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España es un país que por su localización geográfica, clima y usos del agua, siempre ha tenido problemas con los recursos hídricos

El problema del agua no tiene una solución, tiene muchas

Elena Fernández García, de Grupo Ferrovial17/09/2009

17 de septiembre de 2009

El problema del agua, tal y como llamamos al conjunto de problemas relacionados con este recurso como su escasez, calidad, distribución irregular y otros, ha de combatirse con un conjunto de soluciones. Entre ellas están incluidas medidas de gestión de la oferta (obtener agua dulce mediante desalación, trasladar la disponibilidad del recurso de una zona geográfica a otra mediante trasvases…) y de gestión de la demanda (medidas de ahorro, reutilización, eficiencia, disuasorias del consumo, adecuación de calidad al uso…). No podemos centrarnos en medidas de un solo tipo, porque no serían efectivas.
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Cantidad y calidad de agua disponible, factores a valorar. Foto: Johnny Waterman.
España es un país que por su localización geográfica, clima y usos del agua, tiene problemas con este recurso. La creciente escasez de agua hace que cada vez  sea más necesaria una correcta gestión, adecuada a su situación. El clima que tenemos determina la variabilidad en el espacio y en el tiempo de la disponibilidad del recurso. Por lo tanto, uno de los principales problemas con que nos enfrentamos es el de la sequía. La situación en que el agua disponible no es suficiente para satisfacer las necesidades de plantas, animales y humanos, tiene importantes consecuencias negativas en los ecosistemas y en diferentes sectores económicos. Esta situación, que se produce de forma cíclica año tras año y en distinta medida en diversas zonas, se está agravando con el cambio climático y requiere medidas eficaces. Otro problema es el de la contaminación de las aguas, que reduce la disponibilidad de agua de calidad y la capacidad regenerativa de la naturaleza. Los vertidos de contaminantes a masas de agua o la contaminación de los acuíferos son algunas de las causas de que menos agua de la existente, esté disponible para su uso. Con esto, se llega a la conclusión de que no sólo es importante la cantidad de agua disponible, sino también su calidad.

Gestionar la oferta y la demanda de agua

Nuestro modelo de desarrollo hace que cada vez demandemos más agua. El crecimiento rápido de la población, el aumento de la agricultura de regadío, el fuerte y a veces descontrolado desarrollo urbanístico y la falta de eficiencia (las pérdidas en las redes de distribución se estiman en un 20% del total) aumentan la demanda del escaso recurso. ¿Es suficiente gestionar la cantidad y calidad del agua disponible? ¿Es lógico pensar que si la demanda aumenta, será posible satisfacerla con un recurso que sabemos es limitado y escaso? Lo más razonable es tratar de aumentar la disponibilidad de recursos, haciendo simultáneamente que la demanda se ajuste lo máximo posible a la cantidad mínima necesaria. Es decir, gestionar la oferta y la demanda. Aumentando un factor de la ecuación y disminuyendo el otro, lograremos estar más cerca de satisfacer todas las necesidades.

Una adecuada gestión implica una planificación a corto, medio y largo plazo de medidas a llevar a cabo. Ha de estar alejada de presiones políticas y sociales y ser flexible, para que permita tomar decisiones en el marco de incertidumbre en que nos movemos. La Ley de Aguas de 1985 supuso un importante impulso para la planificación de recursos hídricos, pero no ha sido suficiente para cumplir con los enfoques y objetivos de la nueva Directiva Marco del Agua del año 2000. Esta nueva normativa hace que nuestro modelo de gestión deba tener más en cuenta los ecosistemas, la demanda y la participación ciudadana. La planificación en materia de agua, debe incluir entre otras muchas, medidas como: la integración de la política del agua en todos los sectores y a todos los niveles; la mejora de la eficiencia y medidas de ahorro; la reconversión del regadío; la generación de recursos mediante nuevas tecnologías, la captación, drenaje y gestión de aguas pluviales, así como programas de formación e información. También se debe condicionar el desarrollo urbanístico a la disponibilidad de agua; aplicar el principio de recuperación de costes y extender el uso de la regeneración y reutilización de la misma.

