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Tribuna

La rutina, nuestro mayor riesgo

Carlos Peraita Gómez de Agüero. Director general de Anefhop12/02/2026
La prevención de riesgos laborales es un tema del que se habla mucho, pero sobre el que todavía no hablamos lo suficiente. Cada año, la Semana Europea de la Seguridad y la Salud en el Trabajo nos brinda una oportunidad para reflexionar sobre cómo cuidamos de las personas, pero también nos obliga a mirar de frente una realidad que todavía pesa demasiado: en el sector del hormigón preparado, los accidentes siguen ocurriendo. Y la mayoría no se deben a la falta de medios, sino a algo mucho más difícil de controlar, la rutina.

Durante las últimas décadas, nuestro sector ha avanzado enormemente en materia de prevención. Se han modernizado las plantas, automatizado procesos, reforzado las normas y los esfuerzos en formación. Pero, aun así, los índices de siniestralidad no logran reducirse con la contundencia que todos desearíamos. La causa casi siempre se repite: un descuido, un exceso de confianza, un “solo es un momento” que termina mal. Porque la seguridad no falla cuando falta la norma, sino cuando baja la atención.

Carlos Peraita Gómez de Agüero. Director general de Anefhop
Carlos Peraita Gómez de Agüero. Director general de Anefhop.

La experiencia, que debería ser nuestra mejor aliada, a menudo se convierte en nuestro peor enemigo. En un entorno tan repetitivo como el del hormigón, donde cada jornada parece igual a la anterior, el cuerpo actúa antes que la mente. Los movimientos se automatizan, las comprobaciones se dan por hechas, los procedimientos se acortan. Es lo que ocurre cuando la rutina se impone: dejamos de ver el riesgo porque creemos conocerlo demasiado bien.

Esa confianza mal entendida es uno de los mayores peligros a los que nos enfrentamos. Todos hemos escuchado frases como “esto lo he hecho mil veces”, “solo será un momento” o “nunca ha pasado nada”. Y, sin embargo, todos sabemos que el accidente llega precisamente cuando menos se le espera. No porque alguien haya querido asumir un riesgo, sino porque lo ha olvidado por un instante. En seguridad, un segundo basta.

Lo vemos en las plantas, en los camiones y en las obras. Un operario que sube a limpiar una cuba sin arnés, otro que cruza la zona de carga sin avisar, un conductor que se distrae un momento al maniobrar. No son actos temerarios; son gestos cotidianos, pequeñas concesiones al tiempo o a la comodidad. Pero detrás de ellos está el mismo error, creer que la prevención es un protocolo, y no una actitud.

Y esa actitud debe construirse cada día. La prevención no es un papel ni un curso que se firma; es una manera de entender el trabajo. No se trata solo de cumplir la norma, sino de interiorizarla. De actuar con la misma atención el primer día y el día mil. De recordar, incluso cuando todo parece bajo control, que el riesgo sigue ahí.

Para lograrlo, necesitamos una cultura preventiva real, no solo reglamentaria. Una cultura que empiece en la dirección y llegue hasta el último trabajador. Porque la seguridad no se impone: se contagia. Se transmite con el ejemplo, con la coherencia y con la constancia. Cuando un encargado revisa los equipos con rigor, cuando un responsable detiene una tarea porque detecta una anomalía, o cuando un compañero avisa sin miedo ante un descuido, se está construyendo una empresa más segura.

Cada gesto cuenta. Cada decisión, cada conversación. La prevención empieza con una mirada atenta y con el coraje de actuar, incluso cuando resulta incómodo. Porque no hay nada más peligroso que el silencio ante una práctica insegura. A veces, corregir a un compañero es un acto de respeto; evitar un accidente es siempre un acto de compañerismo.

Los directivos y mandos intermedios tenemos una responsabilidad especial, y es liderar con el ejemplo. Esto significa demostrar que la seguridad no es negociable, aunque cueste tiempo o dinero. Significa escuchar, acompañar y estar presentes. La verdadera cultura preventiva no se mide en indicadores, sino en la tranquilidad con la que una persona se pone el casco, revisa una cuba o enciende un camión. Si quienes dirigen muestran compromiso, el resto del equipo lo asumirá como propio. Si, por el contrario, se transmite prisa o indiferencia, también se asumirá como propio.

La formación es otra pieza clave. Pero no puede limitarse a cumplir un requisito. La experiencia nos demuestra que los cursos teóricos, por sí solos, no cambian comportamientos. Lo que transforma la actitud es la conciencia. Necesitamos formaciones más prácticas, más cercanas, más centradas en el “por qué” que en el “cómo”. Debemos hablar de lo que ocurre realmente, de los errores comunes, de los incidentes que no salen en los informes, pero que pudieron haber terminado mal. Enseñar prevención es enseñar respeto por uno mismo, por el compañero y por el trabajo que se realiza.

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La tecnología también tiene mucho que aportar. Los sistemas de control, los sensores de proximidad, los dispositivos de bloqueo o los registros digitales ayudan a reducir los riesgos y a detectar comportamientos inseguros. Pero ningún avance técnico sustituirá nunca la atención humana. Un sensor puede alertar, pero quien decide parar es siempre una persona. La mejor herramienta preventiva sigue siendo la cabeza, una mente concentrada, un equipo coordinado y una organización que escucha.

Hablar de seguridad es, en realidad, hablar de personas. De quienes cada día mezclan, transportan y vierten el hormigón, bajo condiciones exigentes y con plazos ajustados. De quienes hacen posible que nuestras infraestructuras existan. También de las familias que esperan en casa, confiando en que todo saldrá bien. Detrás de cada estadística hay una historia, y detrás de cada accidente, una vida que cambia. Recordarlo es, quizá, la forma más sencilla de no olvidarnos de lo esencial.

Reducir la siniestralidad en el sector del hormigón no será fácil. No existe una fórmula mágica ni una norma nueva que lo resuelva. Es un trabajo diario, silencioso, hecho de hábitos, actitudes y valores. De reconocer errores, de aprender de ellos y de no conformarnos. Cada accidente evitado es una victoria que no se celebra, pero que vale más que cualquier récord de producción.

En Anefhop, seguiremos insistiendo en la idea de que la seguridad no es una obligación, sino que es una responsabilidad moral. No basta con hablar de sostenibilidad si no empezamos por proteger a quienes sostienen el sector con su esfuerzo. No basta con innovar si no somos capaces de cuidar. La seguridad es el primer paso de la sostenibilidad social; porque, sin ella, ningún progreso tiene sentido.

La rutina forma parte de nuestro trabajo, pero no debe dominarlo. Si aprendemos a mirarla con respeto, a no confiarnos, a mantener la atención viva, podremos convertirla en una aliada. Porque la verdadera seguridad no consiste en eliminar el riesgo, sino en no olvidarlo nunca.

Cada jornada que termina sin un accidente es una prueba de que estamos haciendo algo bien. No es casualidad, es cultura. Y construir esa cultura es la tarea más importante que tenemos por delante.

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