FIMA 2026 rompió los pronósticos
Organizar una feria de la dimensión de FIMA es de una complejidad extrema. Por cuestiones logísticas, comerciales, sectoriales, coyunturales... y también por el hecho de tratarse de un certamen histórico, bandera no solo de Zaragoza y su institución ferial, sino de la propia comunidad aragonesa. Y, si me apuran, incluso del conjunto del sector agrícola nacional, más allá del subsector de la maquinaria agrícola.
Diferentes factores ya conocidos y analizados han hecho que FIMA perdiera protagonismo en las anteriores ediciones celebradas durante esta década. En este 2026, además, llegaba en un contexto complejo, incluso incómodo, marcado por las protestas de los agricultores -el día 11 se convocó una importante manifestación en Madrid- y por el tren de borrascas que trajo en jaque a muchos territorios, especialmente en la mitad sur peninsular. Con este escenario, sacar adelante una cita de esta magnitud exige algo más que experiencia: exige oficio.
La respuesta de las empresas se conocía de antemano con unos 600 expositores directos, más de 1.200 marcas y nueve pabellones que ocuparon cerca de 90.000 metros cuadrados de superficie. La gran duda era la asistencia, no solo desde el punto de vista cuantitativo, sino sobre todo cualitativo.
Ya son muchas las firmas participantes en este tipo de eventos que se decantan por un visitante netamente profesional. Y esto se logró prácticamente desde la primera jornada, cuando el rey Felipe VI volvió a mostrar su apoyo al sector con su presencia en la inauguración de esta 44ª edición de FIMA.
FIMA consigue reunir en sus pasillos a grupos de visitantes de varias generaciones familiares.
Especialmente martes, miércoles y jueves fueron tres grandes días de feria para los expositores. El viernes fue el punto de inflexión y a medida que avanzaban las horas podía observarse que el perfil de visitante giraba hacia el pequeño agricultor, en muchos casos jubilado, acompañado de la familia que aprovecha la feria como argumento de fin de semana para visita a Zaragoza. Y es que FIMA también tiene ese otro componente socioeconómico para la ciudad y su entorno.
FIMA sale reforzada con cifras, con sensaciones y, sobre todo, con credibilidad. Todo es siempre mejorable, pero la organización ha hecho un gran trabajo. La planificación fue precisa, la logística funcionó y la feria mantuvo el pulso desde el primer día hasta el último.
Se habló de eficiencia, de digitalización -gran estreno de FIMA Tech-, de sostenibilidad entendida con los pies en la tierra, de talento... Se concedió protagonismo a la juventud, pero ojo porque los jóvenes del sector no son únicamente aquellos con muchos segidores en sus redes sociales. También llegaron desde escuelas de formación procedentes de puntos lejanos de la geografía española.
Todo este ecosistema es FIMA. Una FIMA que en este 2026 no solo resistió a las dudas que flotan sobre este tipo de eventos, sino que avanzó y demostró que sigue siendo una feria útil, reconocible y alineada con las necesidades reales de la maquinaria agrícola y del agro español e internacional. No era fácil. Por eso el resultado tiene más valor.





































