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El elogio de lo invisible (y el abuso de lo fácil)

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En una feria de iluminación como Light + Building uno esperaría ver luz por todas partes. Y la hay. Pero cada vez más, lo que se exhibe —lo que se celebra— es justo lo contrario: la luminaria que desaparece. El negro absoluto, la óptica escondida, el punto de luz que no delata su origen, la promesa de iluminar sin existir. No me parece una mala noticia. Al contrario: durante años hemos normalizado el deslumbramiento como si fuese un peaje inevitable del diseño contemporáneo. Y no lo es. El problema llega cuando ‘lo invisible’ deja de ser una herramienta y se convierte en un estilo automático. Porque entonces aparece su primo bastardo: el recurso fácil, repetido, infinito… la tira LED como respuesta universal.
Iluminación general realizada a partir de esferas luminosas de distintos tamaños en posiciones aleatorias
Iluminación general realizada a partir de esferas luminosas de distintos tamaños en posiciones aleatorias.

Siempre he defendido que la luz es cultura y que iluminar es tomar decisiones. También he defendido —hasta el aburrimiento— que la palabra maestra es equilibrio. Por eso me interesa tanto esta tendencia hacia lo invisible: cuando está bien hecha, no es una moda, es una conquista. Un salto de madurez.

Durante décadas hemos aceptado con resignación ese gesto tan frecuente de ‘poner luces’ como quien coloca una retícula para cumplir expediente. Luminarias que deslumbran, que aparecen como puntos agresivos en un techo, que convierten un comedor en un quirófano sin quererlo. En ese contexto, que existan familias de luminarias pensadas para ser literalmente invisibles, para no deslumbrar, para desaparecer visualmente y dejar que el espacio se explique por sí solo, me parece una buena noticia.

Cuando una marca plantea una línea con una intención clara —por ejemplo, la idea de un ‘negro invisible’ que absorbe el ojo y protege del deslumbramiento— no está vendiendo solo un acabado: está proponiendo una ética del confort. “La luminaria no debe gritar. Debe servir”. Y en iluminación, esa frase tiene mucho peso.

Tira LED sobre un tensor para iluminar hacia arriba sobre el hueco de una escalera. Fuente de luz invisible que rebota contra las paredes y el techo...
Tira LED sobre un tensor para iluminar hacia arriba sobre el hueco de una escalera. Fuente de luz invisible que rebota contra las paredes y el techo.

Lo invisible bien aplicado tiene algo casi elegante: la luz aparece, pero el aparato no. Y cuando eso ocurre, el protagonismo deja de estar en el objeto técnico y pasa a donde debería estar desde el principio: en los materiales, en las texturas, en la atmósfera, en el uso real del espacio.

Lo invisible como logro (no como truco)

Hay soluciones que, cuando se enseñan a un cliente, lo descolocan. No porque sean estridentes, sino por todo lo contrario: porque no ‘se ven’, pero funcionan. Pienso, por ejemplo, en esos downlights lineales de puntos —tan replicados en el mercado— que consiguen un efecto finísimo: luz precisa, prácticamente sin deslumbramiento, con una presencia mínima en techo. Ese tipo de luminaria provoca una reacción muy habitual: “¿de dónde sale esta luz?”.

Downlights lineales de puntos anti deslumbramiento (efecto dark black) y tira LED de 2300K en un cambio de altura de techo...
Downlights lineales de puntos anti deslumbramiento (efecto dark black) y tira LED de 2300K en un cambio de altura de techo.

Y esa pregunta es muy reveladora. No significa que el cliente quiera que la luz no se note; significa que el cliente quiere sentirse cómodo sin ser consciente de por qué. Quiere luz buena, pero no quiere que la fuente le invada. Quiere ver el espacio, no mirar la luminaria.

En estos casos, la invisibilidad no es capricho: es rendimiento óptico, control de la luz, confort visual y también cierta inteligencia estética. Es luz que acompaña, no que manda.

Ahora bien: que la luminaria sea invisible no significa que el proyecto lo sea. Al revés: exige más rigor, más criterio y más intención. Porque cuando no hay ‘objeto’ que haga de excusa, la calidad del efecto queda totalmente expuesta.

El abuso: cuando todo es tira LED

Y aquí es donde aparece el problema contemporáneo por excelencia: la tira LED como comodín. Lo digo con toda la ironía que me permite mi oficio, pero también con cierta tristeza: he llegado a pensar que los metros de tira LED en un proyecto de interiorismo son proporcionalmente inversos a la toma de decisiones reales. Cuantos más metros, menos jerarquía; cuantos más foseados ‘inventados’, menos arquitectura; cuanta más línea luminosa continua, menos intención.

La tira LED es un invento extraordinario. Flexible, potente, eficiente, capaz de ocultarse en lugares impensables hace veinte años. El problema no es la herramienta: es el uso automático.

El objeto lumínico –luminaria- como elemento protagonista en la sala de espera de una clínica dental, en contraposición a las tiras LED...
El objeto lumínico –luminaria- como elemento protagonista en la sala de espera de una clínica dental, en contraposición a las tiras LED. (Greta de Gabriel Teixidó para Carpyen).

He visto viviendas donde la luz se resuelve a golpe de tira: foseados perimetrales junto al techo, hornacinas curvas iluminadas, cambios de material subrayados con líneas de luz, juntas ‘celebradas’ como si fueran un acontecimiento. Baños con tiras en el techo, en el cambio de nivel por una viga, en hornacinas verticales y horizontales de la ducha, bajo el lavabo, bajo la bañera, detrás del inodoro… y si alguien no pone freno, también en el zócalo “porque queda hotelero”.

