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Según las estimaciones más optimistas, sólo un 28% de españoles tiene un dominio suficiente del inglés

La empresa española y el inglés. Un problema grave que exige soluciones radicales

28 de abril de 2008

Las empresas españolas se enfrentan a una dificultad añadida para su expansión internacional respecto a sus competidores europeos: el escaso conocimiento del inglés de sus empleados y de los jóvenes que se incorporan al mercado laboral.
Albert Esteves
Licenciado en ciencias económicas y empresariales. Empresario
'English-speaking travelers of Europe are often surprised at how few Spaniards speak English compared to the other countries they visit in Europe'.

Si no ha entendido esta frase no tiene por qué sentirse acomplejado. Forma usted parte de esa aplastante mayoría de españoles (un 72 por ciento según el Eurobarómetro) que confiesa no poder mantener una conversación en inglés. Lo cual sitúa España en el cuarto lugar europeo en el ranking de angloanalfabetos, sólo por detrás de Rumanía, Grecia y Eslovaquia. Si a ello le añadimos que la mayor parte de ese 28 por ciento que asegura conocer el idioma de Shakespeare afirma poseer un nivel medio, sin acreditación académica, entonces es para ponerse a temblar.

Si es usted un empleador y busca, pongamos por caso, una secretaria que pueda atender telefónicamente a un interlocutor en inglés, le aconsejo que descarte directamente aquellos currículums que en la casilla inglés figure lo de nivel medio. Lo más probable es que la susodicha candidata pueda aportar poco más que el socorrido ueitamomenplís.

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Pero lo que resulta más sorprendente -y más indignante- es que ella, como la inmensa mayoría de nuestros estudiantes, habrá estado cursando inglés en la escuela y en el instituto durante ¡diez años!. Tal vez, incluso haya obtenido alguna beca para pasar unas semanas de verano en Inglaterra o en Irlanda, donde habrá conocido a un montón de españoles e italianos y habrá practicado de todo, menos inglés.

Que esto es un problema, es obvio. Pero que su urgente solución es una cuestión de trascendental importancia para el futuro de nuestras empresas y de nuestra economía, tanto o más que las infraestructuras o el I+D+i, quizá no resulta tan evidente para una gran parte de la opinión pública.

Hoy el inglés es la nueva 'lingua franca' no sólo en el mundo empresarial o académico, sino en todo tipo de relaciones entre personas con idiomas distintos. No lo es el español, a pesar de sus casi cuatrocientos millones de hablantes. Ni, por supuesto, el francés o el alemán o el chino mandarín. El inglés, y sólo el inglés, nos permite viajar por todo el mundo civilizado con la casi certeza de poder ser atendidos, o al menos entendidos, en aeropuertos, hoteles, ferias, museos, universidades y, por supuesto, en todo tipo relaciones internacionales entre empresas.

Por eso el primer supuesto a desterrar es que el inglés es una lengua más entre la multitud de lenguas extranjeras que pueden ser aprendidas en la etapa educativa, intercambiable con el francés, el alemán o el árabe. No. Saber más idiomas es sin duda deseable, pero sólo el inglés es una materia instrumental indispensable, tan importante como las matemáticas, si no más.

Otro lugar común que deberíamos orillar es el que supone que la solución estriba en emitir las películas en inglés subtituladas en lugar de dobladas, como sucede en casi toda Europa. Esta sugerencia suele partir del propio sistema educativo, y de su conocida tendencia a externalizar la responsabilidad de sus fracasos. Es absurdo. Las televisiones, como el cine, son negocios que se rigen por la audiencia. Y en un país con tres cuartas partes de angloignorantes la emisión de programas en inglés tendería a disminuir la audiencia de los mismos a cotas mínimas. En todo caso, la proyección de películas en versión original será una consecuencia natural, en el futuro, de la extensión mayoritaria del conocimiento del idioma.

Por otra parte, y a la vista del lamentable nivel medio de nuestros estudiantes, algunos gobiernos autónomos, como la Generalitat de Catalunya, han decidido intentar poner remedio a la situación forzando a los universitarios a acreditar un dominio funcional del inglés, adaptado a cada titulación, para poder terminar la carrera. Es una medida bien intencionada y sin duda positiva, pero no afronta la raíz del problema.

