El proyecto expositivo, de la artista Esther Pizarro, se puede ver hasta el 2 de noviembre en Recinto Modernista de Sant Pau

Un jardín japonés: topografías del vacío

Redacción Interempresas15/09/2014

Casa Asia presenta el proyecto expositivo ‘Un jardín japonés: topografías del vacío’, de la artista Esther Pizarro y comisariado por Menene Gras Balaguer, consistente en la creación de un jardín japonés como una réplica del paisaje natural y la construcción de una identidad cultural. El pabellón de la Purísima del Recinto Modernista de Sant Pau, en Barcelona, acoge el proyecto desde el pasado 10 de julio y hasta el próximo 2 de noviembre de 2014.

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“Este proyecto reúne la expresión de una tradición milenaria representada en la figura del ‘jardín japonés’ y su vigencia en la obra de arquitectos y paisajistas que lo han adoptado en su ideario estético, como Tadao Ando, Isamo Noguchi, Toyo Ito, Kengo Kuma y Shigeru Ban”, afirma la comisaria Menene Gras. La muestra también confronta los principios del jardín japonés con los del mundo de la cartografía y del mapa.

Un paseo para los sentidos y la reflexión

Se trata de una instalación única de gran impacto visual, que ocupa una superficie de 500 m² (pabellón de la Purísima del Recinto Modernista de Sant Pau) y reproduce la topografía del país nipón a través de su división política en ocho regiones y 47 prefecturas administrativas. Estas regiones se representan como islas (‘topografías del vacío’), que están delimitadas por contenedores escultóricos sobre los que descansa la vegetación que, de forma simbólica, refleja los cambios sociales y urbanos del Japón contemporáneo.

En palabras de Pizarro, “el jardín japonés constituye una representación del mundo, una especie de microcosmos donde se produce una ausencia de escala. Los diferentes elementos que lo componen se relacionan entre sí con un orden simbólico. Cada trazo, cada vegetación, cada color posee su significado”.

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De este modo, las ocho estructuras que conforman el archipiélago nipón, y el jardín, tienen continuidad entre ellas y el visitante podrá desplazarse como en el interior de un organismo vivo, sobre un mar de sal, un símbolo de lo que queda “cuando el agua desaparece”, explica la artista.

La coloración del musgo representa la densidad de población en la isla, de los rojos y naranjas que identifican las zonas más pobladas, hasta llegar a las distintas escalas de verdes, las menos habitadas. Los bonsáis indican las 20 ciudades con más población.

La instalación también encierra el aspecto del paso del tiempo a través de una red lumínica que atraviesa las cinco regiones de la isla central, Honshu, en una cadencia de cinco minutos y que permite sentir el ciclo de la naturaleza del paso del día a la noche. Este recorrido se completa, además, con la reproducción en la sala del sonido del oleaje, la brisa y aves marinas, que lo convierte en una experiencia sensorial que cede a la reflexión sobre las relaciones afectivas y emotivas asociadas a la geografía del jardín japonés más tradicional.

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La tradición del jardín japonés

Sakkei, el ‘enmarcado’, es uno de los aspectos fundamentales en cualquier jardín japonés, para conducir la mirada y lo que posibilita su propia existencia. En este caso, este marco se identifica con el pabellón de la Purísima del Recinto Modernista de Sant Pau.

En el texto elaborado por la comisaria para esta exposición, los modelos de jardín que se empezaron a construir en Japón respondían a dos tipos de iniciativas: el jardín de los emperadores y de la nobleza diseñado para el placer estético, como se puede ver en los primeros jardines del palacio imperial de Kioto construido en el siglo VIII; y el jardín adyacente a los templos budistas, diseñados para la contemplación y la meditación. Los jardines japoneses se desarrollaron a partir del intercambio comercial, político y económico entre China y Japón durante el período Asuka, en los siglos VI y VII, donde también se produce la llegada del budismo procedente de China y la introducción de la escritura kanji.

El jardín realizado por Esther Pizarro responde al karensansui, un estilo de jardín seco con una base de arena o grava que invita a la meditación según se rastrilla representando las olas del mar y que contiene piedras, arbustos o maderas, entre otros elementos de la naturaleza.

Modelo de orden y armonía, un jardín japonés se concibe como un espacio de meditación en comunión con la naturaleza. Representa el universo y se crea para inspirar vitalidad y serenidad. Así, pues, en base al archipiélago que configura el país nipón se ha diseñado un jardín japonés que trata de conectar con los valores estéticos universales de esta cultura.

