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Consideraciones en el arbolado de gran porte

Los gigantes de nuestras ciudades

Javier Fernández Villameytide,José Juan Villagrán28/08/2002

Es difícil encontrar una ciudad que cuente con un arbolado adecuado. La mala planificanción de su ubicación o la mala gestión de su mantenimiento conduce a la retirada de la vía pública de la mayoría de los árboles de las ciudades.

Es difícil encontrar una ciudad que cuente con un arbolado de cierta entidad en lo referente a su edad y dimensiones dentro de su patrimonio arbóreo. La mala planificación de su ubicación, en unos casos, o la mala gestión de su mantenimiento, en otros, conduce a la retirada de la vía pública de la mayoría de los árboles de las ciudades mucho antes de alcanzar su esperanza de vida biológica. Como resultado, el conjunto general de árboles que se pueden encontrar en las calles está compuesto por plantas de talla media o baja, acorde con su corta edad.

A pesar de todo, algunos llegan a sobrevivir en un ambiente tan hostil para ellos como pueden ser las urbes. Estos se salvan a hurtadillas de los perjuicios ocasionados por aquellos que, precisamente, efectuaron su plantación años atrás, y llegan a alcanzar tallas espectaculares con el paso del tiempo: son los gigantes de nuestras ciudades. Árboles de alturas, diámetros y edades fuera de lo común que requieren una serie de cuidados especiales acordes con sus características.

Se intentará pasar revista a una serie de consideraciones que hay que tener en cuenta a la hora de abordar la gestión de este tipo de arbolado por parte de los responsables municipales, así como a los problemas que suelen originarse de la mano de estos magníficos gigantes.

No cabe duda de que el tratamiento que hay que efectuar para mantener estos árboles no puede compararse, ni mucho menos, con el que se pueda aplicar al resto del arbolado más joven. La primera y principal característica de su gestión es su carácter individualizado. A partir de ciertas edades o dimensiones, no valen los trabajos sistemáticos para alineaciones o plantaciones enteras. Cada árbol es una entidad con sus problemas y particularidades, y debe aplicarse un plan adaptado a cada uno de ellos.

Un problema es el de las pudriciones. Todos los árboles conviven con ellas a partir de cierta edad. La vida, como para todo el mundo, en ocasiones es muy dura y, tarde o temprano, esos momentos de debilidad son aprovechados por hongos de pudrición para instalarse a su antojo. La tarea será, en este caso, establecer el grado de desarrollo de esa pudrición y determinar qué partes del árbol han sido atacadas (raíces, tronco o ramas). A partir de esta labor, se desarrollarán los puntos principales del plan de gestión de ese individuo en la mayoría de los casos.

Así, por poner un ejemplo, una pudrición importante en la raíz puede dar lugar a la poda drástica y sistemática de la copa para disminuir su resistencia al viento a favor de la seguridad viaria o, incluso, a la tala directa del ejemplar. Otra medida, si las condiciones lo permiten, consiste en vallar un perímetro de seguridad alrededor del árbol afectado, respetando, por completo, su fisonomía, mientras contemplamos cómo completa su ciclo de vida hasta su "muerte" natural; algo que todavía es difícil de ver en nuestros parques, pero que ya viene haciéndose en otros países, como consecuencia de una nueva filosofía más humana de entender el árbol.

Cualquier disminución de la capacidad fotosintética del árbol puede poner en peligro su capacidad para afrontar situaciones de estrés o controlar ataques patógenos con los que pudiera estar conviviendo en ese momento. No hay que olvidar que el estado sanitario de un árbol anciano es más delicado, pues seguro que a lo largo de su vida habrá tenido que luchar contra multitud de ataques de todo tipo, que habrá superado con mayor o menor fortuna. Las podas radicales deben entenderse durante toda la vida del árbol, y con más razón en su madurez, como última medida de emergencia, para mantener la estabilidad del árbol, y no como medida terapéutica convencional.


Cedro del Líbano con estructura perfectamente desarrollada
con el paso del tiempo.


Resulta paradójica esa lucha por controlar sistemáticamente el volumen del árbol, bajo el amparo de todo tipo de podas "terapéuticas", de "formación", etc. cuando, por otro lado, convertimos en verdaderos símbolos de las ciudades y parques aquellos que muestran su magnífica belleza en todo su esplendor con el paso de los años.

Se entiende que el árbol de gran talla ya ha formado convenientemente su estructura a lo largo de su vida, y hay que limitar las acciones a la retirada de aquellas ramas que, por su estado seco, su grado de pudrición o su acción desestabilizadora, pudieran comprometer la seguridad de bienes o personas en un momento dado. La técnica de poda con trepa es muy adecuada para esta labor, por su capacidad para llegar a cualquier parte del árbol con el mínimo riesgo de lesiones a este. Únicamente será necesaria la utilización de grúas o plataformas en aquellos casos en que la decrepitud o el poco diámetro de las ramas no permitan un acceso seguro por parte del operario trepador.

Otro punto que hay que tener en cuenta es el estado del suelo en el entorno de estos ejemplares. Un porcentaje altísimo de los problemas que sufre nuestro arbolado urbano tiene su origen, directa o indirectamente, en las condiciones del suelo donde se sustenta. Un problema muy común acentuado con el paso del tiempo es la compactación por pisoteo continuado en el caso de parques urbanos. Dicho problema puede remediarse mediante el establecimiento de un área acordonada alrededor del árbol para impedir la impermeabilización que se origina en estos casos. En el caso de arbolado maduro en una calle o avenida, es muy común encontrar zonas de pavimento y acerado totalmente levantado por las raíces que se han ido desarrollando con el paso del tiempo para mantener en pie a estos gigantes. Lo único que puede hacerse, en estos casos, es planificar, desde un principio, el aumento progresivo del correspondiente alcorque, alejando cualquier tipo de obstáculo urbano que pudiera entorpecer esta labor en un futuro. Hay que tener en cuenta que las raíces no se detendrán ante nada y el problema no hará más que agravarse con el paso del tiempo, por lo que luchar contra ellas será tarea inútil.

Tanto ante alineaciones o grupos como si se trata de árboles individuales, hay que controlar, en todo momento, cualquier tipo de plagas que pueda atacar de forma masiva a la especie en cuestión. En cualquier caso, es muy importante conseguir y mantener unas condiciones en el entorno que permitan al árbol desarrollarse con plena vitalidad. Sólo así responderá él mismo a cualquier ataque con garantías de éxito, evitando futuras acciones radicales sobre su estructura.

Dejando aparte el valor sentimental de estos seres, no hay que olvidar su valor económico. Algunos ejemplares han sido tasados en cantidades millonarias, hasta el punto de darse casos en los que, para curarse en salud, los responsables han recurrido a entidades aseguradoras para prevenir posibles daños en su estructura o estado sanitario.

Son verdaderos tesoros, patrimonio de todos y de nadie como seres vivos que son y que pagan nuestros cuidados con el placer de su contemplación, enorgulleciendo a quienes colaboran en su mantenimiento o a quienes, simplemente, conviven junto a ellos en la gran ciudad.

Artículo aparecido en QEJ 94 (Abril 2002)

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