TECNOLOGÍA
La neuromodulación farmacológica busca reprogramar la comunicación sináptica

El cerebro humano: “Yo, el rey”

Mónica Daluz, periodista experta en la industria farmacéutica

28/01/2026

Su extrema complejidad es su seña de identidad. Pero hoy, tanto las estructuras como el endiabladamente vasto cableado del cerebro —el conectoma— son algo menos indescifrables gracias a tecnologías que permiten “ver” qué ocurre ahí dentro cuando pensamos, cuando recordamos, cuando aprendemos, cuando predecimos o cuando tomamos decisiones. Proyectos como el Human Brain Project y el BRAIN Initiative nacieron con el objetivo de aplicar este conjunto de técnicas a la comprensión del funcionamiento del cerebro mediante la reproducción digital de su diseño, tratando de obtener un mapa computacional del órgano rey. Aún no se ha logrado, pero ahora sabemos, por ejemplo, que en muchos procesos cognitivos la unidad funcional no es la neurona, sino conjuntos de neuronas; que existen neuronas que, dispersas en el espacio, se activan al mismo tiempo ante un mismo concepto, cualquiera que sea el modo en que se presente el estímulo: las llamadas neuronas de concepto o neuronas de Jennifer Aniston; o que hay evidencia del engrama, la huella física de un recuerdo. En las próximas décadas curaremos reprogramando circuitos neuronales con fármacos que frenarán el Alzheimer, neuronas de reemplazo en Parkinson, terapias génicas para epilepsias y ELA, y neuroprótesis capaces de devolver voz y movimiento. Leer el pensamiento —para la comunicación con pacientes en coma, por ejemplo—, o borrar recuerdos —en el tratamiento de traumas—, son algunas de las intervenciones en neuromodulación que podremos controlar en un futuro. Ante esta perspectiva, se abre el debate sobre neurodatos y neuroderechos; ya han legislado al respecto Chile y varios estados de Estados Unidos, como Colorado, California y Montana. Los nuevos hallazgos, además de responder a preguntas que llevan mucho tiempo abiertas, podrían resolver otras nuevas, incluso algunas a las que habíamos casi descartado dar respuesta desde la ciencia; un nutrido sector de la comunidad científica está volcado en hallar dónde reside o cómo se produce biológicamente la consciencia. Pero no nos engañemos —y no nos frustraremos—, el órgano más importante de nuestro cuerpo es, sin lugar a dudas, el mayor desconocido de la ciencia. Hallazgos sí, y muchos, y muy importantes, pero entender lo que se dice entender, todavía no. Situadas ya las expectativas reales ante la lectura de este reportaje, ahora sí, pónganse cómodos. ¡Arrancamos!

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De la medusa a la máquina de pensar

Los seres humanos pensamos, recordamos, imaginamos, decidimos y sentimos porque grupos de neuronas se conectan entre sí mediante procesos químicos y físicos. Las rutas neuronales resultantes en cada instante dependerán, en buena medida, de lo que pase “fuera”, es decir, del entorno. Cuanto perciben nuestros sentidos es decodificado en forma de impulsos eléctricos y sustancias neurotransmisoras que vendrán a conformar nuestra, subjetiva, idea del mundo. Y ese entramado de conexiones, las sinapsis, es la base del pensamiento, la percepción y la memoria.

Como resume el profesor Rodrigo Quian-Quiroga, descubridor de las neuronas de concepto, “lo que da lugar a nuestra mente es simplemente la actividad de billones de neuronas”. Y lo que percibimos no es lo que existe sino lo que nuestro cerebro cree que existe. O, en palabras del profesor Rafael Yuste, ideólogo del proyecto BRAIN: “Cada uno de los sentidos está diseñado por la evolución para ayudarnos a sobrevivir y a reproducirnos. Eso es todo”. Incluso si, para ello, el nuevo órgano debía convertirse en la más portentosa fábrica de ficción.

“Besos sinápticos”, así llamó Ramón y Cajal a ese momento en el que se produce la comunicación interneuronal...
“Besos sinápticos”, así llamó Ramón y Cajal a ese momento en el que se produce la comunicación interneuronal, que da lugar a todo cuanto somos o creemos ser.

