo de aprovechamiento muestra con claridad cómo la agricultura puede integrarse en las dinámicas de transición energética, aportando recursos que contribuyan a diversificar los orígenes de la energía y a reducir, al menos en parte, la dependencia de fuentes fósiles.
El interés de este enfoque no reside únicamente en la obtención del propio biocombustible, sino también en todo lo que lo rodea: la generación de actividad económica, la conexión entre la producción agraria y la industria y la puesta en valor de la biomasa como recurso con aplicaciones que trascienden el ámbito estrictamente agrícola. El bioetanol permite visualizar una cadena en la que intervienen el cultivo, la logística, la transformación industrial, los requisitos de sostenibilidad y el uso energético.
Desde una perspectiva más amplia, este ejemplo ayuda a hacer tangible una idea que a veces se presenta de forma demasiado abstracta: que la agricultura puede aportar mucho más que alimentos o materias primas convencionales. Puede participar también en nuevas cadenas de aprovechamiento, en dinámicas industriales vinculadas a la energía y en procesos de innovación que exigen conocimiento técnico, planificación y evaluación continuas.
Al mismo tiempo, el caso del bioetanol pone sobre la mesa una cuestión fundamental: la importancia de no simplificar el debate. Su interés no depende solo de que exista una materia prima disponible, sino también de cómo se organiza toda la cadena, de qué balance ambiental presenta, de qué exigencias regulatorias debe cumplir y de cómo encaja en estrategias más amplias de sostenibilidad y desarrollo territorial.
Mirado así, el bioetanol procedente del maíz resulta útil no solo como producto energético, sino también como ejemplo de cómo una materia prima agrícola puede insertarse en una cadena más amplia, en la que intervienen decisiones agronómicas, criterios técnicos, condicionantes industriales y exigencias ambientales (Figura 1). Es, en definitiva, una manera concreta de observar cómo la transición energética también puede apoyarse en sectores productivos ya existentes y en recursos del propio territorio.
La normativa como elemento que ordena el debate
El desarrollo de los biocombustibles no se entiende únicamente desde el punto de vista técnico o productivo. También responde a un marco normativo cada vez más definido, en el que las políticas europeas han reforzado tanto la apuesta por las energías renovables como las exigencias de sostenibilidad.
La Directiva de Energías Renovables elevó para 2030 el objetivo vinculante de renovables al menos al 42,5% del consumo energético de la UE, con la aspiración de alcanzar el 45%. En el ámbito del transporte, además, los Estados miembros deben optar por alcanzar una cuota del 29% de energías renovables y reducir en un 14,5% la intensidad de emisiones de los combustibles. Este diseño muestra hasta qué punto la transición energética ya no se plantea solo como una orientación general, sino como una senda regulatoria concreta que condiciona las decisiones productivas, industriales y tecnológicas.
Junto a esos objetivos, la normativa europea insiste en cuestiones como la trazabilidad de las materias primas, el cumplimiento de criterios de sostenibilidad y el ahorro de emisiones de gases de efecto invernadero. La Comisión Europea señala que los esquemas voluntarios reconocidos por la UE se utilizan precisamente para demostrar que los combustibles y la biomasa cumplen esos requisitos, tanto en lo relativo al origen de las materias primas como en el ahorro de emisiones exigido.
Este punto resulta clave porque ayuda a entender que el interés por los biocombustibles no se sustenta únicamente en su potencial tecnológico. Se apoya también en un entramado regulatorio que orienta el tipo de materias primas, los estándares aplicables y la forma en que estas cadenas deben justificarse desde el punto de vista ambiental. En otras palabras, la transición energética no se construye únicamente con innovación; también con reglas, criterios y mecanismos de control.
En paralelo, la Política Agraria Común 2023-2027 incluye entre sus objetivos contribuir a la mitigación y la adaptación al cambio climático, reducir las emisiones y promover la energía sostenible (Figura 2). Ese cruce entre política energética y política agraria ayuda a entender por qué el debate sobre biomasa, biocombustibles y nuevas materias primas resulta hoy especialmente pertinente para el sector.
Los CIVEs
Es precisamente en esa búsqueda de nuevas opciones y complementariedades donde comienzan a cobrar especial interés otras alternativas vinculadas a la biomasa agrícola. Entre ellas se encuentran los cultivos intermedios con vocación energética (CIVEs) representan una línea de especial interés. Su potencial no debe evaluarse únicamente en términos de producción de biomasa, sino también en función de su capacidad de integración en sistemas agrarios reales, de su compatibilidad con las rotaciones y de su contribución a cadenas logísticas e industriales viables. Este enfoque resulta particularmente relevante en un contexto en el que la eficiencia, la trazabilidad y el cumplimiento normativo son factores determinantes.
En este contexto global, iniciativas como el proyecto Bio4MET adquieren especial relevancia. Impulsado por Vertex Bioenergy y desarrollado por el Instituto Tecnológico Agrario de Castilla y León (ITACyL) y la Universidad de Sevilla, el proyecto se centra en analizar el potencial de distintas materias primas agrícolas para su aprovechamiento energético. Su enfoque permite avanzar en la identificación de soluciones adaptadas a las condiciones locales, integrando herramientas de Agricultura de Precisión para caracterizar la producción de biomasa y optimizar su incorporación en cadenas de valor bioenergéticas.
