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¿Dónde está el paraíso de las startups?

Redacción Protección Laboral08/01/2018


Seguro que habéis visto en películas pequeñas empresas llenas de jóvenes emprendedores, trabajadores muy bien avenidos y con condiciones laborales tan buenas que parece que vivan en una realidad paralela a la precarización actual. Muchos seguro que aún recordamos la época en que parecía que la única opción era emprender. Estudiantes que incluso no habían acabado la carrera ya tenían su propia compañía y todos admirábamos a Mark Zuckerberg o a Pau Gracia-Milà.

Pero ¿qué ha pasado con todas las startups que nacieron hace 5 y 10 años? La verdad es que a muchas no las recordamos porque ya no están o porque están muriendo poco a poco: Helpling tuvo que cerrar su sucursal en España, Bananity quebró, La Nevera Roja fue absorbida y Job and Talent tuvo que despedir el tercio de su plantilla. Todos estos casos son puestos de trabajo perdidos, no lo olvidemos.

Y es que las startups tampoco son el paraíso de la creación de empleo o de capital. De hecho, 9 de cada 10 nuevas empresas fracasan antes de llegar a los 3 años de vida. Como es de suponer, toda inversión lleva una serie de riesgos. Y cuando se trata de una etapa inicial éstos aún son mayores y más determinantes. La competencia, la falta de financiación o una mala planificación en la que se contaba con tener beneficio demasiado pronto, son factores que pueden dinamitar por completo el crecimiento de una compañía joven. La presión por parte de los fondos de inversión que actúan como mecenas pero que pueden retirar su dinero cuando no se cumple con sus exigencias, tampoco ayuda. Una relación de dependencia que precisamente muchos emprendedores quieren evitar.

Según el artículo de entrepreneur.com, por cada fundador que sabe administrar una startup de recursos limitados, hay docenas que se quedan rápido sin capital por una diversidad de razones, como no querer renunciar a parte de la empresa, no hacer presupuestos ni planificar el tiempo para conseguir capital o no ser suficientemente productivas.

Pero no olvidemos que las startups no son únicamente los fundadores, sino también el equipo de trabajadores que las compone. Cuando el clima de incertidumbre llega a la compañía, es difícil mantener el mismo nivel de productividad, pues el estrés es su peor enemigo.

Luego también está una cara menos amable de este tipo de empresas que nos aleja un poco más de ese ideal. Aun estando asociadas con modernidad y apertura de pensamiento, demasiadas startups siguen teniendo vetadas de los cargos directivos a las mujeres. Otras muchas, ni siquiera se puede decir que tengan trabajadores porque no hacen contratos, prefiriendo alquilar los servicios y material de autónomos a retribuciones insostenibles. Si éstas son las que al final pueden acabar sobreviviendo, pues menudo panorama.

¿Significa esto que trabajar en una startup es malo?

Por supuesto que no. O al menos no de una forma sistematizada. Son muchas las compañías que optan por ofrecer buenos salarios y preocupación por su equipo, porque lo consideran su principal motor. Aunque luego opten por reducir gastos por otras vías como el coworking.

No obstante, vemos necesario dar una imagen alternativa al júbilo que se ha instalado permanentemente en nuestras cabezas cuando nos hablan de este mundo. Porque si una startup fracasa, no sólo afecta a los fundadores sino también a los empleados.