Desde el punto de vista evolutivo, la aparición del sistema nervioso se asocia al movimiento. Las primeras formas animales fueron ganando tamaño y necesitaron expandir su radio de abastecimiento; una simple comunicación química con el medio ya no bastaba para perpetuarse. Movernos implicó, además del control sobre los músculos, la aparición del comportamiento. “Esto explicaría cómo el sistema nervioso genera un modelo del mundo, un teatro mental, como una especie de realidad virtual, y utiliza la información que viene del exterior a través de los sentidos para ajustar el modelo y predecir el futuro de una manera más precisa. Todo ello, para poder escoger el comportamiento que sea más efectivo y asegurarse la supervivencia”, explica Rafael Yuste, profesor en la Universidad de Columbia, en su libro divulgativo, 'El teatro del mundo'. Predecir el futuro es, pues, el origen de la inteligencia y la razón por la que aparece el sistema nervioso en la evolución. El tándem aprendizaje-memoria vendría a completar las funcionalidades que hicieron a nuestro cerebro desarrollarse, en todos los sentidos, de un modo sin precedentes. La fonación articulada y pensar con palabras hicieron el resto. Y aquí estamos.

Pero ¿cómo trabaja el cerebro, cómo funcionan sus mecanismos? Hay consenso científico en que descifrarlo es el único modo de llegar a curar enfermedades del sistema nervioso, además de, quizá, “ser capaces de comprendernos a nosotros mismos por primera vez”, como suele decir el profesor Yuste. En cualquier caso, lo que está claro es que el órgano trabaja en conjunto, todo a la vez; es un sistema complejo.

En la actualidad, estamos asistiendo al mayor cambio de paradigma en neurociencia desde que Ramón y Cajal sentara las bases de la neurociencia moderna. Hemos pasado de la teoría neuronal a la teoría de redes neuronales, basada en la actividad de conjuntos de neuronas. Hoy tratamos de conocer qué grupos de neuronas se activan con cada proceso, tanto biológico como cognitivo, para intervenir en ellos con fines terapéuticos. Ya podemos ver, marcar, modificar, borrar —inhibir— y hasta guardar digitalmente, las rutas sinápticas.

Nuevo paradigma: red distribuida

El hasta ahora impenetrable escenario donde todo ocurre se expresa ya en primera persona; gracias a la tecnología, el cerebro nos muestra algunos de sus secretos. Un diálogo que no ha hecho más que empezar.

En los últimos años se han realizado avances espectaculares en tecnologías de imagen, registro funcional, supercomputación y modelado algorítmico, entre otras, que abren nuevas vías para el abordaje de enfermedades del sistema nervioso. Grandes iniciativas internacionales, como la BRAIN Initiative estadounidense o el Human Brain Project europeo, han buscado cartografiar todas las conexiones del cerebro, el conectoma, con el objetivo de conocer tanto su estructura física como sus patrones funcionales. El Human Brain Project (HBP), impulsado por la Unión Europea entre 2013 y 2023, con una destacada participación de investigadores españoles como el neuroanatomista Javier DeFelipe, se propuso construir una plataforma informática capaz de integrar datos, modelos y simulaciones del cerebro humano. Aunque no ha logrado recrear un cerebro completo, el proyecto ha aportado infraestructuras digitales, herramientas de simulación y marcos conceptuales que han acelerado el estudio de las redes cerebrales, su relación con la consciencia y el desarrollo de redes neuronales artificiales. El BRAIN Initiative, por su parte, lanzado en Estados Unidos en 2013 durante la presidencia de Barack Obama e impulsado científicamente por el neurocientífico español Rafael Yuste, ha sido clave en el desarrollo de tecnologías para registrar y modular la actividad de circuitos neuronales.

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Mientras se avanza en la comprensión del sistema al completo, ya se han alcanzado logros que parecían imposibles hace tan solo una década. Como detalla Quian-Quiroga, en su libro 'Cosas que nunca creeríais: De la ciencia ficción a la neurociencia': “Implantar una memoria, leer la mente, comunicarse con pacientes en coma, predecir la decisión de una persona segundos antes de que la tome, crear cyborgs o volver a hacer caminar a un paralítico, ya no es una quimera. Es una realidad sólida y verificable que nos tiene deslumbrados a los neurocientíficos”.

