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IALD Enlighten Europe 2014: una cuestión de tiempo (de vida)

Alberto Barberá01/11/2014

Durante la performance que clausuraba el encuentro de diseñadores de iluminación de la IALD en Berlín, el equipo organizador, desplazado desde Chicago para la ocasión, descansaba satisfecho. Para el cierre habían organizado la actuación de un pionero de los efectos luminosos en conciertos de rock de los 60-70, el visualista residente del lisérgico Fillmore-East de New York Bill Scwarzbach.

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Quizás la celebración de la caída del muro nos había puesto a todos un poco nostálgicos. Los efectos psicodélicos, los fuertes colores saturados que conseguía extraer el señor Schwarzbach con sus pigmentos y sus ópticas, de forma completamente artesanal, me recordaban a las performances de Bruce McClure con proyectores de 16mm. Aquello fue “La era de las máquinas incandescentes”. Para los pioneros en esto de manipular en directo aparatos con fines sinestésicos y de construcción de experiencia visual, el tacto de sus máquinas conserva cierta calidez, cierto primitivo gusto sensorial. Con la sofisticación de la tecnología audiovisual, el hardware se ha vuelto cada vez más clónico e inescrutable, y ahora los interfaces físicos con la máquina son suaves, ergonómicos, fríos e indiferenciados como un teclado estándar de ordenador. Todo se reduce a una relación a nivel de software, con tal o cual programa de Video-Jockey. En la escuela me enseñaron que cuando se digitaliza una señal analógica, siempre se pierde información.

El diseño de iluminación tiene ya cierta edad y puede permitirse tirar de memoria para seguir sorprendiendo… Han sido dos días de inspiración compartidos por una cantidad muy respetable de participantes que afortunadamente no llegaron a convertirse nunca en masa y que habitaron sin problemas los espacios del Andel’s Hotel, situado en la zona Este de la ciudad, a veinte minutos de Alexanderplatz. El menú de tres “tracks” ha dado suficiente alimento, inspiración y claves como para satisfacer a los asistentes más expertos y exigentes. Yo, personalmente, he de reconocer que no he tenido suerte a veces al elegir las ponencias a las que he asistido, cosa que me pasa habitualmente y que me deja con una sensación de que hay todavía mucho que mejorar a la hora de organizar las sesiones de este tipo de eventos. Echo de menos la intervención de más profesionales de otros ámbitos que permitan nutrir el desempeño de nuestra profesión. Trabajar con luz, realizar procesos de diseño con herramientas técnicas, tecnológicamente avanzadas en un mundo en constante evolución, obliga a los profesionales a desarrollar conocimientos de varias disciplinas y a precisar de un constante reciclaje. Me parece un proceso apasionante, de aprendizaje continuo que, en realidad, se produce en prácticamente todas las profesiones que el ser humano ha inventado. Recibir las enseñanzas de profesionales ajenos a la práctica del diseño de iluminación se me aparece como una iniciativa llena de ventajas. La interdisciplinariedad (palabra prácticamente impronunciable cuando uno está sobrio) podría resultar la solución para congresistas como yo, siempre ávidos de intoxicar disciplinas y de mezclar técnicas, de aplicar conocimientos de otros mundos profesionales. Eso en cuanto a mis conclusiones generales del encuentro.

La cuestión temporal a la que alude el título de esta crónica, que sólo puede ser breve (y bastante audaz) por lo inmediata, apareció durante al menos una de las sesiones, y seguramente en alguna más, y de varias maneras. Se planteaba Kevan Shaw, durante una sesión dedicada al control de iluminación, lo que ocurre cuando la propiedad decide renovar el sistema de control de la instalación de iluminación o incluso plantear un retrofit de la fuente de luz, de un proyecto entregado. Dada la dificultad de reproducir el diseño original en estos casos, el señor Shaw aseguraba que debería volver a llamarse a aquél que planificó la instalación y fijó los niveles originales, para que reprodujera el resultado con un concepto (y sobre todo con unos resultados) fiel al original y al espíritu que lo engendró.

Otro aspecto interesante de la dimensión temporal, de la condición efímera y mortal de toda tecnología, tiene que ver con los datos sobre horas de vida de la tecnología LED, que son, a estas alturas, espeluznantes, aspirantes a reemplazar a la llama eterna del Olimpo. Tanto es así que los diseñadores comentaban con los fabricantes, en unas sesiones mixtas de intercambio, el hartazgo que ya todos comparten al tratar estos temas, y la prudencia con la que deben incluirse en los catálogos las horas de vida de los productos. Hoy en día, es la electrónica instalada en los equipos de regulación, alimentación y control de las fuentes de LED la que marca la fecha de caducidad del sistema, y es más relevante contar con una electrónica de calidad superior a la hora de asegurar unas condiciones óptimas de los productos tras un uso prolongado.

Más información sobre la IALD en su web:
http://www.iald.org/home.asp?lang=es

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