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En clave de opinión...

El imperio del bit, la cultura del snack y cómo pasar de la amenaza a la oportunidad

Mónica Daluz24/08/2009

24 de agosto de 2009

Con el arribo de la digitalización se multiplicaron los soportes y los canales de difusión de la cultura; ello está dando lugar a la aparición de nuevas fórmulas de comercialización de los contenidos y a la transformación de los modelos de negocio y del papel de las industrias implicadas. Desde los albores de la galaxia Gutenberg los destinos de la industria papelera y de la industria gráfica han discurrido en paralelo ¿será distinto ahora, en la era digital? Este artículo les propone una reflexión sobre el modo en que el código binario está transformando el mensaje y, por tanto, el medio. En cualquier caso, si alguien o algo gana esta batalla, que se libra en la aldea global, será la comunicación humana.
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¿Se acuerdan de cuando a los comerciantes de los 80 se les ocurrió que en lugar de abrir su tienda donde no tuvieran competencia en kilómetros a la redonda, lo mejor sería colocarse junto a ella generándose así un “efecto llamada” que dio lugar al nacimiento de las zonas comerciales, bien urbanas o extrarradiales? Algo parecido está ocurriendo en la era digital. Parece ser que “bit llama a bit”. El vídeo no acaba con la estrella de la radio sino que la reinventa y le saca el mayor partido.

Teóricos de la comunicación audiovisual y puristas reaccionarios se lamentan de que la digitalización de la fotografía hace a ésta perder su valor testimonial como documento porque en cualquier catástrofe o momento noticiable hay alguien que saca su cámara, o simplemente su móvil, del bolsillo. En algunos de estos sectores se afirma que la participación masiva de aficionados en la producción de contenidos causará un empobrecimiento de los mismos que amenaza con llegar a los medios de comunicación. ¿Desde cuándo la democratización en el uso de las tecnologías y la participación ciudadana en la construcción social son perniciosas? Éste sería un debate sobre el contenido, pero, ¿qué pasa con, digamos, el continente? La cuestión es que los verdaderos vaivenes son para la industria: el negocio del revelado ha caído en picado, los canales de distribución han variado y el precio medio de las cámaras fotográficas ha descendido drásticamente. En cualquier caso, lo cierto es que hoy tomamos más imágenes que nunca y tienen cámara más personas que nunca. Conclusión: gana la fotografía.

Tomemos otro ejemplo: la música digital. Que las notas en código binario transformarán el negocio de la música es una opinión unánime, pero contrariamente a lo que aseguran los distintos actores de la industria musical, no acabarán con la música. Los nuevos sistemas de distribución, de fácil acceso y bajo coste, están provocando una caída de las ventas de CD pero han conseguido que más personas escuchen música y que éstas escuchen más música de lo que lo hacían cuando para ello debían comprar un CD original. Conclusión: gana la música.

En el cine ocurre lo mismo desde hace tiempo; la llegada del vídeo, analógico primero y en DVD después, y más recientemente de las pantallas planas cada vez de mayores pulgadas, así como de los sofisticados sistemas de home cinema, han ido socavando el negocio de las salas de cine. Con la irrupción del P2P y el progresivo incremento del ancho de banda, además del crecimiento que han experimentado los canales de televisión de pago, el negocio de los videoclubs también ha venido a menos; hasta la programación televisiva ha relegado el film de la parrilla: ¿para qué si podemos elegir la película, además de cuándo verla? Pero el cine no está en crisis. La premisa se cumple de nuevo: gana el cine.

El vídeo no acaba con la estrella de la radio sino que la reinventa y le saca el mayor partido
La industria gráfica tampoco es inmune al “síndrome del bit”, pero su versatilidad la sitúa en una posición de privilegio frente a otras industrias culturales. La desmaterialización nos brinda el acceso universal a la información al tiempo que ésta es susceptible de desaparecer de la red en un abrir y cerrar de ojos. Caminamos hacia un cambio en la filosofía documental en dirección, por un lado, a la digitalización, y por otro hacia la racionalización del documento impreso. Contrariamente a lo que pudiera parecer, el advenimiento de la digitalización trae como consecuencia la revalorización de la página, en la que se buscará que el gasto en el papel gane en efectividad. Imprimir mucho e imprimir más rápido dará paso a la impresión inteligente: segmentada, efectiva y de calidad.