Sólo el inglés nos permite viajar por todo el mundo civilizado con la casi certeza de poder ser atendidos, o al menos entendidos, ante cualquier eventualidad
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Después de diez años estudiando inglés en la escuela, la mayor parte de jóvenes son incapaces de mantener una conversación fluida
Debemos asumir sin ningún complejo que la responsabilidad fundamental en la enseñanza del inglés, como de las matemáticas, recae en el sistema educativo y en las etapas de enseñanza obligatoria. No es una opción individual de cada estudiante. Ni de sus familias, que en tantas ocasiones se ven obligadas a asumir gastos importantes para costear academias de idiomas, o clases particulares o estancias en el extranjero. Y ello por la sola razón de que el sistema educativo no ha ejercido su responsabilidad con la suficiente eficacia, a la vista de los resultados, lo cual cabe calificar como un fracaso global del sistema. Un lastre histórico, en palabras de Rodríguez Zapatero.

En la pasada compaña electoral, la mayor parte de partidos políticos han prometido afrontar este problema de forma decisiva. Incluso alguno se ha comprometido a tenerlo resuelto en diez años. Esa mayor sensibilidad es ya en sí misma un logro. Pero resulta poco creíble. Tanto menos cuanto la mayor parte de cabezas de cartel no son precisamente un ejemplo en el dominio del inglés, algo insólito en un político del siglo XXI. Pero sobre todo, porque la receta se basa mayoritariamente en ofrecer cursos de inglés a los maestros para que estos mejoren su nivel y puedan, a su vez, mejorar el de los estudiantes. O bien ofrecer centenares de miles de becas para que los alumnos puedan pasar una semanita de julio en Irlanda o en Escocia, donde aprenderán tanto inglés como español aprenden los turistas en Benidorm o en Torremolinos.

Así no vamos a resolver el problema. Si de veras queremos que nuestros jóvenes terminen sus estudios con un dominio suficiente del inglés debemos acometer medidas más radicales y más comprometidas. Para ello, y con toda modestia, me atrevo a sugerir algunas claves.

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La solución no pasa por dar formación a nuestros maestros ni por dar más becas para estancias en el extranjero. Se requieren medidas más radicales
En primer lugar, sería conveniente acotar el objetivo, aunque hacerlo pueda resultar poco académico. Si de lo que se trata -y de eso se trata- es de conseguir que los estudiantes adquieran un nivel de inglés estándar suficiente como para poder mantener una conversación fluida y entender un texto escrito, tal vez deberíamos hablar más de inglés funcional que de lengua inglesa. No es una cuestión de matiz, al contrario. Es determinante para fijar el programa de aprendizaje, que deberá basarse mucho más en los aspectos prácticos que en el conocimiento de la gramática o la ortografía.

Esto debiera facilitar, además, la contratación masiva de enseñantes nativos, llamémosles auxiliares o monitores para no herir la susceptibilidad de nuestro profesorado, en todos los niveles del sistema educativo. Medida mucho más rápida, mucho menos costosa y sin duda más eficiente que gastar los recursos en dotar de la suficiente competencia lingüística a nuestros maestros.

Habrá que vencer, claro está, la inevitable resistencia de los sindicatos del gremio, caracterizados por anteponer casi siempre sus intereses corporativos a los de la colectividad. Y eso va a requerir firmeza política y un alto grado de consenso social, más difícil lo primero que lo segundo.

Y, por último, establecer un nivel de exigencia mucho más alto que el actual para acceder a la universidad, no sólo para obtener el título. Un nivel suficiente que garantice que cualquier universitario pueda seguir sin dificultades una clase impartida enteramente en inglés. Sería un gran avance que nuestras universidades pudieran contratar profesores de cualquier país del mundo sin que el idioma fuese, como hoy, una barrera infranqueable en la mayor parte de titulaciones.

Quizá no baste sólo con eso. Tal vez habrá que añadir medidas complementarias como la creación de colegios bilingües, cursos gratuitos para adultos, centros de inmersión para los meses de verano, etc. Pero si no ponemos en práctica un plan de choque con medidas urgentes y radicales, mucho me temo que, dentro de diez años, nuestros visitantes europeos seguirán sorprendiéndose del escaso número de españoles capaces de hablar inglés, que es, por cierto, la traducción de la frase que iniciaba este artículo, encontrada al azar en Internet.

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