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"Nuestros modos de iluminar son, a veces, más una declaración de intenciones que un hecho de verdadera utilidad

La(s) cultura(s) de la luz

Víctor Jordá10/11/2021

Es bien sabido, y tanto los que escribimos estas páginas como los que las leéis lo tenemos totalmente asumido, que la luz, además de una necesidad, es algo cultural, del mismo modo que lo es la comida, por ejemplo. Si no fuese así, esta revista no estaría entre nuestras manos. Mirando totalmente hacia el pasado, desde que nuestros antepasados colgaron la primera antorcha en la pared de una cueva, nos surge la siguiente pregunta: ¿La iluminación artificial pretende simplemente imitar la natural, o lleva además implícitos toda una serie de códigos, lenguajes o símbolos que pueden aportarnos mucha información sobre nuestro comportamiento y estructura mental? La respuesta es obvia…

En artículos anteriores hemos hablado numerosas veces sobre la influencia de la luz en nuestra salud, en nuestros comportamientos… e incluso lo hemos ejemplificado con casos concretos como la restauración, los centros de salud, la iluminación doméstica (a propósito de la pandemia). Pero, ¿qué hay de nuestro comportamiento con la luz, en vez del comportamiento que tiene ésta con nosotros?

La luz como creadora de espacios de encuentro en la fiesta organizada por Marset el pasado 21 de octubre. Foto: Víctor Jordá...
La luz como creadora de espacios de encuentro en la fiesta organizada por Marset el pasado 21 de octubre. Foto: Víctor Jordá.

En muchas actividades cotidianas como estudiar, trabajar o comer, por ejemplo, hacemos uso de una fuente de luz artificial que principalmente lo que hace es aportarnos la cantidad de luz necesaria para desarrollar esta actividad con comodidad. De alguna manera, se podría decir que estamos intentando 'imitar' la iluminación natural cuando ésta no es suficiente o está ausente. ¿Pero qué pasa cuando, por ejemplo, organizamos una fiesta y una de las primeras cosas que hacemos es poner una guirnalda de bombillas de colores? ¿Qué papel tiene aquí la luz? ¿Tiene una simple función ornamental o hay una carga cultural y emocional latente?

La luz como creadora de espacios de encuentro en la fiesta organizada por Marset el pasado 21 de octubre. Foto: Víctor Jordá...
La luz como creadora de espacios de encuentro en la fiesta organizada por Marset el pasado 21 de octubre. Foto: Víctor Jordá.

Muchas situaciones de encuentro tienen presente en el centro un objeto de iluminación artificial, desde una luminaria de suspensión hasta unas velas encendidas. En la anterior edición de iCandela mencionamos la luminaria Disa del arquitecto José Antonio Coderch, premio Delta de Oro FAD en el año 62, que éste diseñó expresamente “para reunir a las familias a su alrededor” y a la que otorgó unos tonos rojizos que imitarían el efecto de las brasas de las chimeneas, en un acto de alto contenido simbólico. Un gesto parecido fue el del arquitecto Jordi Badia al diseñar unas luminarias para exterior con aspecto doméstico para los jardines del edificio Alta Diagonal, también mencionadas en este medio hace poco, alrededor de las cuales ahora los oficinistas mantienen sus reuniones.

La luz como creadora de espacios de encuentro en la fiesta organizada por Marset el pasado 21 de octubre. Foto: Víctor Jordá...
La luz como creadora de espacios de encuentro en la fiesta organizada por Marset el pasado 21 de octubre. Foto: Víctor Jordá.

Y es que, efectivamente, la luz que ponemos para estudiar, trabajar o comer también es cultural, como lo fueron la primera antorcha y la primera lámpara de aceite.

Cuando usamos una u otra luz para realizar una actividad solemos atenernos a aspectos como la direccionalidad o la temperatura de color para satisfacer nuestras necesidades de confort. Pero esto no es siempre así. ¿Cuántas veces hoy en día escuchamos que “la luz blanca (o fría) es más para baños o cocinas”? Objetivamente no tiene ningún sentido, pues la luz fría tiene menos capacidad de reproducción cromática, con lo que dará a la comida que preparamos un aspecto menos apetecible, y ya ni hablemos del aspecto que dará a nuestra cara en el espejo cuando, recién levantados, nos maquillemos o nos afeitemos, por no mencionar el susto que nos llevaremos al encenderla a media noche cuando nos levantemos para ir al baño: una buena dosis de luz diurna para luego no podernos volver a dormir… ¡No tiene ningún sentido! Pues he aquí la respuesta: se trata de una herencia cultural del siglo pasado.

