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La Horticultura en el Arte

'Niños comiendo melón y uvas': miseria y placer

Albert Esteves09/05/2011

9 de mayo de 2011

Dos niños harapientos en una calle de Sevilla devoran con fruición un melón amarillo y racimos de uva. Esta debía ser una estampa cotidiana en la España del Siglo de Oro, un período histórico en el que la crisis económica y la decadencia del Imperio español convivían con el máximo esplendor del arte barroco. Exponente de esa etapa irrepetible de la pintura hispana, fue Bartolomé Esteban Murillo.
Este es uno de sus lienzos más conocidos y de los pocos en que se aleja de la temática religiosa que dominó la mayor parte de su obra. En él se manifiestan algunos de los trazos más significativos del tenebrismo barroco, típico de la escuela sevillana de la que formaron parte otros pintores de renombre, como Zurbarán o Valdés Leal. Vemos el claroscuro magistralmente ejecutado que contrapone el fondo oscuro y difuso a la luminosidad que se proyecta sobre las figuras de los niños y la fruta. Y todo ello representado con un detallado y minucioso realismo, otra de las características propias del barroco español, realzado por una técnica extraordinaria.

Otro aspecto a resaltar es la composición en diagonal, muy común en su época, que en esta obra se desdobla en dos diagonales convergentes, dos ejes imaginarios que enlazan las cabezas de los niños por un lado y por el otro el racimo de uvas y el melón.

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'Niños comiendo melón y uvas' se aleja de la temática religiosa que dominó gran parte de la obra de Esteban Murillo.
Pero más allá de los aspectos técnicos y estilísticos, esta es una obra que nos conmueve por su expresividad. Esos niños andrajosos, con sus vestiduras rotas, con sus pies sucios, sacados de alguna callejuela de Sevilla al final de cualquier verano de mediados del siglo XVII, pícaros y mendigos, lazarillos y buscones que tanto abundaron en la literatura de la época, en este lienzo parecen gozosos y felices. Más que compasión nos inspiran ternura. Les suponemos en algún lugar apartado dando buena cuenta de un botín que intuimos robado de alguna huerta próxima.

Casi podemos sentir con ellos el jugoso mordisco del melón y el dulce estallido de los granos de uva entre los dientes. En este cuadro las frutas no son un elemento secundario sino que adquieren un protagonismo que va más allá de la anécdota. Observen el cesto de uvas. Está pintado con un nivel de detalle que es casi un bodegón en sí mismo, un cuadro dentro del cuadro. Estamos, en suma, ante una de las mejores obras de Murillo y un buen ejemplo del papel de la horticultura en la historia del arte.

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