El nuevo paradigma ha desplazado el foco desde la neurona individual hacia la actividad coordinada de conjuntos de neuronas, y hoy ya es posible identificar qué grupos de neuronas se activan con cada proceso. Un ejemplo emblemático son las neuronas de concepto, descritas por Quian-Quiroga, que responden a una idea o concepto concreto, muy específico, independientemente del estímulo sensorial —imagen, palabra o sonido— y que ilustran cómo el cerebro representa la información de forma distribuida, abstracta y no localizada en un único punto. Durante unas pruebas clínicas en pacientes con epilepsia a los que se habían implantado electrodos intracraneales, se observó que una neurona respondía siempre a referencias a Jennifer Aniston, y de ahí el nombre con el que se han popularizado.

Una de las funciones que definen nuestra condición de humanos es el proceso de cognición; por ello, las investigaciones están centradas en las funciones cognitivas, como el aprendizaje, la memoria o la formación de recuerdos. Avances experimentales recientes han permitido identificar la base física del recuerdo en el cerebro. Los trabajos de la neurocientífica Mara Dierssen y de otros grupos han demostrado que los recuerdos se sostienen en el llamado engrama, un conjunto específico de neuronas que se activa durante el aprendizaje y vuelve a activarse al recordar. Gracias a técnicas como la optogenética y la farmacogenética, hoy es posible identificar estos circuitos y manipularlos de forma selectiva, de momento en animales, abriendo la puerta tanto al borrado, es decir, a inhibir esa ruta sináptica, como a la recuperación de recuerdos. Se estudia la alteración del engrama en trastornos neurológicos y del neurodesarrollo, como el síndrome de Down o la enfermedad de Alzheimer.

Pero ¿cómo estas técnicas consiguen modificar un recuerdo a voluntad? Sintetizando: observamos qué células se activan al incorporar una nueva información —aprendizaje—, las marcamos, y ya lo tenemos. En modelos animales se ha demostrado que al reactivar exactamente las mismas células, el animal recuerda la información. Para activar o inactivar selectivamente un grupo de neuronas, se introducen proteínas que se activan con luz (optogenética) o que reconocen un fármaco (farmacogenética). Aunque no existen fármacos capaces de borrar engramas específicos, sí hay compuestos que modulan su estabilidad, reactivación y reconsolidación, debilitando recuerdos patológicos o reduciendo su carga emocional. Se utiliza en trauma, adicciones o depresión, con el objetivo, no de olvidar sino de desactivar los circuitos que mantienen el sufrimiento.

El profesor Ignacio Morgado, catedrático emérito de Psicobiología de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), nos resume así el estado del avance en neurociencias: “La neurociencia está continuamente descubriendo nuevos detalles del funcionamiento de las neuronas y del cerebro en general, incluyendo características particulares y muy precisas de las grandes enfermedades mentales como el Alzheimer, el Parkinson, la esquizofrenia o el autismo, pero ese conocimiento no nos permite todavía saber cómo prevenirlas o curarlas. La neurociencia de hoy trabaja con una combinación de tecnologías de biología molecular, fisiológicas, farmacológicas y de neuroimágenes, y ahora también con inteligencia artificial; el cerebro humano es tan complejo que solo con la combinación orquestada de esas y otras técnicas podemos seguir avanzando en su conocimiento”. Y añade: “No es descartable que en cualquier momento surjan nuevos conocimientos que nos permitan avances en el desarrollo de terapias para esas grandes enfermedades mentales, pero, por ahora, curar alguna enfermedad mental, especialmente las que, como el Alzheimer, avanzan con la edad de las personas, es el gran reto y objetivo de la neurociencia y la sociedad”.

Más dianas terapéuticas

La convergencia entre neurociencia, tecnologías de observación cerebral e inteligencia artificial permite hoy identificar circuitos alterados, seguir su evolución en el tiempo y definir ventanas terapéuticas más precisas. Tecnologías como la resonancia magnética funcional, el EEG o la PET han hecho posible pasar de correlacionar el síntoma con una región cerebral a la identificación de redes completas implicadas en procesos cognitivos y patológicos. Ya se utiliza en Alzheimer, depresión resistente y epilepsia.

