TECNOLOGÍA

De la ciudad inteligente a la ciudad operativa: el dato no basta

Rosmiman®

13/05/2026
Durante la última década, pocas ideas han captado tanto la imaginación de urbanistas, tecnólogos y gestores públicos como la de la smart city. Sensores distribuidos por cada esquina, plataformas de datos en tiempo real, inteligencia artificial analizando flujos de tráfico, gemelos digitales que replican con precisión quirúrgica cada callejón y cada farola. El relato era atractivo, y las inversiones lo reflejaron: el mercado mundial de ciudades inteligentes alcanzó los 219.000 millones de dólares en 2024 y se espera que supere los 967.000 millones en 2032. Un crecimiento que habla de fe, de apuestas y de enormes expectativas.

Y, sin embargo, conforme los proyectos maduran y los contratos se renuevan, empieza a hacerse visible una incomodidad que el sector prefería no nombrar: la tecnología, por sí sola, no cambia cómo funciona una ciudad.

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El espejismo del dashboard

Hay algo seductor en un panel de control urbano bien diseñado. Mapas de calor que muestran la densidad peatonal hora a hora, gráficas de consumo energético por distrito, alertas en tiempo real sobre la calidad del aire. Son herramientas valiosas, sin duda. Pero existe un abismo entre observar y actuar, entre medir y transformar.

Muchas ciudades ya miden casi todo. El problema es que medir no es lo mismo que intervenir. Entre el dato y el impacto hay un territorio poco visible, menos atractivo para los folletos de feria, pero absolutamente decisivo: la operación cotidiana y el mantenimiento de los activos urbanos.

Una red de alumbrado mal mantenida consume más energía de la que debería. Un sistema de climatización en un edificio público que lleva meses fuera de ajuste infla la demanda energética. Infraestructuras de transporte con un mantenimiento meramente reactivo generan congestión crónica. Equipamientos deteriorados acortan su vida útil y elevan su huella ambiental. Ningún dashboard, por sofisticado que sea, resuelve estos problemas si no está conectado con los sistemas que los gestionan.

La innovación urbana se ha contado durante años desde la capa superior: visualizaciones espectaculares, gemelos digitales tridimensionales, modelos predictivos de última generación. Estas herramientas generan titulares, y algunos de ellos están justificados. Pero tienden a quedarse en la superficie cuando no conectan con lo que realmente mueve una ciudad: órdenes de trabajo, planificación de mantenimiento, gestión de activos físicos, presupuestos, equipos de campo que salen cada mañana a reparar lo que se ha roto. Porque una ciudad funciona en turnos, en contratos, en inspecciones programadas y averías imprevistas, en mantenimientos preventivos que se retrasan y correctivos que llegan tarde. Funciona en una realidad mucho más friccional que la que reflejan los modelos conceptuales presentados en congresos.

El gemelo digital que no sabe qué tiene

El gemelo digital urbano es quizá el término más repetido y, al mismo tiempo, más mal entendido del sector. En muchos casos, se trata de modelos avanzados de visualización tridimensional, útiles para planificación estratégica o comunicación pública, pero desconectados de la gestión real de activos.

Un gemelo digital que no sabe qué activos existen en una ciudad, en qué estado se encuentran, cuándo se revisaron por última vez o qué coste acumulado llevan, es una representación incompleta. Aporta contexto y algo de narrativa, pero no capacidad de decisión. Es una maqueta, no una herramienta operativa.

La experiencia de las administraciones más avanzadas muestra que estos modelos empiezan a generar valor real cuando se integran con sistemas de gestión del mantenimiento y de activos. Cuando el gemelo no solo describe, sino que desencadena acciones concretas: una inspección programada, una orden de trabajo asignada, una priorización presupuestaria fundamentada en datos reales. En ese punto se convierte en palanca de gestión.

Berrone y Ricart, tras una década estudiando tendencias urbanas, concluyen que el futuro de las ciudades dependerá de su capacidad para combinar visión estratégica y flexibilidad operativa. Es la descripción exacta del desafío que enfrentan hoy miles de administraciones locales.

La sostenibilidad empieza por el mantenimiento

Existe otro punto ciego en el discurso de la ciudad inteligente que vale la pena señalar: la sostenibilidad urbana se asocia casi siempre con grandes gestos —restricciones de tráfico, electrificación del transporte público, renovación de parques— pero rara vez con algo tan poco fotogénico como el mantenimiento preventivo de infraestructuras. Y, sin embargo, la relación es directa. Una red de alumbrado público que no recibe mantenimiento adecuado pierde eficiencia progresivamente, consumiendo una energía que ningún panel fotovoltaico puede compensar. Un sistema de saneamiento que opera con fugas no detectadas genera un desperdicio que no aparece en ningún indicador de sostenibilidad. Infraestructuras deterioradas que se sustituyen antes de tiempo suponen un impacto ambiental —materiales, residuos, emisiones de obra— que ninguna política verde puede ignorar.

La sostenibilidad urbana no depende solo de qué infraestructuras se construyen, sino de cómo se mantienen durante décadas. Este es uno de los puntos ciegos más recurrentes del discurso smart: se habla mucho de innovación, poco de conservación; mucho de despliegue, poco de ciclo de vida.

