La falta de prevención de las plagas en las zonas verdes crea riesgos en la salud humana y en la flora

Milagros Fernández de Lezeta, directora general de Anecpla

07/07/2014
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Los parques y jardines son muy susceptibles de ser atacados por diferentes tipos de plagas que pueden incidir en distinto grado sobre las plantas; sin embargo, a diferencia de los tratamientos en los cultivos o en las masas forestales, existen una serie de condicionantes que hacen que los tratamientos en estos ámbitos tengan unas consideraciones especiales.

Son tratamientos complicados de ejecutar, por una parte, el uso constante de los parques y jardines por personas y animales domésticos determina que se establezcan medidas de seguridad para evitar el riesgo que entrañan para la salud la aplicación de productos fitosanitarios; por otra parte, hay que tener cuidado, sobre todo, en el caso de las plantas ornamentales, para no causar daños en la flora por mal uso de estos productos. Además, cuando se realizan tratamientos con productos fitosanitarios hay que tener en cuenta otros riesgos, como la contaminación de zonas no tratadas por deriva de los productos, etc. Por ello, es importante que estos tratamientos sean realizados por empresas especializadas y autorizadas para realizar este tipo de servicios.

Cabe reseñar que las plagas más habituales en estos lugares son la procesionaria, los pulgones, la cochinilla, la araña roja, los nemátodos, la mosca blanca, las orugas y los escarabajos. Cada una de estas plagas afecta a una especie vegetal concreta, pero algunas especies, como por ejemplo la procesionaria, también pueden provocar problemas en la salud de las personas y de los animales domésticos.

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Asimismo, siendo uno de los problemas más relevantes y que más afectan a estas zonas, cabe mencionar a las plagas de aves. Con especial relevancia en los últimos años, ciertas especies de aves han demostrado notable capacidad de colonización y de adaptación, generando nuevos problemas de cohabitación. Al margen de los importantes costes económicos y molestias, estas especies son portadoras de graves enfermedades como la ornitosis-psitacosis, (causada por la bacteria Clamidia psitaci), la salmonelosis (por la ingestión de alimentos contaminados por heces de paloma), la histoplasmosis o la criptococosis (contagiadas por hongos).

Las aves son reservorios conocidos de diversos agentes patógenos humanos y, en los últimos años, se ha evidenciado su papel en la transmisión de algunas de las enfermedades infecciosas emergentes (EIE) y remergentes, como los virus de la gripe, el virus del Nilo Occidental (WNv), el Campylobacter jejuni, y cepas de Escherichia coli. Al mismo tiempo, generan otro tipo de enfermedades no infecciosas, como las alergias causadas por los ácaros o ectoparásitos que se alojan en las plumas.

Factores como el cambio climático y la situación geográfica de la Península Ibérica como ruta de paso de las aves migratorias, facilitan enormemente la circulación agentes patógenos entre aves invasoras y autóctonas y/o domésticas, estableciendo nuevos focos endémicos de enfermedades e introduciendo cambios en los patrones migratorios. De ahí que la vigilancia epidemiológica, tanto de estas especies como para el ser humano, sean aspectos de primer orden para identificar posibles riesgos para la salud pública.

En este sentido, es también importante mencionar que recientemente Anecpla ha editado una guía de Buenas Prácticas para la Gestión de Plagas de Aves Urbanas, dirigida a profesionales de control de plagas, gestores municipales y ciudadanos en general, donde se recoge toda la información necesaria y las medidas que se pueden tomar para buscar una solución a las grandes concentraciones de aves en las ciudades. La guía se encuentra disponible en formato PDF en el siguiente enlace: http://www.anecpla.com/documentos/GDA.pdf.

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