Uno de los consensos a los que se ha llegado es que muchas patologías del sistema nervioso no comienzan con la muerte neuronal, sino con la disfunción sináptica y la alteración de redes. En demencias, por ejemplo, los recuerdos no desaparecen de forma súbita: primero se vuelven inaccesibles porque los circuitos que los sostienen dejan de funcionar de manera coordinada. Este cambio conceptual ha modificado el objetivo terapéutico, que ya no es solo proteger neuronas, sino preservar la función sináptica y la conectividad mientras el cerebro aún conserva plasticidad. El recuerdo se convierte así en una nueva diana terapéutica.

Desde el punto de vista farmacológico, las principales líneas de intervención se dirigen a preservar o modular la función sináptica. Los inhibidores de la acetilcolinesterasa no detienen la neurodegeneración, pero en fases iniciales pueden mejorar el acceso funcional a recuerdos existentes. Los moduladores glutamatérgicos reducen la excitotoxicidad y protegen la integridad sináptica. Los fármacos modificadores de enfermedad, dirigidos frente a las proteínas amiloide y tau, buscan preservar las sinapsis en estadios tempranos. Otras líneas de investigación se centran en la neuroinflamación, los factores tróficos y el metabolismo sináptico.

Conocer el circuito afectado, la sinapsis que falla e incluso la conectómica individual permitirá diseñar fármacos más específicos, con menos efectos secundarios y mayor eficacia. Además, permitirá estratificar pacientes y anticipar quién responderá a una terapia génica, a una neuroprótesis o a una intervención farmacológica concreta.

También han cobrado protagonismo las terapias avanzadas, como el reemplazo celular, con implantes de neuronas derivadas de células madre o injertos de neuronas dopaminérgicas en Parkinson, o las terapias génicas y los oligómeros antisentido, que abren nuevas posibilidades en epilepsias genéticas, ELA y otras enfermedades hasta hace poco intratables.

La neuromodulación cerrada ya es una realidad en el tratamiento de la epilepsia resistente a fármacos: dispositivos implantables detectan la actividad cerebral anómala y la corrigen en tiempo real. Paralelamente, avanzan las interfaces cerebro-máquina y las neuroprótesis, que permiten traducir señales cerebrales en movimiento o lenguaje, abriendo nuevas posibilidades para personas con parálisis o alteraciones de la consciencia.

En este contexto se sitúa el proyecto NeurSpeechXAI, de la Universidad de Granada, cuyo objetivo es desarrollar neuroprótesis capaces de interpretar la intención comunicativa a partir de la actividad cerebral y convertirla en texto o voz sintética. Iniciativas como Neuralink avanzan asimismo en el desarrollo de interfaces implantables que permiten la interacción directa entre el cerebro y dispositivos externos.

Ya hay 12 personas en el mundo con implantes cerebrales Neuralink para el control de brazos robóticos mediante el pensamiento, y su fundador, Elon Musk, ha anunciado para este año su producción en masa. En este contexto de neuromodulación implantable, y según el último análisis de Mordor Intelligence, el mercado global de neuroprótesis atraviesa una fase de expansión acelerada, con un valor estimado de 13.430 millones de dólares en 2025 y una proyección de 23.490 millones en 2030, impulsado por una tasa de crecimiento anual cercana al 12%. Parece claro que el futuro del abordaje terapéutico del sistema nervioso apunta a la integración de fármacos, dispositivos y datos.

Fármacos y dianas en la reprogramación de circuitos neuronales

Tipo de fármaco

Patología y forma de actuar (con ejemplos)

Inhibidores de la acetilcolinesterasa

En demencia (Alzheimer), mejoran la transmisión sináptica colinérgica y el acceso funcional a recuerdos en fases iniciales (donepezilo, rivastigmina, galantamina; en uso clínico).

Moduladores glutamatérgicos

En demencia y epilepsia, reducen la excitotoxicidad y protegen la integridad sináptica (memantina; en uso clínico).

