OPINIÓN

El impacto prolongado de la crisis en Oriente Medio: riesgos emergentes para el mundo del trabajo

Más allá de su coste humano, la crisis en Oriente Medio está afectando al empleo, los ingresos y las condiciones de trabajo en todo el mundo. Resulta fundamental actuar con rapidez para proteger los mercados laborales, especialmente para los trabajadores vulnerables, las pequeñas empresas y los hogares de bajos ingresos.
Cuando estalla un conflicto, nuestra atención se dirige primero, y con razón, a las consecuencias humanas inmediatas: vidas perdidas, hogares destruidos y personas forzadas a desplazarse. El sufrimiento causado por la guerra actual en Oriente Medio es inmenso. Para muchas familias, la pérdida de un empleo o de ingresos convierte rápidamente la crisis en algo aún más grave: una lucha por poder costear alimentos, alquiler y lo básico de la vida diaria.

La crisis en Oriente Medio ya está generando estas presiones. En los países directamente afectados, las operaciones comerciales, los empleos y los ingresos se ven sometidos a tensiones inmediatas. Pero el impacto no se limitará allí. Los efectos indirectos, especialmente en los países asiáticos, ya se están haciendo visibles a través del aumento de los precios de la energía, el encarecimiento del transporte y los costos de producción, y una presión inflacionaria más amplia.

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Desde finales de febrero, los precios del petróleo y el gas han aumentado, llegando en su punto máximo a más del 50% por encima de su nivel previo a la crisis, junto con incrementos significativos en fertilizantes y otros subproductos del petróleo, lo que subraya la rapidez con que el choque se propaga a través de los combustibles y las cadenas de suministro. Aunque el actual alto el fuego ha reducido ligeramente los precios, estos siguen siendo muy sensibles a los acontecimientos en la región. El análisis de la UNCTAD sugiere que el crecimiento del comercio mundial de mercancías en 2026 podría ralentizarse del 4,7% a entre 1,5 y 2,5%, con posibles efectos considerables sobre el empleo y los ingresos. Aunque los efectos sobre los mercados laborales puedan ser menos dramáticos al principio que en algunas crisis anteriores, si los precios elevados y la interrupción económica se prolongan, el impacto probablemente será más desigual y potencialmente duradero.

Aún es demasiado pronto para elaborar estimaciones firmes, y la OIT está evaluando actualmente los posibles impactos en el mundo del trabajo. Sin embargo, las señales de alerta ya son claras. En los países más directamente afectados, los centros de trabajo están dañados o destruidos, las empresas cierran o operan de manera parcial, los salarios se interrumpen y los trabajadores pierden tanto empleos como ingresos. Las pequeñas empresas son particularmente vulnerables, ya que suelen disponer de menos reservas para absorber interrupciones repentinas. Los servicios públicos se ven sometidos a presión y los mercados laborales frágiles se vuelven aún más frágiles. Los efectos también varían según los sectores. El turismo y los viajes suelen ser de los primeros en verse afectados, especialmente cuando el conflicto, la inseguridad y el aumento de los costos de transporte impactan en la movilidad y la demanda.

Más allá de la línea del frente, los efectos se expanden a través del aumento de los precios de los combustibles y los alimentos, la disminución de la contratación, la inversión demorada, la migración interrumpida y la caída de las remesas. Estas presiones afectan especialmente a los hogares de bajos ingresos, a los trabajadores informales, a los migrantes y a las microempresas. Para muchas familias, incluso una pérdida modesta de ingresos puede significar un endeudamiento mayor, peor nutrición, abandono escolar de los hijos o incorporación a formas de trabajo más inseguras y explotadoras.

Por ello, la crisis genera preocupación no solo por la pérdida de empleos, sino también por la calidad del empleo. A medida que aumentan las presiones, existe un riesgo real de crecimiento de la informalidad, empeoramiento de las condiciones laborales, presión a la baja sobre los salarios, aumento de la pobreza laboral y crecimiento del trabajo infantil, trabajo forzoso y otras estrategias de supervivencia dañinas. Lo que comienza como un choque externo puede dejar cicatrices más profundas al debilitar las condiciones que hacen que el trabajo sea decente, seguro y protegido.

Esto también explica por qué esta crisis puede generar daños más duraderos de lo que parece inicialmente. Crisis anteriores, incluida la de la covid-19, provocaron choques enormes e inmediatos, pero la recuperación comenzó una vez que se levantaron las restricciones y se implementaron medidas de apoyo. La crisis actual, que se suma a una serie de múltiples crisis, puede desarrollarse de manera diferente. Sus efectos pueden manifestarse de forma más gradual, a través de incrementos de precios recurrentes, incertidumbre, inversión más débil, sistemas de migración interrumpidos y presión persistente sobre los ingresos de los hogares.

Sangheon Lee, economista jefe de la OIT
Sangheon Lee, economista jefe de la OIT.
A nivel nacional, muchos gobiernos enfrentan esta crisis con una deuda elevada y un espacio fiscal muy limitado. La crisis también llega en un momento en que la asistencia oficial para el desarrollo está bajo presión y el entorno comercial global se ha vuelto más incierto y fragmentado. Esto dificulta que los gobiernos proporcionen la protección social y el apoyo económico que necesitan los hogares, aumentando el riesgo de que la crisis genere daños más amplios y duraderos.

Por tanto, las respuestas políticas serán muy importantes, pero el margen de maniobra es estrecho. Los gobiernos pueden intentar amortiguar los mayores costos de los combustibles mediante medidas fiscales temporales, mientras que los bancos centrales podrían verse presionados a aumentar las tasas de interés. Esto podría agravar los niveles ya muy altos de deuda pública, mientras que una restricción monetaria excesiva podría transformar una crisis que comienza con alternaciones de precios y suministro en una recesión, con daños duraderos para el empleo y los medios de vida.

Aunque el margen de maniobra política es limitado en muchos países, aún existen medidas que pueden ayudar a reducir la presión sobre los trabajadores y las empresas. Entre ellas se incluyen el apoyo temporal a los ingresos de los hogares afectados, el apoyo salarial y al empleo cuando sea factible, la protección de los sistemas esenciales de prestación de protección social y la asistencia práctica a microempresas que enfrenten interrupciones repentinas. La atención temprana a estos riesgos es fundamental, porque una vez que se pierden empleos, ingresos y capacidad empresarial, la recuperación se vuelve más difícil y desigual.

Este no es solo un problema económico, sino también social y político más amplio. Cuando la guerra destruye empleos decentes, ingresos y empresas viables, también debilita el sentido de seguridad y dignidad que el trabajo puede proporcionar. Y donde el trabajo decente escasea, las tensiones sociales pueden aumentar, dificultando la restauración de la confianza, la estabilidad y, en última instancia, la paz.

Por ello, adoptar un enfoque de ‘esperar y ver’ sería arriesgado. Para cuando los números cambien lo suficiente como para eliminar las dudas, las crisis temporales pueden haberse consolidado en retrocesos duraderos. Es necesario un seguimiento atento a cómo se desarrollan estos riesgos y una intervención oportuna para proteger empleos, ingresos y condiciones de trabajo antes de que los daños se profundicen y sean más difíciles de revertir. Los efectos más duraderos de esta crisis no se verán únicamente en la infraestructura destruida o en la pérdida de producción, sino en mercados laborales que emergen más débiles, más desiguales y más inseguros mucho después de que los titulares de prensa cambien.

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