Algunas de estas herramientas permiten el seguimiento y análisis de los cultivos, combinando series temporales de información satelital, datos multiespectrales obtenidos mediante drones y registros procedentes de sensores y maquinaria agrícola. Este enfoque permite caracterizar la evolución del cultivo en parcela, estimar la producción de biomasa y analizar su potencial energético con un alto nivel de detalle espacial y temporal (Figura 3). A partir de esta información, Bio4MET busca también identificar momentos óptimos de cosecha y generar modelos que faciliten la integración eficiente de los CIVEs en las cadenas de producción de biometano.
La pregunta clave no es solo qué producen, sino cómo encajan
Uno de los aspectos más interesantes de los CIVEs es que desplazan el foco del mero rendimiento hacia su integración real en el sistema de cultivo. La cuestión no es solo cuánta biomasa pueden generar, sino también en qué momento del calendario agrario se implantan, qué recursos requieren, cómo interactúan con el cultivo principal y qué implicaciones tiene su manejo para la explotación.
Ese cambio de perspectiva es importante porque obliga a aterrizar el debate. Hablar de biomasa con destino energético puede sonar prometedor en términos generales, pero su viabilidad depende siempre de condiciones concretas: disponibilidad hídrica, duración del ciclo, compatibilidad con la rotación, acceso a maquinaria, costes de implantación y capacidad de mantener la funcionalidad agronómica del sistema en su conjunto.
Por eso, el interés de los CIVEs no debería medirse solo por su potencial teórico, sino también por su encaje en contextos específicos. Lo relevante no es si representan una alternativa atractiva en abstracto, sino si pueden integrarse de manera razonable en determinadas zonas, explotaciones y estrategias productivas. Esa es, en realidad, una de las grandes preguntas que hacen valiosa su investigación.
A ello se suma una cuestión especialmente importante en la agricultura: toda innovación debe convivir con la realidad de las explotaciones. Y esa realidad está marcada por calendarios ajustados, incertidumbre climática, costes crecientes y decisiones de manejo que no pueden desligarse del contexto productivo. Por eso, analizar el encaje agronómico de los CIVEs no es un aspecto secundario, sino uno de los núcleos fundamentales de su evaluación (Figura 4).
De la parcela a la cadena de valor
Otro aspecto fundamental es que la biomasa no adquiere valor energético por sí sola. Entre el cultivo y el biocombustible existe una cadena de decisiones y procesos que condiciona el resultado final: recolección, conservación, transporte, transformación, certificación y destino industrial.
Esto significa que el análisis de los CIVEs no puede limitarse únicamente a la parcela. Debe extenderse también a la logística, a la proximidad o no de los centros de transformación, a la regularidad del suministro, a los costes asociados y a la capacidad de integrar esa biomasa en cadenas ya existentes o en nuevas estructuras de aprovechamiento.
Es precisamente ahí donde el debate gana profundidad. La pregunta deja de ser solo si se puede producir biomasa, para pasar a ser si esa biomasa puede articularse dentro de una cadena viable, trazable y útil desde el punto de vista energético e industrial. Cuando se observa así, los CIVEs aparecen no solo como una posibilidad agronómica, sino también como una pieza dentro de un sistema más amplio que debe funcionar de forma coordinada.
Agricultura, bioeconomía y territorio: una conversación con recorrido
En definitiva, hablar hoy de biocombustibles es también hablar de la capacidad del sector agrario para abrir nuevas vías de aprovechamiento y participar activamente en retos que van más allá de la producción de alimentos (Figura 5). Ejemplos ya consolidados, como el bioetanol procedente del maíz, y proyectos como Bio4MET, muestran que el campo puede desempeñar un papel relevante en la construcción de soluciones más diversas, más conectadas con el territorio y mejor preparadas para responder a los desafíos del presente.
Pero esa oportunidad solo cobra verdadero sentido cuando se aborda con conocimiento, con un análisis riguroso y con una mirada capaz de integrar producción, sostenibilidad, normativa e innovación. La conversación sobre biocombustibles no debería reducirse a una simple oposición entre a favor y en contra, sino avanzar hacia una pregunta más útil: qué opciones existen, en qué condiciones pueden desarrollarse y cómo pueden contribuir de forma realista a una transición energética más robusta.
Ahí es donde las propuestas como los CIVEs adquieren un interés especial. No porque ofrezcan respuestas automáticas, sino porque ayudan a ampliar el debate, a explorar nuevas posibilidades y a conectar el sector agrario con una transformación ya en marcha. Y, sobre todo, porque recuerdan que el territorio no es solo el lugar donde se toman las decisiones sobre energía, sino también un espacio desde el que pueden construirse soluciones.
Agradecimientos
Los autores agradecen la colaboración y el trabajo desarrollado por las entidades y personas participantes en el proyecto Bio4MET, impulsado por Vertex Bioenergy en colaboración con el Instituto Tecnológico Agrario de Castilla y León (ITACyL- https://www.itacyl.es/) y el grupo de investigación Smart Biosystems Laboratory de la Universidad de Sevilla (https://smartbiosystemlab.com/).
Referencias
European Commission. (2023). Renewable Energy Directive. European Commission.
European Commission. (s. f.). Voluntary schemes for biofuels, bioliquids and biomass fuels. European Commission.
European Commission. (s. f.). Key policy objectives of the CAP 2023–2027. European Commission.
International Energy Agency. (2023). Biofuels. IEA.
International Energy Agency. (2023). Renewables 2023: Transport biofuels. IEA.



