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El jardín japonés constituye una representación del mundo, una especie de microcosmo donde se produce una ausencia de escala. Los diferentes elementos que lo componen se relacionan entre sí con un orden simbólico. Cada trazo, cada vegetación, cada color posee su significado.

El proyecto presentado en la Nave 16 de Matadero Madrid, que lleva por título “Un jardín japonés: Topografías del vacío”, confronta los principios del jardín japonés con los del mundo de la cartografía y del mapa.

El Karensansui es un estilo de jardín japonés seco que consiste en un campo de arena o graba poco profunda que invita a la meditación. Es un jardín escenario donde el rastrillado representa el mar. En nuestro proyecto, un mar de sal se extiende sobre el suelo de la sala desdibujando el límite de los volúmenes escultóricos que actúan como acantilados. Éstos generan una línea ondulada, como si se tratara de olas secas que rompen contra la costa.

Este particular jardín se levanta topográficamente sobre el trazado del mapa del archipiélago nipón donde, tomando como base su mapa político que divide el país en ocho regiones, genera ocho contenedores escultóricos con una continuidad visual entre sí. La capa vegetal, constituida por musgos y plantas preservadas y liofilizadas, se articula en base a la carta demográfica de la densidad de población de Japón. Los rojos señalizan las zonas más pobladas, pasando por una degradación progresiva de naranjas, amarillos, verdes claros y verdes oscuros, para las zonas menos pobladas. Veinte bonsáis se posicionan dentro de esta cartografía vegetal para indicarnos las urbes más pobladas del país.

Honshu, la isla central y la más extensa, engloba cinco regiones, atravesadas por pasajes iluminados desde el interior, por los que se puede circular. Estos atractores luminosos hacen las veces de linternas, semejantes a paredes difusas que nos recuerdan los paneles de papel de arroz o shoji de la casa de té de los jardines japoneses. Los shoji o paneles móviles funcionan como paredes divisorias hechas de un papel translúcido con un marco de madera. La iluminación recorre el ciclo de la naturaleza del día a la noche, hasta alcanzar la oscuridad total y volver a empezar. En una cadencia de cinco minutos, pasando de los matices cálidos a los matices más fríos, se capturan los cambios de luz que se producen a lo largo del día. Esta representación del jardín japonés encierra a su vez el paso del tiempo, aspecto tan importante en la cultura nipona, imitando el desplazamiento de la luz natural.

Múltiples escalas confluyen en el proyecto: la territorial, la paisajística, la cartográfica, la humana, la urbana y la doméstica. El espectador se ve constantemente expuesto a estos cambios de escala. Se trata de un jardín que agudiza todos los sentidos: la vista (a través de su intenso colorido), el tacto (mediante la singular textura de los materiales), el olfato (con el singular olor de las plantas), el gusto (gracias al inmenso mar de sal) y el oído (con la activación de registros sonoros procedentes del mar que evocan, como en el típico jardín seco, la importancia del agua).

El proyecto se localiza en el singular cerramiento del Pabellón de la Purísima del Recinto Modernista de Sant Pau, que actúa como el enmarcado o sakkei, aspecto fundamental para conducir la mirada y que posibilita la existencia del jardín japonés. “Un jardín japonés: Topografías del vacío” hace reaccionar perceptualmente todos los sentidos del espectador, interrogándole sobre el significado de su volumetría y disposición vegetal, al tiempo que genera un espacio para la contemplación y la meditación.

Esther Pizarro

Sobre Esther Pizarro

Esther Pizarro (Madrid, 1967) es doctora por la Universidad Complutense de Madrid y profesora titular de la Universidad Europea de Madrid. El interés por la ciudad y por cómo el ser humano se mueve, percibe y se identifica en los espacios urbanos constituye el epicentro de su investigación. Ha sido becada por la Fundación Pollock-Krasner de Nueva York, la Academia de España en Roma, el Colegio de España en París y la Comisión Fulbright en Estados Unidos. Ha expuesto individual y colectivamente fuera y dentro de nuestro país. En los últimos años, ha realizado numerosas instalaciones efímeras e intervenciones en espacios públicos, sea con carácter temporal o permanente, como en la Exposición Universal de Shangái, la Expo de Zaragoza o el West Lake Park de Hangzhou, en China.

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