La Columna

Las dudas de Angelica

Francisco Ponce Carrasco30/06/2005

Ante el espejo del tocador miro mi rostro triste, mientras con gesto ausente paso, una y otra vez, el cepillo por mi pelo. Me está siendo muy duro el separarme de ti definitivamente. Te conocí hace dos años y veinte días. Llegaste cuando más lo necesitaba; eras un regalo envuelto en papel de celofán.
"La Columna" de Francisco Ponce Carrasco de Horticultura - 187, septiembre 2005.

Ante el espejo del tocador miro mi rostro triste, mientras con gesto ausente paso, una y otra vez, el cepillo por mi pelo.

Me está siendo muy duro el separarme de ti definitivamente.

Te conocí hace dos años y veinte días. Llegaste cuando más lo necesitaba; eras un regalo envuelto en papel de celofán.

Tu sencillez me sedujo desde el principio. Y conseguí hacerte a mi gusto.

Como mujer experta, mis manos ávidas exploraron tu cuerpo; tú también conociste mis más íntimos secretos; reímos juntos, lloramos juntos.

Cuantos días, al amanecer, me has despertado acariciando mis oídos con tú dulce música.

Hablábamos y hablábamos, el diálogo nos unía; en mis horas de soledad te busqué; siempre me ayudaste musitando un torrente de bellas palabras.

Con frecuencia presumí de tu compañía, especialmente ante mis amigas.

Cuando eras tú quien me llamaba, acudía con premura para atenderte; nunca te separaste de mi lado, cuerpo con cuerpo unidos, caminamos por la vida, durante meses, años, pendientes el uno del otro.

Recuerdo con placer el mucho tiempo que viajé, comí, dormí: viví contigo.

Sin saber muy bien porqué, un día, los dos supimos que lo nuestro estaba acabando; ya no era igual. Vinieron los desencuentros, las interrupciones en nuestra comunicación. Todo parecía roto, yermo, gastado.

Me duele pensar que quizá otras manos te acariciarán de nuevo; a otras mujeres, en sus oídos, pondrás hermosas palabras. No será fácil explicar porqué ya no estamos juntos. Tendré que contar lo magnífica que ha sido nuestra primera etapa, cuando la vida era como un espacio en blanco que ambos deseábamos compartir y llenar con intenso fervor. Silenciaré el resto: la soledad, el hastío, la indiferencia final.

Ahora nos miramos, te veo viejo y anticuado, sobre todo porque me siento una mujer vital, renovada. Aunque acepto que soy un poco egoísta.

Enciendo la luz de la mesita de noche, pongo la radio y escucho una melodía de Camilo Sesto: Algo de mi, algo de mí, se va muriendo... Apago el receptor con rabia mientras me pregunto indignada porqué demonios tengo esta estúpida sensación de culpa, y la garganta, seca, incapaz de emitir palabra alguna; si al fin y al cabo sólo pretendo cambiarte por otro móvil.

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