Nuestro modelo de desarrollo hace que cada vez demandemos más agua. Lo más razonable es tratar de aumentar la disponibilidad de recursos, haciendo simultáneamente que la demanda se ajuste lo máximo posible a la cantidad mínima necesaria. Es decir, gestionar la oferta y la demanda
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Cada vez necesitamos más agua, por lo que se debe gestionar oferta y demanda. Foto: Anthony Thomas.
Si nos preguntáramos cuál es la solución al problema del agua, la respuesta no sería simple. No consistiría en el desarrollo de una tecnología determinada, o en un tipo de medidas. Sino que sería la conjunción de muchas de ellas. Como en temas de energía, se dice que la solución es un 'mix energético', en materia de agua pasa lo mismo. La solución es que haya varias soluciones. Una de ellas en solitario no sería eficaz, pero todas juntas sí.

La agricultura absorbe el 82% del consumo de agua

A medio y largo plazo, resulta imprescindible garantizar que el agua demandada es la que se necesita, es decir, ajustar lo máximo posible la demanda a la necesidad, sin que derroches y malos hábitos hagan que ambos factores se distancien. Para ello hay que modificar tendencias y gestionar la demanda.

En la actualidad, el 82% del consumo de agua corre a cargo de la agricultura, aproximadamente un 10% de los hogares y el resto de los demás sectores económicos. Parece lógico que uno de los puntos claves a gestionar, es la que demanda el sector agrícola. Algunas técnicas de las utilizadas actualmente, son grandes consumidoras de agua y se podrían sustituir. Los cultivos de regadío (por ejemplo el tomate) abundan en algunas zonas de nuestro país, muchas de ellas con problemas de escasez de agua, de la que consumen grandes cantidades. Estos cultivos se podrían sustituir por otros de secano, como los cereales, las legumbres o algunos frutales, que requieren mucha menos agua. En este caso, las necesidades del cultivo se adecúan más al clima y a la disponibilidad de agua. Adecuar nuestras actuaciones a los recursos de los que disponemos es una de las prioridades que deben guiar nuestras actividades. Todo esto siempre, siendo conscientes de nuestras necesidades. Hay usos del agua que no pueden limitarse ni ser sustituidos. No sólo se disminuiría el consumo de este líquido por parte del sector agrario, sino que también se modernizarían las técnicas de regadío.

En la actualidad, el 82% del consumo de agua corre a cargo de la agricultura, aproximadamente un 10% de los hogares y el resto de los demás sectores económicos. Los cultivos de regadío se podrían sustituir por otros de secano que requieren mucha menos agua
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Cultivos de secano, como los cereales, precisan menos agua. Foto: George Bosela.
La industria consume agua, pero como hemos visto, en una proporción mucho menor que la agricultura. Aunque por ello no hay que rechazar oportunidades de ahorro, la industria es responsable sobre todo del problema de la contaminación. Los vertidos han de ser controlados y se deben ajustar a unos valores límites de concentraciones de productos que la naturaleza, como receptora de esa agua, pueda regenerar. El sector turístico, no demanda grandes cantidades de agua, pero plantea un reto, debido a la estacionalidad de la demanda. En unas determinadas fechas, algunas zonas, sobre todo del litoral, demandan tales cantidades de agua, que exigen el sobredimensionamiento de las redes de distribución y depuración. En los hogares, se consume el 10% de la cantidad total de agua consumida en nuestro país. Aunque la proporción sea pequeña, el ahorro sería importante ya no sólo por la cantidad de este líquido que dejaría de ser demandado y consumido, sino porque si nosotros en nuestras casas hacemos un esfuerzo por ahorrar, probablemente trasladaríamos esa actitud en forma de exigencia al resto de sectores. Exigiríamos a las administraciones que gestionaran eficazmente y legislaran para que las distintas actividades económicas fueran igual de eficaces. Para esto, es fundamental la información de los ciudadanos y el fomento de su participación activa, que se traduciría en una mayor conciencia sobre el problema del agua y una mayor cooperación.