Fármacos modificadores de enfermedad (anti-amiloide / anti-tau)

En Alzheimer temprano, buscan preservar la función sináptica al reducir la toxicidad sináptica (anticuerpos anti-amiloide aprobados en algunos países y otros en fases avanzadas de evaluación).

Fármacos pro-plasticidad

En depresión resistente, inducen cambios rápidos en la plasticidad sináptica y reorganización de redes (ketamina/esketamina; uso clínico controlado).

Moduladores de la reconsolidación de la memoria

En trauma y adicciones, pueden reducir la carga emocional de recuerdos patológicos al interferir en su reactivación (en estudio clínico).

Terapias génicas y oligómeros antisentido (ASO)

En epilepsias genéticas y ELA, actúan sobre genes o proteínas implicadas en la formación de circuitos (algunas aprobadas de forma condicionada y otras en ensayo).

Fármacos de soporte en terapias avanzadas

En neuroprótesis y neuromodulación implantable, favorecen la plasticidad sináptica y reducen la neuroinflamación para mejorar la integración funcional (uso complementario).

 

¿Cómo se forman los recuerdos?

Cuando aprendemos algo, el cerebro recibe una información nueva y decide qué tipo de contenido es y para qué puede servir; evalúa su relevancia y su carga emocional. Si se trata de un hecho o una experiencia consciente —algo que ‘sabemos’ o que ‘nos ha pasado’— se forma una memoria declarativa, que puede ser episódica (experiencias personales) o semántica (conocimientos generales); este tipo de memoria pasa por el hipocampo y después se distribuye en redes de la corteza cerebral. En el hipocampo es donde se forman los recuerdos. Si la información corresponde a una habilidad o a un hábito —como conducir— se consolida como memoria procedimental, sin necesidad de pasar por el hipocampo. Cuando el aprendizaje está ligado a una emoción intensa, como el miedo o el placer, interviene la amígdala, y se forma una memoria emocional, que tiende a fijarse con especial fuerza. Y si la información solo se mantiene durante unos segundos, interviene la memoria de trabajo, vinculada a la corteza prefrontal. Aprendizaje y memoria forman un circuito inseparable.

Los últimos estudios han demostrado que los recuerdos no son registros fijos. Cada vez que se evocan, se reactivan y se reconstruyen, incorporando nueva información y reorganizando las redes que los sostienen. Por eso cambian con el tiempo y por eso pueden debilitarse, transformarse o reaparecer tras haber parecido olvidados.

No todos los recuerdos siguen el mismo circuito. Por eso una persona puede perder la capacidad de formar nuevos recuerdos conscientes —si se lesiona el hipocampo, de modo que no recuerda nada posterior al día de la lesión, como el citadísimo caso del paciente H.M. y argumento de más de una película— y, aun así, seguir aprendiendo habilidades o hábitos. En este proceso intervienen factores clave como la emoción, que, como decíamos, refuerza la huella mnésica, o el sueño, que es fundamental para consolidar los recuerdos. Hoy la memoria no se entiende como un archivo del pasado, sino como un sistema dinámico que anticipa el futuro.

¿Qué somos? ¿Quiénes somos? ¿Qué es la inteligencia, la emoción, la consciencia…?

El mayor reto de la neurociencia es hallar cómo y por qué los procesos físicos del cerebro dan lugar a la experiencia subjetiva: los qualia. Es lo que se llama ‘el problema difícil’, que no es entender cómo el cerebro procesa información, sino cómo de esa actividad emerge la experiencia subjetiva —la vivencia del color, del dolor, del tiempo o de la identidad personal—, y la consciencia de esa experiencia; la sensación de ser nosotros mismos y de pensar sobre nuestros pensamientos. En definitiva, qué nos hace humanos.  