Ámbito “de papel” por excelencia es el educativo, y en él se fragua un cambio de hábitos. El e-learning empuja, el e-book también se abre paso… pero ahí va un dato que da que pensar: una encuesta entre estudiantes universitarios americanos determinó que el 43% de ellos mencionaba el olor, tanto a nuevo como a viejo, como la cualidad que más les atraía de los libros en tanto que objetos físicos. Desde entonces, la tienda on line de libros electrónicos Café Scribe, con cada compra, envía por correo una pegatina que al rascarla desprende un “olor mohoso” a libro viejo…

Anécdotas aparte, no sé si las habilidades lectoras ganarán esta batalla, pero el caso es que las universidades más prestigiosas del mundo, a la última en tecnología, cuelgan sus llamadas “píldoras docentes” -piezas de unos 10 minutos con conceptos fundamentales, directas y concisas-, en la plataforma digital iTunes U, una nueva prueba irrefutable del triunfo de la cultura del snack; lo que parece claro es que la letra impresa no tiene rival y que nada iguala el placer de tocar…

Aclaremos eso de “cultura del snack”. Nace como consecuencia del exceso de oferta audiovisual y es el resultado del proceso de fragmentación del discurso cultural. El concepto, bautizado en EE.UU., se refiere a ese picoteo permanente de cultura en pequeños trozos, al consumo de ocio digital por piezas en cualquier momento y lugar. Un vídeo de YouTube en la oficina, una canción comprimida en el autobús, un post desde la PDA en la cola de Hacienda…

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Los móviles de última generación propician el consumo de ocio digital por piezas en cualquier momento y lugar, y al mismo tiempo convierten al ciudadano en creador de contenidos.
El hipertexto cambió el panorama por completo. Las herramientas de la nueva red, de nombre 2.0, indexan, organizan y relacionan el territorio virtual tratando de optimizar la gestión de la información, pero el cibermundo sigue siendo tan grande, y cada vez lo será más -por otra parte, que así sea-, que estamos abocados inexorablemente a la parcelación, al retal, a la flash-información. Los formatos mini y micro se apoderan del escenario del ocio y la cultura. Los telediarios han cambiado su estructura, yendo poco más allá del titular, y periódicos y revistas se encogen para adaptarse a la movilidad y participar de ese universo de pequeños bocados de consumo instantáneo. Lo último en píldoras de entretenimiento son los capítulos de series de los 70, como Los Ángeles de Charlie o Starsky y Hutch, comprimidos en cinco minutos de duración; la idea de los miniepisodios es de Sony Pictures Television con el site The Minisode Network, que ha articulado a través de la plataforma MySpace.
Imprimir mucho e imprimir más rápido dará paso a la impresión inteligente: segmentada, efectiva y de calidad
Podemos hacer de la era del tentempié, la era de lo esencial; de lo bueno y breve al mismo tiempo. Y aunque parezca lógico pensar que esta tendencia acelerada hacia la fragmentación del mensaje, así como la progresiva dificultad para atender al discurso articulado puede conducirnos a la superficialidad y a la dispersión, no debemos obviar que en la era del post y del alfabeto SMS, los bloggers, y bloggers somos todos, también se reúnen para reflexionar en torno a infinidad de temas diversos, lo que demuestra la compatibilidad de ambos modos de conocimiento. El consumidor de contenidos ha pasado a ser también generador de los mismos; cualquiera puede tener su propia audiencia o editar su propio libro. Definitivamente, gana la comunicación.

Las industrias del papel y gráfica debieran, pues, reconvertirse a la parcelación y buscar en ella el negocio, que lo hay, identificar las nuevas preferencias en los contenidos, para ofrecer los mejores y más imaginativos soportes en que servirlos. Y por lo que a contenidos respecta, como casi todo, es una cuestión de dosis: mitad snack, porque cualquier información puede darse, con brevedad y concisión, en unas pocas líneas, y mitad reflexión, porque hay que adaptarse a las tendencias pero no a costa de convertirse en una patata frita…

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