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Uniformes escolares: pasado y presente

Cuando ser colegial era una prueba de resistencia

Carmen Orús14/05/2019
Hay que partir de una realidad, no todos los niños podían asistir a las escuelas. Nos remontamos al siglo XIX y a la primera mitad del XX. Los padres no podían permitirse la compra de libros y materiales, ni un mínimo pago al colegio. El número mayor de alumnos se encontraba en la franja de 4 a 8 años. A partir de esta edad las niñas hacían las tareas del hogar para ayudar a la madre y cuidar de hermanos más pequeños; mientras que los niños acudían de aprendices a un taller, sin percibir ningún salario hasta que llegaban a dominar su oficio. Menos suerte corrían los que se enrolaban en las fábricas con un horario exhaustivo y por un mísero sueldo, pero vital para su familia.
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Este era el panorama hasta pasado el primer tercio del siglo XX. La gran mayoría de los españoles habían cursado únicamente primaria. Y podían considerarse afortunados frente a los niños que no habían pisado un colegio.

Más tarde, se impuso una normativa que no permitía niños trabajadores menores de 12 años. Fue un salto cualitativo porque, a esta edad, un niño ya pone de manifiesto sus habilidades y los padres optaban por algún aprendizaje más acorde con sus cualidades.

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Vive la diferènce!

Para que un hombre llegara a maestro se requería que tuviera 20 años, supiera leer y escribir, además de las 4 reglas y unas nociones de geografía.

Aunque no estaba bien visto que una mujer trabajara fuera del hogar, se contaban por miles las jóvenes con vocación para la enseñanza. Pero el Estado no estaba dispuesto a ponérselo fácil, por lo que creó la carrera de Magisterio que las candidatas debían cursas para llegar a maestras.

De modo que las escuelas se llenaron de señoritas con preparación. Más tarde, ante esta competencia, se exigió también a los hombres el título de maestro.

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Sin embargo, las maestras no se libraron de los obstáculos que el Ministerio había preparado para ellas. En un contrato de 1923, figura una cláusula que impone la soltería a las vocacionales educadoras. Explicita cómo deben vestir, el horario en que deben retirarse a sus casas y la prohibición de andar acompañadas caminando o en coche con hombres que no sean sus hermanos o su padre. Este tipo de cláusulas, aplicadas en todos los países occidentales, consiguieron que el adjetivo ‘solteronas’ calificara a todas las maestras.
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La vida en el aula

Sin duda, hay un factor en el comportamiento del alumnado de la época del que los profesores actuales no pueden disfrutar. Cuando entraba un maestro en la clase se hacía un silencio sepulcral. Y los alumnos, antes de acceder al aula, formaban filas perfectas manteniendo distancias y posiciones.
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Cantar era el preámbulo de la primera clase de la mañana. Los niños soñolientos desafinaban en la interpretación de los cantos patrióticos que les correspondían de acuerdo a su país.

Pero el silencio, los cánticos y las marchas cuasi militares se sucedían sin contratiempos gracias a que cada niño tenía impreso en su mente ‘el miedo al castigo’.

Penalizar a los pequeños por su comportamiento formaba parte de la buena educación, por lo que los maestros no se cortaban imponiendo castigos e incluso podían hacer volar su imaginación para crear nuevas variantes.

Tras una mirada retrospectiva a todos los países, considerados por aquel entonces civilizados, nos sorprendemos al constatar que los castigos aplicados son los mismos en todas partes.

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Los castigos ‘vintage’

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Los golpes de regla sobre las manos era la práctica más extendida. A veces se sustituían por la popular colleja y, en colegíos católicos, se practicaba el llamado ‘pellizco de monja’. Por su inmediatez, estos no eran ni de lejos los peores castigos.

Como pruebas de resistencia pueden considerarse las prácticas de obligar al alumno a permanecer arrodillado con los brazos en cruz, con o sin libros en las palmas de las manos; así como lo de encerrarlo en un pequeño cuarto oscuro o mantenerlo durante la clase de cara a la pared.

De humillantes calificaremos a los castigos más pintorescos como coronar la cabeza de un alumno con orejas de burro o los de poner una lengua de trapo en la boca de las niñas charlatanas y una mordaza para los niños que se comunicaban entre sí. Y en su alegato hay que dejar constancia de que no era cierto que hablaran, sólo susurraban.

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