Vivir y dejar vivir

01/07/2002
Las empresas cada vez saben más. Lo decía hace poco el responsable técnico de un conocido fabricante de máquinas y es un comentario que se puede escuchar con una frecuencia creciente en el sector del metal. No es difícil imaginar la veracidad de esta afirmación en un entorno económico en el que la agresividad comercial y la obligación de las ventas exigen de todos un conocimiento profundo de sus respectivos campos de actuación. Entender es importante, muy importante. Conocer lo que se necesita también es un paso que no por obvio deja de tener sus dificultades y es por ello que las empresas se lo piensan mucho a la hora de realizar una inversión. Es aquí donde la labor de los fabricantes de máquinas entra en juego, presentado sus equipos sin doblez, ajustándose al mismo tiempo a lo que su cliente quiere. Las personalizaciones de equipos están siendo ya muy numerosas y los constructores cuentan con esta particularidad a la hora de realizar sus previsiones, intentando la máxima modularidad a la hora de construir. El objetivo de poder vender una máquina pasa por el convencimiento de un cliente muy preparado y con muchas fuentes de información.
Sin embargo, la tiranía del cliente es también una moda que, si bien afecta a unos u otros en diferente medida en función de en qué lado de la barrera se encuentren, puede redundar en unos hábitos poco recomendables. Todos vendemos y todos compramos, de tal suerte que si hoy apretamos a nuestro proveedor con condiciones poco razonables, deberíamos al menos pensar que mañana a nosotros nos puede pasar lo mismo con nuestros propios clientes. El del automóvil es tal vez uno de los máximos exponentes de esta situación, haciéndose fuerte en su condición de gran absorbedor de pedidos. El desear todo con mayor calidad, mejores plazos y a menor precio forma parte del sueño de todos, pero la exigencia constante, año tras año, de este tipo de condiciones con el irracional, y con frecuencia tácito, ‘o lo tomas o lo dejas’ por delante, está llevando a una calidad de vida decreciente.
Ante todo somos seres humanos que vivimos, tenemos nuestras inquietudes y trabajamos en empresas que luchan por permanecer. En el momento en que olvidamos esto, cuando no nos damos cuenta que la propia sociedad es la que sufre cuando sus componentes sufren, estamos perdiendo el norte. Es tiempo de colaboraciones, de estructuras jerárquicas más horizontales que verticales. Si todos entramos en el juego del estrangulamiento máximo de nuestros proveedores, si esta forma de actuar la llevamos todos, como consumidores finales incluso, a su máxima expresión, el caos está próximo. Colaborar, vivir y dejar vivir, hacer el amor y no la guerra, bellos objetivos para un mundo cruel.

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