Cuando se empezó a comercializar la luz fluorescente en los años 40, ésta se fabricaba únicamente en tonos fríos, los fluorescentes cálidos llegaron mucho más tarde. En aquella época las habitaciones de la casa en las que había un mayor alarde tecnológico eran los baños, con la aparición de nuevos aparatos sanitarios con agua corriente, y las cocinas, con la aparición de nuevos aparatos a gas. Por ese motivo esas fueron las primeras habitaciones en contar con iluminación fluorescente, en un gesto más simbólico que útil. Con el paso de los años y la transmisión generacional hemos asociado estas habitaciones a la luz fría, pero es algo meramente cultural. O, ¿cuántas veces hemos dicho que una luminaria es “más de despacho” o “más de comedor” cuando objetivamente la distribución lumínica que hacen es idéntica? La respuesta es la misma: se trata de herencia cultural. Nuestros modos de iluminar son, a veces, más una declaración de intenciones que un hecho de verdadera utilidad.

La luz como elemento festivo y emocional. Fotografías del efecto láser en el bar musical Pachito de Sitges. Foto: Víctor Jordá...
La luz como elemento festivo y emocional. Fotografías del efecto láser en el bar musical Pachito de Sitges. Foto: Víctor Jordá.

La pregunta que surge ahora es: ¿La iluminación es un lenguaje universal, como lo es el amor, o se ve influenciada por los aspectos culturales de cada lugar? Soy consciente de que mi pregunta lleva implícita una afirmación un tanto comprometida, o quizás discutible por algunos, pero me he querido tomar esta licencia, ya que subjetivamente creo que hay gestos, como por ejemplo el tomar de la mano o una mirada poderosa y expresiva, que trascienden cualquier lenguaje y superan cualquier barrera cultural.

Pero volvamos a la pregunta. El uso y significado que se otorga a los colores sí que es algo que varía en función de las culturas. El color asociado al luto, por ejemplo, es el negro en la mayoría de los países occidentales, pero en países de tradición budista como China, la India o Japón es el blanco o incluso el amarillo. En Gran Bretaña fue utilizado el color azul, el cual se sigue usando en Irán, mientras que en Siria se usa el azul pálido, o en Tailandia el violeta.

La luz como elemento festivo y emocional. Fotografías del efecto láser en el bar musical Pachito de Sitges. Foto: Víctor Jordá...
La luz como elemento festivo y emocional. Fotografías del efecto láser en el bar musical Pachito de Sitges. Foto: Víctor Jordá.

¿Ocurre lo mismo con la luz? La mayoría de estudios que se han hecho respecto a la influencia de la luz en las culturas han sido de ámbito principalmente religioso o ancestral. Hay muchos ejemplos sobre el uso de la luz cargada de simbolismo en templos, iglesias, pinturas, vidrieras… pero pocos que reflejen su uso en un ámbito más cotidiano. Sí que tenemos, no obstante, algunos datos muy genéricos sobre algunos aspectos. Por lo general, la tendencia en países orientales es la del uso de temperaturas de color más bien frías, posiblemente como símbolo de pureza u ostentación, y el de usar materiales que produzcan brillos o destellos (pequeños cristales, espejos o simplemente fuentes de luz al desnudo). Los países nórdicos, en cambio, son totalmente amantes de la luz muy cálida, como contraposición a su clima principalmente frío y de cielos cubiertos, y distribuyen la luz en forma de reflexión, usando pantallas, difusores, superficies reflectoras o iluminación rasante. Casi nunca muestran la fuente de luz (lámpara) de forma directa.

La luz artificial no únicamente busca imitar la natural, sino generar emociones y acompañar. Foto: José Luis San Román
La luz artificial no únicamente busca imitar la natural, sino generar emociones y acompañar. Foto: José Luis San Román.

El uso que hacemos de la luz, o las características de ésta que potenciamos, refleja, pues, nuestro modo de pensar, nuestras estructuras internas, nuestra concepción de la realidad, la importancia que le damos a unos actos cotidianos por encima de otros, convirtiéndose en pequeños rituales más que en simples necesidades fisiológicas. Del mismo modo que la ropa o la gastronomía, nos muestra quiénes somos y de dónde venimos.

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