¿Qué sabemos de la consciencia? Qué es, cómo se genera, dónde está y adónde va… Se lo hemos preguntado al profesor Morgado: “La consciencia es el estado de la mente que perdemos al dormir sin soñar o cuando nos anestesian en un quirófano, pero su verdadera naturaleza no la conocemos ni podemos estar seguros de que la podamos conocer con un cerebro como el de los humanos de hoy. No está en ninguna parte porque es un proceso funcional y no algo que pueda situarse en algún lugar. El movimiento, por ejemplo, no está en la rueda, es algo que hace la rueda. Sí sabemos que la consciencia se genera en la parte más desarrollada del cerebro, es decir, en la corteza cerebral, por lo que es posible en todos los animales, particularmente los mamíferos y las aves, que tienen muy desarrollada esa parte del cerebro”.  Sin ir más lejos, los medios generalistas se hacían eco hace unos días del caso de Veronika, una vaca que mostraba comportamientos de reconocimiento, apego y aprendizaje complejos. El rumiante, que ha asombrado a la comunidad científica por el uso flexible de herramientas, ha sido criado como animal de compañía en una finca austríaca; un entorno enriquecido, con estimulación, juego, aire libre e interacción social, parece ser la explicación, según los investigadores de la Universidad de Medicina Veterinaria de Viena. El debate sobre la consciencia animal se ha intensificado en los últimos años.

¿Cuál es el barco de Teseo? Esta clásica paradoja se pregunta por la esencia del ser...
¿Cuál es el barco de Teseo? Esta clásica paradoja se pregunta por la esencia del ser. Si a lo largo del tiempo todas las piezas se van sustituyendo, ¿sigue siendo el mismo barco? Y si con las piezas desechadas se construye un barco en otro puerto, ¿cuál es entonces el barco de Teseo? Hoy, en la era del transhumanismo anunciado, esta fábula cobra actualidad.

Desde 2022, la legislación española reconoce a los animales como seres sintientes, pero los avances en neurociencia sugieren que la frontera entre sentir, aprender y tener una forma básica de experiencia subjetiva podría ser menos nítida de lo que creíamos.

No existe una única definición de inteligencia. Depende del marco —biológico, psicológico o computacional— y del tipo de inteligencia al que nos refiramos —hay hasta ocho—. Desde un punto de vista neurobiológico, la corteza cerebral es clave para las funciones cognitivas superiores: lenguaje, memoria consciente, razonamiento, toma de decisiones o autoconciencia. Para muchos autores, la inteligencia está ligada a la acción —manipulación de herramientas, modificación del entorno—, sin embargo, cada vez hay más consenso en que, como defiende el paleoantropólogo Eudald Carbonell, el gran salto evolutivo no es solo biológico, sino social y cultural. La transmisión acumulativa de conocimiento durante miles de generaciones —lenguaje, técnicas, símbolos— podría explicar el paso de animal a secas a animal racional.

La consciencia está tratando de ser explicada desde distintos ámbitos. Hay teorías, ya desde Penrose, que sugieren que procesos cuánticos en el cerebro (como los microtúbulos neuronales) podrían ser la base de la consciencia. Estas investigaciones exploran cómo la información cuántica podría generar la experiencia subjetiva y la sensación de libre albedrío, aunque son especulativas; estamos lejos de hablar de un ‘cerebro cuántico’. Lo que sí han demostrado estudios recientes de neuroimagen es que la actividad cerebral que conduce a una acción puede detectarse antes de que la persona sea consciente de haber tomado la decisión, lo que cuestiona la noción de libre albedrío.

Con relación a la llamada ‘lucidez terminal’, ésta está descrita y en estudio: son episodios breves de claridad mental en personas con demencia avanzada o daño cerebral poco antes de morir. Algunos pacientes con Alzheimer recobran lucidez de manera transitoria en las horas o días previos al fallecimiento, momentos en los que recuperan brevemente capacidades cognitivas y reconocimiento de personas. El fenómeno podría reflejar una reactivación puntual de redes neuronales y recuerdos que no habían desaparecido, sino que permanecían inaccesibles. Sobre las ECM, experiencias cercanas a la muerte, analizadas por el doctor Manuel Sans Segarra, la neurociencia apunta a explicaciones basadas en la activación de redes de memoria, emoción y consciencia bajo condiciones extremas. La aportación de Sans Segarra sobre una consciencia no local o supraconsciencia, hasta el momento, no ha sido demostrada.