La industria es responsable sobre todo del problema de la contaminación. Los vertidos han de ser controlados y ajustarse a unos valores límites de concentraciones de productos que la naturaleza, como receptora de esa agua, pueda regenerar

Como ya se ha dicho con anterioridad, tan importante es la cantidad de agua disponible, como la calidad. Tratando de gestionar la demanda, no se puede olvidar la adecuación de la calidad al uso. Para cada uso se ha de utilizar el agua con la calidad apropiada. Respecto al consumo humano el agua tiene que cumplir unos requisitos mínimos de calidad, pero para determinados usos como el baldeo de calles, su calidad puede ser mucho menor. Es conveniente reservar la de mayor calidad para los usos que así lo exijan, y no desaprovecharla en aquellos que puedan llevarse a cabo con agua de menor calidad. Relacionado con ello, está la reutilización de aguas de la que se hablará en la gestión de la oferta.

Dentro de la gestión de la demanda, las políticas que se desarrollen en materia de agua, tienen un papel fundamental. Es necesario desarrollar políticas que disuadan a los ciudadanos de consumirla  y fomenten y premien el ahorro. En primer lugar cabe destacar la importancia de una estrecha colaboración entre políticas sectoriales y diferentes administraciones. Los procesos y dinámicas que determinan los usos del agua superan el ámbito de cualquier política o norma, incluso el de la planificación hidrológica tradicional.

Políticas actualizadas

En España, la legislación relativa al agua, sus usos y limitaciones, es cada vez más abundante, restrictiva y exigente. Una gestión sostenible de la misma exige que esa normativa se cumpla. Hay que poner a disposición de las administraciones, herramientas que garanticen el cumplimiento de la legislación. No se puede permitir que una gestión no sostenible resulte más rentable porque las sanciones sean menos costosas que hacer las cosas como establece la ley.

Las políticas han de estar actualizadas. Las políticas tarifarias o concesionales, por ejemplo, no pueden quedarse obsoletas, porque entonces dejan de ser eficaces. La información en la que se basan se debe actualizar al ritmo en que los hábitos de consumo cambian. Las políticas tarifarias que acaban de ser mencionadas, son una herramienta muy útil para modificar los consumos, dentro de unos límites. La tarificación por tramos penaliza los consumos más altos e incentiva el ahorro. Las estructuras tarifarias han de ser sencillas, fácilmente aplicables y comprensibles y los usuarios deben estar informados sobre ellas, para que sean eficaces. Las tarifas se han de ajustar a los patrones reales de consumo. Como decíamos antes, no pueden hacer referencia a unos patrones que ya no son reales. Variables como el consumo medio por hogar varían significativamente con el tiempo. Se ha de introducir en las tarifas el principio de recuperación de costes, que implica que las tarifas reflejen el coste real de los servicios que se dan a los usuarios. Estudios del Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino, arrojan cifras de recuperación de costes de entre el 57% y el 95% para servicios urbanos y entre el 85% y el 99% en servicios de agua de riego. En los costes de los servicios del agua, se han de incluir además los costes de mitigación de la contaminación. Es fundamental que los usuarios estén informados sobre su consumo y lo que pagan por él. Si esto no es así, hay un problema de percepción, y cualquier modificación en las tarifas será mal recibido por estos. Estudios de opinión muestran que los usuarios estarían dispuestos a pagar más cuando el aumento de precio se asocie a una mejora de calidad de los servicios recibidos. Esto ocurre sobre todo en usuarios que alguna vez han tenido problemas de suministro y de calidad de agua. Son los más dispuestos a pagar más por un servicio mejor.

