La agricultura vertical ahorra hasta un 95% de agua para abastecer a las ciudades
La escasez de recursos que afronta la agricultura convencional encuentra en la automatización vertical una respuesta con cifras contundentes para el entorno urbano. Clotet señala que, en cultivos de hoja verde, los más habituales en estos sistemas, nos movemos en rangos de ahorro de agua que van del 80% al 95% respecto a la producción tradicional, una cifra respaldada, según el experto, por la literatura científica y por organismos como la FAO y las Naciones Unidas.
“En estudios científicos sobre la lechuga, se han reportado consumos cercanos a los 20 litros por kilo en sistemas hidropónicos frente a unos 250 litros por kilo en la producción convencional, lo que equivale a un ahorro superior al 90%”, detalla Clotet.
El aprovechamiento del espacio en la ciudad no se mide solo en superficie horizontal, sino en volumen; los rendimientos por metro cuadrado en sistemas hidropónicos de lechuga llegan a ser entre 10 y 11 veces superiores, y la eficiencia global en el uso de tierra y agua puede situarse entre 38 y 60 veces por encima de la producción en campo abierto, lo que permite cosechas más rápidas, estables y frecuentes durante todo el año en el entorno urbano.
La escasez de recursos que afronta la agricultura convencional encuentra en la automatización vertical una respuesta con cifras contundentes para el entorno urbano. Foto: martius.
Un complemento estratégico para la resiliencia de las ciudades
Clotet defiende que estos ecosistemas tecnológicos actúan como un “complemento estratégico indispensable” para garantizar el suministro urbano, sin sustituir a la agricultura tradicional. El experto de VIU dibuja un mapa en el que las granjas verticales conviven con el campo abierto, aportando a las ciudades productos frescos de ciclo corto y alto valor en los momentos de mayor tensión hídrica o logística.
A esa vulnerabilidad se suman, según recogen las advertencias de la FAO citadas por Clotet, los riesgos que afrontan las cadenas tradicionales ante conflictos internacionales, como las disrupciones en el estrecho de Ormuz, que afectan simultáneamente a la energía y a la producción de fertilizantes que dependen las ciudades para su abastecimiento.
La tecnología, en segundo plano frente al reto hídrico
Detrás de este ahorro de agua opera una capa de inteligencia artificial e internet de las cosas que vigila parámetros como el pH, la conductividad eléctrica, la humedad o el CO2. Esta monitorización permite anticipar el estrés de un cultivo entre uno y cinco días antes de que sea visible, con un 94% de precisión, según los estudios que cita Clotet; los modelos de diagnóstico mediante aplicaciones móviles alcanzan, en condiciones reales, una precisión de entre el 92,8% y el 98%.
“Más que decir que el software sustituye al agricultor, diría que amplía su capacidad de observación”, aclara el docente de VIU.
Ese mismo control tecnológico introduce, no obstante, una dependencia eléctrica para la iluminación y la climatización que expone al sector, y por extensión al abastecimiento de las ciudades, al precio de la luz; los costes operativos por kilo de lechuga varían de forma notable según la geografía, desde los 0,85 euros en Estocolmo hasta los 1,35 euros en Nápoles y los 1,75 euros en Riad.
Esta transformación redefine también el perfil profesional de quienes gestionan estas infraestructuras urbanas: la informática y la ciencia de datos se integran en la denominada ‘e-Agriculture’, línea que impulsa la FAO para fortalecer las cadenas de valor que abastecen a las ciudades. “El rol del ingeniero informático ya no se limita a desarrollar software desde una oficina”, concluye Clotet; “ahora diseña sistemas complejos que integran sensores, IA, visión artificial y ciberseguridad para resolver problemas críticos del mundo real: ahorrar agua, optimizar fertilizantes y garantizar alimentos de calidad”.