La irrupción de las interfaces cerebro-máquina abre un escenario inédito en el que se está desdibujando el límite entre lo biológico y lo artificial. Este horizonte plantea preguntas como: ¿qué ocurre con la identidad cuando la mente puede ser ampliada o sustituida? ¿Dónde empieza y dónde termina el yo? El transhumanismo avanza mientras la inteligencia artificial todavía tiene muchos retos en su objetivo de imitar a un humano. Entre ellos, uno clave: el cerebro realiza sus ‘cálculos’ con una eficiencia energética muy superior a la de las máquinas actuales, lo que sugiere que reproducir la inteligencia humana podría requerir no solo más potencia de cálculo, sino sistemas biológicos o híbridos que imiten su modo de procesar la información. Como ha señalado Bill Gates, “la inteligencia humana no consiste solo en acumular datos, sino en conectar experiencias, intuición, emoción y conocimiento práctico, una cualidad que sigue siendo difícil de replicar en las máquinas”.

Epílogo

“El mejor regalo que me hizo mi padre fue… la pobreza”, Roberto Benigni.

Las palabras que el director del filme 'La vida es bella' pronunció al recoger el Oscar a mejor director en 1999 muestran cómo el significado que damos a lo que tenemos (o no tenemos) y las expectativas que construimos condicionan la experiencia de vivir y determinan nuestra satisfacción vital. El discurso proseguía: “Éramos cinco: mis padres, mis dos hermanas y yo. Solo teníamos una cama. Dormíamos todos juntos. En nuestra miseria… ¡éramos príncipes!”.

En las últimas décadas, en las sociedades occidentales, el nivel de vida ha aumentado de forma sostenida, pero también lo han hecho la depresión, la ansiedad, el consumo de psicofármacos y la sensación de vacío vital. La OMS habla de la depresión como una de las principales causas de discapacidad global. En países ricos, el suicidio y los trastornos mentales afectan cada vez más a clases medias y altas, y estudios de bienestar muestran que el aumento de ingresos no se traduce linealmente en mayor felicidad, lo que se llama la paradoja de Easterlin.

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¿Y qué dice la neurociencia? Pues que el cerebro humano no está diseñado para la acumulación indefinida de bienes, sino para aprender, anticipar y encontrar propósito. Aprender es una necesidad biológica: cada experiencia modifica las conexiones neuronales y da forma a nuestra identidad. Cuando la vida pierde significado, el sistema que sostiene la motivación, la emoción y la memoria se desajusta. En felicidad, lo más determinante es la personalidad —rasgos innatos y biológicos—, no el carácter —parte aprendida y moldeada por la experiencia, la educación y la cultura—. Parece haber consenso, tanto desde la psicología como desde la genética del comportamiento, en que aproximadamente un 40-50% de la predisposición a la felicidad es heredable, un 10% depende de las circunstancias externas —de lo que a uno le pasa— y el resto, un 40-50%, de hábitos, interpretación y conducta. Se sabe que las expectativas no realistas y factores psicológicos como el ego y el apego distorsionan nuestra percepción del bienestar. Pero el propósito vital y tener alineados valores, expectativas y acciones —pensamiento, emoción y acción— se erigen en pilares clave para el bienestar psicológico. La comparación, el exceso de estímulos o la productividad autoimpuesta —como explora Byung-Chul Han en su obra 'La sociedad del cansancio'—, generan un desgaste emocional que lleva a la enfermedad —depresión— como respuesta al entorno. La depresión causa la pérdida de conexiones sinápticas y una reducción de la sustancia gris cerebral, lo que incrementa el riesgo de enfermedades neurodegenerativas.