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Los usuarios deben recibir información acerca de su consumo de agua y lo que pagan por el mismo. Foto: Matt Dunn.
Las tarifas se deben ajustar a los patrones reales de consumo. No pueden hacer referencia a unos patrones que ya no son reales. Variables como el consumo medio por hogar varían significativamente con el tiempo. Se ha de introducir en las tarifas el principio de recuperación de costes, que implica que reflejen el coste real de los servicios que se dan a los usuarios

Tecnologías para obtener agua

Una vez se ha tratado de reducir la demanda de agua, mediante medidas de ahorro y eficiencia, información y políticas adecuadas, queda la otra parte, igual de importante, que es conseguir el agua para satisfacer esas necesidades para las que se demanda. Cuando hablamos de gestión de la oferta, nos referimos a métodos o tecnologías para conseguir agua para su posterior utilización. Esta oferta ha de igualarse a la demanda para que todas las necesidades sean cubiertas.

El agua dulce está disponible en la naturaleza en masas de este líquido cuya calidad hace necesario su tratamiento para la mayoría de los usos. Este tratamiento es más o menos exhaustivo según el uso. Después de su utilización el agua se trata de nuevo antes de ser vertida. Este es el funcionamiento tradicional: tomamos el agua, la tratamos, la utilizamos, la tratamos y la vertemos. Según ha ido aumentando su demanda, han surgido variaciones en este funcionamiento, sobre todo en el origen del agua que posteriormente utilizamos. Ya no sólo se obtiene de la naturaleza en forma de agua dulce, sino que se obtiene en forma salada, de otras cuencas mediante trasvases, o de aguas ya utilizadas. Por lo tanto, ente los métodos para obtenerla destacan: la desalación, los trasvases y la reutilización.

Si hablamos de reutilización, es fundamental recordar el concepto de adecuación al uso. El agua ha de tener una calidad determinada para el uso que se le va a dar. Por lo tanto, al partir de aguas que ya hayan sido utilizadas, el tratamiento que se le dé depende de la calidad de la que partamos y de la que deseemos lograr. El agua reutilizada es muy útil para usos (establecidos por la legislación) que no requieran una elevada calidad, como por ejemplo el baldeo de calles, el lavado de coches... El principal problema que tiene este método es que requiere complejas redes de transporte y en algunos casos, complicados y costosos tratamientos. Esto eleva mucho su coste. La escasez de recursos convencionales y la necesidad de garantizar el suministro pueden servir de incentivo para que el sector industrial haga importantes inversiones en este aspecto. Además, hay usos para los que el tratamiento de las aguas residuales no sería rentable. En ese caso, habría que optar por otro método.

Los trasvases, medida muy discutida en los últimos tiempos, son una herramienta relativamente ineficaz por la falta de fiabilidad, de flexibilidad para adaptarse a situaciones cambiantes y de modularidad. Son una manera de trasladar la demanda, lo que puede ser una solución adecuada en situaciones muy determinadas. La inversión en infraestructuras es enorme e implica complicados acuerdos entre distintas regiones.

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La reutilización del agua es otra de las alternativas al excesivo consumo de este recurso. Foto: Keran Mc Kenzie.

Al partir de aguas ya utilizadas, el tratamiento que se les de depende de la calidad de la que partamos y de la que deseemos lograr. El agua reutilizada es muy útil para usos que no requieran una elevada calidad. El principal problema de este método son las complejas redes de transporte y en algunos casos, los complicados y costosos tratamientos