El debate sobre las ciudades inteligentes ha estado dominado por la capa de adquisición de datos: más sensores, más cobertura, más granularidad. Pero la verdadera palanca de cambio está en la capa de actuación: qué se hace con esos datos, quién los recibe, en qué formato y con qué herramientas para convertirlos en decisiones.

Una de las fricciones más comunes en la gestión urbana contemporánea es estructural: las administraciones locales operan con arquitecturas departamentales fragmentadas. El área de medio ambiente analiza datos de contaminación. El área de movilidad gestiona flujos de tráfico. El área de mantenimiento ejecuta órdenes de trabajo con sus propias herramientas, muchas veces heredadas o incluso en papel. Cada una optimiza dentro de su perímetro, sin una visión compartida del activo urbano como sistema.

El resultado es predecible: decisiones que se toman sin contexto, recursos que se duplican, activos que se deterioran porque nadie tiene visibilidad completa de su estado. La ciudad se convierte en un conjunto de partes que no hablan entre sí.

La transición hacia lo que podríamos llamar la ciudad operativa exige romper esos silos. No mediante grandes reorganizaciones teóricas —que suelen naufragar en la política institucional— sino a través de plataformas compartidas donde el estado de los activos, los datos de uso y las decisiones de mantenimiento convivan en el mismo espacio de trabajo. Donde un técnico de campo pueda registrar una incidencia desde su móvil, esa incidencia genere automáticamente una orden de trabajo, y el responsable municipal tenga visibilidad del proceso completo en tiempo real.

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Rosmiman®: la infraestructura silenciosa

En este contexto, el software de gestión del mantenimiento y los activos —históricamente considerado una herramienta interna, poco estratégica y bastante aburrida— empieza a ocupar una posición central en la arquitectura de la ciudad operativa.

Cuando este tipo de plataformas se conectan con datos en tiempo real, sistemas geoespaciales y modelos digitales, dejan de ser simples repositorios de órdenes de trabajo y se convierten en el punto de anclaje entre la estrategia urbana y su ejecución en el territorio.

Aquí es donde Rosmiman® lleva casi tres décadas construyendo una posición diferencial en el mercado español e internacional en software para Facility Management, Smart Cities y gestión de activos y su plataforma cubre precisamente ese territorio poco visible pero decisivo: el que va del dato a la acción.

El software Rosmiman® no se articula desde la capa de visualización —aunque la integra— sino desde la lógica operativa. Su plataforma permite inventariar y gestionar todo tipo de activos municipales: elementos estructurales, equipamientos, servicios, jardinería, mobiliario urbano, pavimentos, instalaciones, redes de saneamiento, alumbrado público, señalización. Todo ello con base en un Sistema de Información Geográfica que permite representar la actividad y las áreas de influencia de cada activo sobre el territorio.

Pero lo que diferencia a Rosmiman® de una solución de visualización convencional es que todo ese inventario está conectado con los procesos reales de gestión: órdenes de trabajo con trazabilidad completa, planes de mantenimiento preventivo basados en normativa técnica actualizada, asignación de tareas a equipos y contratistas, gestión documental legal, control de SLA, analítica para la toma de decisiones. Es, en definitiva, la infraestructura silenciosa que permite que las decisiones se ejecuten de forma coherente y sistemática.

El camino hacia la ciudad es un proceso incremental, y habitualmente empieza por donde menos glamour tiene: el inventario.

Una ciudad que no sabe exactamente qué activos tiene —cuántas farolas, en qué estado, con qué antigüedad, bajo qué contrato de mantenimiento— no puede gestionar bien ninguna de ellas. El inventario fiable es el punto de partida ineludible. A partir de ahí, el mantenimiento puede planificarse con datos reales en lugar de calendarios heredados que nadie ha revisado en años.

El siguiente paso es la analítica: cruzar el estado de los activos con los costes históricos de mantenimiento, los incidentes registrados y los datos de uso para anticipar fallos y priorizar inversiones donde el impacto operativo es mayor. No como ejercicio académico, sino como herramienta de gestión presupuestaria.

Plataformas como Rosmiman® han acumulado la experiencia necesaria para acompañar este proceso en sus distintas etapas. Desde la implantación del inventario inicial hasta la integración con ERPs, sistemas GIS y modelos BIM. Desde la gestión de mantenimiento correctivo hasta los planes de mantenimiento técnico-legal con actualización normativa automática.

El sector de las ciudades inteligentes necesita una conversación más honesta sobre dónde está el valor real. La ciudad del futuro no será la que tenga los sensores más sofisticados ni los paneles de control más vistosos. Será la que haya aprendido a operar con coherencia, a mantener lo que construye y a tomar decisiones basadas en datos que conectan con la realidad física de su territorio.

Una ciudad, en definitiva, que actúa.

El debate sobre las ciudades inteligentes ha estado dominado por la capa de adquisición de datos: más sensores, más cobertura, más granularidad. Pero la verdadera palanca de cambio está en la capa de actuación: qué se hace con esos datos, quién los recibe, en qué formato y con qué herramientas para convertirlos en decisiones

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