Entretanto, tenemos entre manos una realidad acuciante que atender. Nunca antes los jóvenes habían tenido tantas oportunidades materiales y, al mismo tiempo, tantos indicadores de malestar psicológico. Un entorno que no genera confianza priva de tomar decisiones vitales en verdadera libertad. Diversos estudios sociológicos muestran que una parte creciente de los jóvenes está dispuesta a priorizar la seguridad y la estabilidad a costa de parte de su libertad, un síntoma de la inseguridad vital y del clima de incertidumbre de las sociedades contemporáneas. Desde el punto de vista neurobiológico, en contextos de incertidumbre, el cerebro humano tiende a privilegiar la seguridad frente a la exploración. Aunque emoción y razón actúan siempre de forma conjunta, la inseguridad y el miedo activan la amígdala, el cerebro emocional, y está demostrado que en ese estado se toman peores decisiones —menos reflexivas y menos racionales—. Le hemos preguntado al profesor Morgado hasta qué punto estos nuevos conocimientos neurobiológicos están transformando la psicología como ciencia y como práctica profesional, a lo que responde: “Las técnicas de investigación en neurociencia son cada día más refinadas y complejas, requiriendo, como decimos, la colaboración de especialistas diversos y de centros dotados de tecnología avanzada. No obstante, muchas de las técnicas que utiliza la psicología no requieren de conocimientos neurocientíficos profundos y pueden seguir funcionando mientras la neurociencia avanza con nuevas aportaciones que pudieran requerirlos. Desde la epidemia del COVID, la psicología profesional ha ganado reputación y realiza un gran trabajo en relación con alteraciones mentales frecuentes como las dificultades en el aprendizaje, el estrés o las adicciones a drogas u otros consumos del mundo moderno”.

Por lo que respecta al ámbito educativo, la aportación de la neurociencia es todavía modesta; esta disciplina, como advierte Ignacio Morgado, “lo que viene haciendo o puede hacer hoy es explicar por qué funcionan los buenos procedimientos educativos y por qué no funcionan los malos”. En cuanto a estimulación temprana, la investigación en neurodesarrollo muestra que aquellas basadas en el movimiento, el contacto físico y la relación cercana y receptiva con los adultos —como el gateo, la psicomotricidad fina, la lactancia o el método canguro— se asocian a una modulación favorable de los circuitos neuronales implicados en la percepción y la acción, así como de los sistemas emocionales y de regulación del estrés. Por el contrario, las intervenciones que inhiben la respuesta al malestar temprano —como el método Estivill tan popular en los años noventa— no han demostrado beneficios neuroestructurales y sí se han vinculado a un aumento del estrés y a alteraciones en los procesos de apego. En cualquier caso, “los grandes y buenos maestros de siempre —concluye Morgado—, desde Aristóteles hasta nuestros días, han conocido y utilizado las mejores técnicas de enseñanza y aprendizaje sin tener conocimientos de neurociencia. Lo bueno del cerebro es que puede usarse provechosamente incluso sin saber bien cómo funcionan sus neuronas y circuitos. A quien tiene que afrontar un complejo mundo educativo, como el de la adolescencia, le puede ser más útil recurrir a la experiencia profesional, es decir, a la de los buenos maestros y educadores, que tratar de darse un complicado baño de neurociencia, lo cual, como decimos, puede servir sobre todo para justificar científicamente lo que funciona y lo que no en el mundo de la educación, pero no siempre para solucionar problemas de naturaleza muy complicada que, además de biológicos, son también sociales”.

Y es que somos muy complejos. A veces, incluso inexplicables. Los científicos dudan de que algún día se pueda conocer por completo el funcionamiento del cerebro. Ellos son más conscientes que nadie de la magnitud de este reto. Queremos curar enfermedades, entender quiénes somos y entender a nuestros semejantes, saber por qué tenemos sensación de identidad, si el libre albedrío es real o si la consciencia puede no necesitar soporte físico. Pero no podemos comprender más allá de lo que nuestro cerebro está capacitado biológicamente para concebir o nuestros sentidos para percibir.

Como individuos, el conocimiento nos muestra la inmensidad del saber, y esa toma de conciencia nos sume en una experiencia de pequeñez, de granito de arena, de saber que no sabemos nada, que, paradójicamente, nos infla de una especie de gratitud vital.

Y es que querer comprender cómo funciona el cerebro es como querer tener todo el conocimiento del Universo en nuestras manos. Tal vez esa pulsión, la de querer saber, sea aquel aleteo de mariposa que, en algún momento de la evolución, marcó la diferencia entre un destino de extinción y otro de supervivencia.

En cualquier caso, hoy, como siempre, el hombre continúa… en busca de sentido.

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