Viviendo el ‘Elogio de la Sombra’
El buen profesor de Proyectos, aunque sea de soslayo, habrá querido introducir al alumno en la arquitectura oriental y en sus múltiples simbolismos, ritmos, rituales y en cómo este lenguaje se transmite a su construcción sin perder (sino todo lo contrario) su funcionalidad y racionalidad.
Recuerdo perfectamente una breve, aunque impactante charla, acompañada de un vídeo sin voz, en la Sala de Actos de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, en el marco de la asignatura de Proyectos de primer curso sobre arquitectura doméstica tradicional de Japón.
Recuerdo nítidamente imágenes recorriendo el interior de una casa elevada respecto al terreno y rodeada de vegetación, con suelos de tatami, puertas correderas de papel, mínimo mobiliario… en la que toda la vida se hacía desde el suelo: desde la alimentación hasta el propio recorrido y manipulación de las puertas. Pese a la inicial sensación de absurdo o incluso incomodidad de pensar en desplazarme por mi casa y abrir las puertas únicamente agachado o gateando, ese vídeo de alta calidad gráfica, acompañado deliberadamente por los sonidos que hacían los materiales (suelos, paredes, puertas…) y utensilios domésticos al manipularlos, tuvo en mí un fuerte impacto positivo; de lo contrario no lo recordaría tan nítidamente quince años después.
No ha sido hasta ahora, hace escasos días, que he vivido mi segundo capítulo de contacto con la arquitectura tradicional (y no tan tradicional) japonesa: un viaje recorriendo distintos puntos del país, a veces en solitario y a veces acompañado de un guía. Es aquí donde lo aprendido tanto en aquella clase como en múltiples conferencias sobre iluminación a las que he asistido a lo largo de estos años dentro del sector se ha materializado.
En lugares rurales como Takayama o Shirakawa (pequeña aldea declarada Patrimonio de la Humanidad) pude ver auténticas viviendas austeras tradicionales japonesas, algunas convertidas en restaurantes o museos, otras todavía habitadas, como las que años atrás había visto en la universidad. En Kyoto y Tokyo, radicalmente distintas a lo rural, pude igualmente observar viviendas que, aunque ya no eran ni humildes ni antiguas, estaban concebidas con el mismo lenguaje de pureza en lo funcional, lo material y lo estético. El lujo no eclipsaba en absoluto la austeridad de su lenguaje. La iluminación natural y, sobretodo, la artificial es tratada como un material más, tal vez uno de los más importantes, con lo que estas edificaciones resultaban más interesantes de noche.
La cultura japonesa, pese a su carácter introvertido y algo impermeable, se muestra abierta a compartir en silencio sus valores. Algo que enseguida queda claro es su alta influencia por las religiones (principalmente budista y sintoista) y su alto grado de superstición, que se traduce en cantidades de símbolos sagrados y rituales.
Su arquitectura tradicional es una fiel muestra de ello. Pero, sin quedarse en lo meramente simbólico y construir simples imágenes o representaciones, llevan la práctica más allá y se ocupan de aquello cotidiano, mecánico, doméstico; dando lugar a verdaderas obras cuya profundidad y, a la vez, simplicidad son merecedoras de un amplio estudio.
Maestros de la iluminación
Pero vayamos a lo esencial de este artículo y lo que me quedará grabado de por vida en mi vida profesional tras este viaje: la penumbra. Ya no me queda la menor duda de que los japoneses son unos auténticos maestros de la iluminación, sin rival que llegue a su nivel.
Descartando las áreas exclusivamente turísticas (calles llenas de neones, comercios de souvenirs, pequeños supermercados, etc.), desde el más sencillo restaurante tradicional hasta el hotel más lujoso, pasando por talleres y tiendas de artesanía y tejidos e incluso estaciones de transporte público, posee una iluminación dispuesta con una sensibilidad casi innata que roza la perfección. Lo que más fascina es la ‘penumbra’, que no oscuridad, que reina en todos los espacios. ¡La cultura japonesa no le tiene miedo a la falta de luz! Eso añade un color más a la paleta lumínica: el oscuro, que permite composiciones de mayor riqueza.
La iluminación es cálida, dialoga perfectamente con los materiales y, sobre todo, está estrictamente ligada a las actividades a desarrollar en el espacio. Hay un perfecto equilibrio entre la iluminación totalmente direccional y puntual, enfocada realmente hacia donde hace falta, la iluminación ambiental difusa y la iluminación ornamental. Estas tres coprotagonistas son siempre omnipresentes, y no dejan lugar a los excesos o a la uniformidad extrema y aburrida. Se pone luz solamente donde es necesaria, y ésta se dispone pensando en la comodidad, en los usos y actividades a desarrollar, y siempre en sintonía con la arquitectura y los materiales que la componen. Nada resulta forzado, todo parece innato y, por supuesto, no hay lugar para el deslumbramiento.
A nivel profesional uno viene totalmente cargado de ideas, reflexiones e influencias, e incluso con ganas de experimentar más con algunos productos de iluminación como los downlights modulares direccionales de absoluto anti deslumbramiento. Sin embargo, también surge la incertidumbre o el miedo por no poder materializar del todo todas estas ideas y reflexiones por el choque cultural. ¿Las calles tan tenuemente iluminadas de Japón tendrían cabida aquí? ¿Se podría llegar a eliminar la luz fría y uniforme de nuestras viviendas en favor de la cálida y direccional?
A la derecha visión nocturna de la estación de trenes de Takayama; y a la izquierda visión nocturna del exterior de los edificios de Hermes y Sony en Tokyo.













