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Fontanería en tiempos de Covid: cómo asegurar la salubridad de las instalaciones sanitarias de nuestros edificios

Jaime Vilaplana - Jefe de Categoría Sanitarista para EMEA de Aliaxis

22/02/2021
Hace ya más de un año que se descubrió el primer caso de coronavirus en el mundo, desencadenando la pandemia mundial que ha cambiado nuestra forma de vida y usos sociales, y que deja ya 2,3 millones de fallecidos y 107,3 millones de infectados en todo el planeta. Desde entonces, se ha producido un ingente esfuerzo conjunto por parte de la comunidad científica mundial para luchar contra el virus. Día a día surge gran cantidad de información que se modifica con nuevas evidencias.
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La investigación continua, especialmente en el desarrollo de las ansiadas vacunas, pero también en otros ámbitos igualmente relevantes como la creación de nuevos tratamientos específicos efectivos para curar la enfermedad, o las vías de transmisión, para prevenir el contagio con nuevas medidas de prevención y salud pública. En esta área se siguen reconociendo y estudiando distintas formas.

Una de ellas es la inhalación de partículas de excrementos infectados, no descartada por los científicos. En 2003, la OMS ya demostró cómo unas instalaciones de fontanería defectuosas y el diseño inadecuado del sistema de ventilación fueron factores que contribuyeron a la propagación por aerosoles del coronavirus SARS-CoV-1 en el edificio residencial de gran altura “Amoy Gardens” en Hong Kong. Más recientemente, un estudio de la revista Science también apunta a que la transmisión del SARS-CoV-2 a través de las tuberías de los edificios es posible y podría estar detrás de algunos brotes como el de un edificio residencial en la ciudad de Guangzhou (China).

El estudio de la universidad Heriot Watt, instituto científico de referencia en el campo de la evacuación, en colaboración con Aliaxis, “Microbial transport in building drainage systems”, también ha puesto de manifiesto que es posible la vía de trasmisión cruzada entre distintas plantas de un edificio a través de las redes de saneamiento, demostrándolo con la bacteria Pseudomonas putida KT2440 cuyas características son similares a las de un coronavirus.

Por tanto, el sector empresarial especializado en la instalación de redes de saneamiento debe preocuparse por esta posible propagación del virus de la COVID-19 debido a instalaciones sanitarias mal mantenidas o defectuosas en edificios similares, y por encima de todo, ofrecer sistemas totalmente seguros que eviten la propagación del virus.

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El papel clave de los sifones

Aunque las redes de alcantarillado se remontan al año 3750 AC en Nippur, Irak, en Europa se generalizaron a partir del siglo XIX. Se denominan Instalaciones Sanitarias precisamente por su principal función, mantener la salubridad, a raíz de los problemas epidemiológicos y sanitarios causados por la deficiente evacuación de aguas fecales surgidos en la Edad Media.

El principio de funcionamiento de los sifones, principales dispositivos de protección de entrada de patógenos en los cuartos húmedos, ya se describe desde el siglo I DC por Herón de Alejandría. Su uso se generalizó tanto en aplicaciones de presión, para salvar terrenos a distintas alturas, como para elementos que requerían una gran limpieza, como los inodoros, patentados por Alexander Cumming en 1775.

Los sifones son, por tanto, el elemento básico de protección de nuestras instalaciones. Presentes en los aparatos sanitarios, como el inodoro, lavabo o la ducha, logran actuar como barrera. Digamos que son como las mascarillas de nuestro cuarto de baño.

En España, el Código Técnico de la Edificación (CTE) reconoce su importancia en el apartado HS5, cuyos principales requisitos son poder permitir su limpieza, disponer de un sello hidráulico – altura / volumen de agua que actúa como barrera de protección – de 50 mm de altura de agua.

Esto es así porque en los años 50 y 70, en Estados Unidos e Inglaterra, estudios llevados a cabo por los organismos reguladores, determinaron de forma experimental, que la evacuación de agua dentro de las bajantes producía unas presiones y depresiones en las tuberías de evacuación de ± 250 Pa (25 mmca), de ahí que a los cierres hidráulicos se les exija el doble de “capacidad” como medida de seguridad.

Del mismo modo, se exigen sistemas de ventilación de estas bajantes que permitan compensar las presiones y depresiones que ocurren en su interior, causantes del descebe de los sifones. Varios estudios sugieren, que estas transiciones de presión se propagan a velocidades superiores a 320 m/s, por lo que estos cambios ocurren de forma tan rápida que los sistemas de ventilación “tradicionales”, deberían tener diámetros superiores a las propias tuberías a las que protegen para lograr ser efectivos.

Hoy día, la mayoría de los proyectos, justifican las instalaciones de fontanería de acuerdo con las tablas presentes en el CTE, las cuales, a su vez, están basadas en normativas que en algunos casos se remontan a los años 70. Afortunadamente, los modernos programas ayudan a justificar los cálculos en caudales de evacuación según las fórmulas de Manning, Wyly-Eaton, Dawson y Hunter, pero en menor medida los cálculos tienen en cuenta las sobrepresiones o depresiones de sistemas en carga, que pueden ocurrir de forma puntual.

En la práctica, todos conocemos casos en los que las instalaciones simplemente no funcionan bien. Se producen descebes en los sifones de las plantas inferiores, o de las plantas superiores de los edificios. Estos pueden resultar molestos para el usuario debido a los malos olores que causan, pero también pueden ser igualmente peligrosos, al ser un punto en el que patógenos que se encuentran presentes en las redes de saneamiento, podrían entrar en contacto con los usuarios de estas. Y es que el mismo hecho de tirar de la cadena puede producir fluidos en suspensión y no solo en el inodoro, que sería el caso más extremo, también en los sistemas de evacuación del edificio donde se producen, asimismo, aerosoles, convirtiéndolos en posibles puntos de contagio.

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La solución

Mantener el sifón lleno de agua es esencial para que actúe como barrera de protección. Podemos ayudar a diseñar las redes de saneamiento, de forma que no se produzcan elementos transitorios indeseados que vacíen los sifones, o podemos emplear sifones con barreras mecánicas que eviten el paso de bacterias, pero no sean sensibles a estas oscilaciones que succionan el agua, o a altas temperaturas, que puedan llegar a evaporarla.

En cuanto a las redes de saneamiento, en el caso de que ya estén instaladas, puede no ser realista realizar costosas intervenciones que rediseñen los diámetros de tuberías, pero sí se pueden instalar elementos activos tales como las válvulas de aireación, que permiten la entrada de aire en la bajante cuando se producen depresiones y que evitan los efectos transitorios negativos (depresiones) que desceban las instalaciones. Para los transitorios positivos, disponemos de dispositivos como el P.A.P.A. (atenuador de presiones positivas) que actúan como un regulador que absorbe estas sobrepresiones de forma rápida, y las devuelve a la red de forma más lenta, evitando efectos negativos en el resto de la instalación.

Por último, es importante también realizar una inspección periódica en la red, para controlar el buen estado de esta, la ausencia de fugas, malas conexiones entre las tuberías y los accesorios, o la presencia de acumulaciones de residuos en la misma que impidan su correcto funcionamiento. Todo esto es básico para prevenir un mal funcionamiento y proteger a los usuarios. En definitiva, como industria debemos trabajar para que se actualicen los códigos técnicos y estándares de acuerdo con las mejores prácticas y que estos sean efectivos.

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