¿De verdad necesitamos veinte metros de tira LED en un baño de cuatro metros cuadrados? ¿Qué función cumple cada línea? ¿Qué jerarquía construye? ¿Cuántas de esas tiras se encenderán realmente en el día a día? La respuesta suele ser incómoda: muchas se pondrán ‘porque sí’ y luego quedarán para la foto o para el primer mes.

Aquí hay una idea que me parece crucial: la necesidad arquitectónica debe generar la oportunidad luminosa y no al revés. Es decir: si existe un foseado por una razón real (ocultar una guía de cortina, salvar una carpintería alta, resolver un encuentro constructivo), aprovecharlo para iluminar con delicadeza puede ser un gesto precioso. Pero crear un foseado ficticio solo para poder meter una tira es invertir el orden natural del proyecto: primero fabricamos un problema y luego lo iluminamos.

Cortineros y cabeceros: el ‘hotelismo’ doméstico

El cortinero es el ejemplo perfecto de esta deriva. En un hotel puede tener sentido: hay falsos techos, materiales pensados para la luz rasante, un lenguaje interiorista coherente y un uso ‘escenográfico’ del espacio. Pero en vivienda privada, el cortinero se ha convertido en un tic estético: “lo he visto en Pinterest, lo quiero en todas las ventanas”.

Solo que a veces se olvida un detalle nada menor: para que un cortinero tenga sentido debe poder ocultarse. Si no hay falso techo, la tira queda vista. Y entonces aparecen soluciones desesperadas: listones, tapetas, inventos para esconder el propio invento. Todo para una luz que, además, se usará poquísimo. Porque cuando llega la noche, lo que uno enciende de verdad no suele ser una línea ambiental de fondo: suele ser una lámpara de lectura, un aplique, una luz puntual que acompaña una actividad real.

Con los cabeceros ocurre algo parecido. La tira LED hacia arriba ‘porque sí’ ha colonizado dormitorios que no la necesitan. Si tienes un cabecero diseñado para ello, un material noble que acepta el baño de luz, una pared bien acabada y una temperatura de color muy cálida (2300 K y como mucho 2700 K) puede ser una escena bonita. Pero si lo que tienes es un cabecero estándar, una pared de pladur con imperfecciones y una tira de 3000 K o 4000 K, el efecto puede ser francamente cruel: revela defectos, enfría el espacio y convierte el descanso en un decorado.

Tira LED 2300K tras el inodoro en un proyecto de iluminación para un restaurante
Tira LED 2300K tras el inodoro en un proyecto de iluminación para un restaurante.

La ironía es que, con esa misma inversión, probablemente usarías mucho más una buena lámpara lectora bien escogida —y hoy existen marcas con diseños razonables y precios sensatos— que un halo difuso que acabará siendo un gesto olvidado.

Dónde sí: cocina y pasillo (con matices)

Por supuesto, hay lugares donde la tira LED es impecable. En cocinas, bajo armarios altos, aportando luz uniforme y funcional sobre la encimera, es difícil discutir su eficacia. Oculta, cercana al plano de trabajo, con temperatura adecuada, sin deslumbrar y con buena reproducción cromática: es un aliado lógico.

En pasillos también puede tener sentido, porque el pasillo pide continuidad y orientación más que dramatismo. Pero incluso ahí, un pasillo resuelto exclusivamente con tira LED puede volverse aburrido, casi hospitalario. Y aquí vuelve a aparecer mi mantra: equilibrio. Una solución invisible y eficiente puede convivir con un gesto expresivo que dé identidad: un aplique puntual, una pieza decorativa, un acento sobre un cuadro, un mueble o un detalle que merezca existir.

Lo invisible no debe ser sinónimo de plano uniforme. Lo invisible puede —y debe— seguir construyendo sombras, jerarquías y profundidad.

Si lo vendemos en virtual, luego no lloremos en la obra

Hay otra capa contemporánea que no podemos ignorar: todo esto se vende, se aprueba y se decide cada vez más en pantalla. Y la pantalla tiene un problema: miente con facilidad. Un render puede convertir una mala idea en una escena ‘bonita’, sobreiluminada, difusa, impecable… como un set de rodaje. Y luego llega la obra y aparece la decepción: deslumbramientos ocultos, manchas, sombras duras, drivers sin registro, tiras mal disipadas, degradación de color.

Si estamos diseñando iluminación —visible o invisible— debemos exigir que la luz virtual se represente con rigor. Importar archivos fotométricos reales (.IES), respetar distribuciones, sombras, intensidades, temperaturas. La luz no es un filtro estético: es física y percepción. Y si no se representa bien, la arquitectura se vende mal.

Una pregunta final: ¿producto o servicio?

Y todavía hay una última derivada, inevitable, cuando lo invisible se apoya tanto en electrónica, control, drivers, escenas, protocolos y compatibilidades: ¿seguiremos ‘comprando luminarias’ o acabaremos ‘contratando luz’? No es una idea tan futurista. En otros sectores ya lo hacemos: pagamos por funcionamiento, mantenimiento, actualización y tranquilidad.

Quizá lo invisible, llevado a su madurez, nos empuje hacia ahí. Y quizá esa sea una de las conversaciones más interesantes del sector en los próximos años.

De momento, me conformo con una decisión más simple, más humana y más urgente: recuperar el equilibrio. Usar lo invisible cuando toca y usar lo expresivo cuando aporta alma. No iluminar para demostrar tecnología. Iluminar para vivir mejor.

Porque la mejor luz no siempre es la que se ve. Pero casi siempre es la que está pensada.

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