España, potencia mundial en desalación de aguas

La desalación es otra de las posibles soluciones que puede jugar un papel clave para garantizar el suministro y calidad del agua para consumo urbano. El agua obtenida se puede utilizar para usos que por razones higiénicas no se le pueden dar a las aguas reutilizadas. Para que sea una solución rentable se ha de conseguir una mayor eficiencia energética y conviene incorporar energías renovables en las instalaciones. Esta tecnología consiste en la separación de las sales contenidas en el agua. Como agua de origen, se puede utilizar la de mar o salobre, y mediante diferentes técnicas se obtiene agua dulce. Las distintas técnicas de desalación son: destilación (térmica, por compresión de vapor y solar), congelación y procesos de membranas (ósmosis inversa y electrodiálisis). En la actualidad hay unas 900 plantas desaladoras en España (la mayoría de ósmosis inversa) con una capacidad instalada de más de 2 millones de m3 diarios. Diversos estudios prevén un importante aumento en los próximos años. Los dos principales problemas de la desalación son los costes, muy elevados por el consumo energético, y el impacto, derivado sobre todo del vertido de las aguas residuales y el proceso de captación de aguas. En los últimos años, se ha conseguido reducir el consumo de energía y por lo tanto los costes por m3 de agua producido. Además este elevado consumo se podría compensar en cierta medida con el uso de energías renovables. El sol y el viento son abundantes en las zonas de costa que necesitan agua. El problema del vertido de aguas residuales es más complicado, ya que tienen un alto contenido en sales y diversas sustancias químicas como metales pesados, fosfatos, ácidos grasos, ácido sulfúrico… distinta temperatura y pH que las aguas donde se vierten. Todo esto supone una amenaza para la biodiversidad marina. Contar con un agua de origen de buena calidad haría que el tratamiento requiriera menos productos químicos, y por tanto las aguas residuales estarían menos contaminadas. Además, las desaladoras se deberían localizar cerca de zonas marinas con pocas comunidades bentónicas y con hidrodinámica alta que favorezca la dispersión del vertido. Algunos estudios han probado que esta agua no es apropiada para determinados usos, como para el riego de determinados cultivos. Por ejemplo los cítricos son muy sensibles a los minerales que contiene el agua desalada. Es fundamental investigar sobre la adecuación de este tipo de agua a sus posibles usos.

En la actualidad, España es una de las potencias mundiales en desalación. Según la Asociación Española de Desalación y Reutilización, es el cuarto país del mundo en producción de agua desalada. Se calcula que unos dos o tres millones de personas consumen agua desalada en nuestro país.

Según la Asociación Española de Desalación y Reutilización, España es el cuarto país del mundo en producción de agua desalada. Se calcula que unos dos o tres millones de personas consumen agua desalada en nuestro país
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La desalación también garantiza el suministro de agua para consumo urbano.

Prioridades en la elección de medidas

A la hora de elegir las medidas a adoptar, es importante respetar un orden de prioridades y tener en cuenta una serie de consideraciones. De cada medida hay que analizar su rentabilidad, eficacia, impactos ambientales potenciales, y la medida que contribuye a solucionar el problema del agua en el ámbito que le corresponda. Con relación a los impactos ambientales, existen herramientas muy útiles, como las evaluaciones de impacto en la sostenibilidad, que sirven para asegurarse de que no existe contradicción entre la misma y la medida en cuestión. Además de tener en cuenta lo anterior, se ha de considerar un orden de prioridades. En primer lugar, se deberían tomar medidas relativas a las infraestructuras y los medios necesarios para un correcto abastecimiento y saneamiento del agua. Los porcentajes de pérdidas en las redes de distribución son suficientemente elevados como para que reducirlos sea una prioridad. La eficiencia de las infraestructuras es el primer paso para después gestionar la demanda. La segunda prioridad debería ser elaborar políticas adecuadas que disuadan a los consumidores, tanto grandes como pequeños, de consumir en exceso y premien el ahorro. Por último, pero no por ello menos importante, está la concienciación de los consumidores. Para gestionar la demanda, además de las políticas, se deben desarrollar programas de formación, información y participación, para que los consumidores sean conscientes de lo que consumen y de las consecuencias que tiene su consumo y ahorro.

En definitiva, el problema del agua no tiene una solución, tiene muchas. Como los medios para llevarlas a cabo son limitados, es necesario planificar las medidas a desarrollar. Esa planificación es el resultado de la toma de decisiones sobre qué, cómo y cuándo actuar. Las medidas en conjunto pueden ser eficaces, y en el futuro el problema del agua puede ser cada vez un problema más pequeño y quién sabe si algún día deje de serlo.

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