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Libro blanco del MAGRAMA sobre ‘la trashumancia en España’

Redacción oviespana.com27/09/2013

Si existe una idea, una entidad, capaz de mostrarse al mismo tiempo como escenario y como factor de las respuestas más eficaces a los retos nuevos y complejos que afrontan las sociedades de nuestros días, es el Territorio. Durante demasiado tiempo, nuestro desarrollo ha querido descansar en soluciones basadas en la suma de supuestos avances sectoriales, determinados casi siempre por separado y “desde arriba”, sin detenerse a valorar las posibilidades del trabajo multilateral, e inspirado por la experiencia local de los problemas.

La evidencia ha mostrado, de forma abrumadora, la debilidad estructural de esta clase de respuestas, y la necesidad de que sea la visión integradora, transversal, y capaz de superar compartimentos estancos e intereses temáticos, la que oriente la definición de las tareas de futuro. Y en el medio rural español, eso significa, de manera inequívoca, devolver el protagonismo al territorio.

Fruto de los pensamientos y las emociones humanas, el territorio se nos presenta, no obstante, como una realidad tangible e inevitable; como la envolvente que caracteriza nuestras acciones y relaciones, a la vez que resulta modificada por ellas: El Lugar insustituible en el que transcurren nuestras vidas, y en el cual, por ese sencillo y rotundo motivo, deben coexistir, de modo coherente y duradero, los distintos usos, aprovechamientos, enfoques e intereses que coinciden sobre cada paisaje.

Y si la apuesta se llama territorio, necesariamente ha de llevar los apellidos de sus esencias: proyecto y cohesión. Ningún conjunto de patrimonio territorial puede hoy sobrevivir exclusivamente como reflejo de un pasado aglutinante, si la sociedad que lo tutela no formula, a partir de él, un objetivo común, un vector de futuro, una idea central capaz de expresar identidad no excluyente y, al mismo tiempo, proponer soluciones locales con conciencia global. Y pocas propuestas dignas de consideración podrán ver la luz como fruto de iniciativas dispersas, ajenas al consenso, sin el respaldo que proporciona la cohesión territorial.

Concepto de moda en los nuevos instrumentos políticos y jurídicos de la construcción europea, la cohesión territorial se expresa, hoy como ayer, en términos de comunicación y vertebración; en ideas que agrandan la importancia de los caminos. Caminos que enlazan costas con montañas, memoria con porvenir, urbes anhelantes con campos prestos a recuperar su pleno valor. Nuestro medio rural será vivo y activo, o no será. Y vivo y activo significa, obviamente, dotado de población estable y de economía diversificada. Pero también, de modo inevitable, significa conectado; significa vertebrado por caminos que se transitan, y que constituyen cauce de información, intercambio, relación, existencia. Cuando esos caminos, además, son almas y portavoces de sus paisajes, el futuro resulta del todo prometedor.

Reflejar en los caminos la vocación de los lugares, los motivos que los hacen singularmente habitables y queridos, es el triunfo mayor.

Y es esto lo que ocurre con la trashumancia. Cordeles, cañadas, veredas, todas las vías pecuarias se han nutrido, durante siglos, de lo que sucedía en el campo; han sido sinónimo de trama vital, de economía viable y duradera, precisamente, por su vínculo con el territorio. Y así, en términos de hoy, debe seguir siendo. Porque siguen ahí. Algo dañados, pero bien dispuestos, esperando su nuevo turno, queriendo demostrar su inmensa capacidad como soporte de un fenómeno ecológico, económico, sociocultural y emocional de relevancia planetaria. Porque la trashumancia, reactivada en clave actual, no solo recupera saberes, restaura conexiones afines a la dinámica de los ecosistemas, y actúa como instrumento adaptador ante el cambio global. También, al mantener con pulso la red nerviosa de las vías, fija población, genera contacto y conocimiento, da pie a nuevas ideas de negocio, produce, en suma, sostenibilidad.

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