Las variedades de uva tinta minoritarias, claves para adaptar el viñedo al cambio climático
Varias variedades tradicionales de uva tinta cultivadas históricamente en Castilla y León pueden convertirse en una herramienta clave para que el sector vitivinícola afronte los efectos del cambio climático. Aportan diversidad, equilibrio y nuevas posibilidades enológicas, según un estudio científico publicado en la revista Horticulturae.
La investigación, realizada por un equipo del Instituto Tecnológico Agrario de Castilla y León (ITACyL) y consultada por EFE, ha analizado durante varios años el comportamiento agronómico y el potencial enológico de nueve variedades tintas autóctonas españolas poco extendidas. El trabajo se enmarca en un contexto de aumento de las temperaturas, adelanto de la maduración y pérdida de acidez, fenómenos cada vez más frecuentes en los viñedos.
El estudio evalúa las variedades Bruñal, Mandón, Gajo Arroba y Tinto Jeromo (Arribes); Cenicienta, Puesto Mayor y Mouraz (Valladolid y áreas próximas); Estaladiña (Bierzo) y Negro Saurí (Tierra de Campos), tanto en su desarrollo en el viñedo como en la composición de uvas y vinos elaborados en dos añadas recientes.
Las conclusiones indican que la mayoría de estas variedades producen vinos de buena calidad, con perfiles diferenciados, y muestran una elevada adaptación a las condiciones locales en las que históricamente se han cultivado. Esta adaptación resulta especialmente valiosa ante la previsión de episodios más frecuentes de calor, sequía y desajustes en la maduración.
Desde el punto de vista agronómico, el estudio subraya la diversidad de comportamientos en vigor, productividad y momento de maduración, lo que permite escalonar vendimias y reducir riesgos asociados a olas de calor. En este sentido, Estaladiña destaca por su alta productividad y buena acidez, mientras que Bruñal o Tinto Jeromo presentan rendimientos más contenidos pero equilibrados.
En el ámbito enológico, los vinos muestran perfiles muy diferenciados. Bruñal, Cenicienta y Tinto Jeromo presentan altos niveles de polifenoles y taninos, asociados a vinos estructurados con buena capacidad de envejecimiento en barrica. Estaladiña comparte estas características, junto a su elevada productividad, lo que la sitúa como una opción interesante para vinos de guarda.
Por el contrario, Mouraz y Negro Saurí generan vinos con menor intensidad de color y contenido en antocianos, adecuados para la elaboración de rosados o vinos jóvenes. Gajo Arroba y Mandón, por su parte, destacan por su elevada acidez total incluso en condiciones de maduración avanzada, lo que abre la puerta a su uso en coupages para corregir desequilibrios habituales en vendimias cálidas.
Uno de los principales hallazgos es que la variedad es el factor que más influye en la composición fenólica de uvas y vinos, por encima de la añada, lo que refuerza la importancia del material vegetal como estrategia de adaptación al cambio climático.
Los autores concluyen que recuperar y valorizar variedades minoritarias no solo amplía el patrimonio vitícola, sino que contribuye a una mayor resiliencia del sector, al diversificar estilos, perfiles sensoriales y opciones de manejo en viñedo y bodega. No obstante, advierten de que los resultados deben interpretarse en el contexto específico de cada territorio.




























