Apenas siete meses después de su apertura, esta unidad científico-técnica ya desarrolla varios proyectos de mejora varietal, aplicación de fitosanitarios y control de parásitos

Agròpolis, o cómo impulsar la transferencia agroalimentaria desde la UPC

Anna León06/06/2011

6 de junio de 2011

En casi 10 hectáreas de superficie se aloja el parque Agròpolis, un nuevo polo científico-técnico, auspiciado por la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) y situado en el término municipal de Viladecans (Barcelona). Tras recorrer paso a paso sus instalaciones, se vislumbra un proyecto en plena expansión con el que hacer llegar a la sociedad las últimas aplicaciones en ingeniería agroalimentaria, biotecnológica, del medio ambiente y el paisaje. Superado el medio año de funcionamiento, varios grupos de investigadores llevan a cabo proyectos de mejora de técnicas vegetales y aspersión de fitosanitarios, aunque ya se prevé la puesta en marcha de varios proyectos más, dentro de un mes. Así lo pudimos constatar de la mano de Elisabeth Jordà Llosada, directora de Desarrollo Corporativo del Parc de Recerca i Innovació de la UPC.
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En la imagen, el parque Agròpolis y parte de sus equipamientos: el edificio de servicios, junto a la nave de mecanización donde se investiga sobre maquinaria agrícola y el invernadero de cristal, donde se trabaja sobre genética y nuevas variedades hortícolas.

A simple vista, y una vez cruzado el indicador que señaliza la entrada al parque Agrópolis, en el término municipal de Viladecans (Barcelona), el visitante vislumbra un edificio de color rojizo, junto a otras dos instalaciones: una nave de madera y un invernadero de cristal. En una superficie de 9,14 hectáreas, se alzan éstas y otras instalaciones que constituyen el puntal de esta unidad científico técnica de reciente apertura, amparada por la red de infraestructuras del Parc UPC (Parque de Investigación e Innovación de la Universitat Politècnica de Catalunya). “Nos gusta definirnos como una entidad facilitadora de investigación, valorización y transferencia tecnológica. Por lo tanto, intentamos aportar aquellos elementos que las entidades necesitan no solo para hacer efectiva, sino también para impulsar su actividad, ya sean espacios físicos, servicios básicos, servicios de valor añadido, etc.”. Así describe Elisabeth Jordà Llosada, directora de Desarrollo Corporativo del Parc de Recerca i Innovació de la UPC, la misión que lleva a cabo el Parc UPC, y que desde el pasado mes de octubre cuenta con una nueva infraestructura: el polo Agròpolis. Cercano a la escuela agrícola situada en el Parque Mediterráneo de la Tecnología en Castelldefels (otro polo del Parc UPC), Agròpolis ve la luz con el propósito de hacer visibles, ante la opinión pública, proyectos de investigación, transferencia y docencia en los ámbitos de la agroalimentación, biotecnología, ingeniería agroalimentaria, medio ambiente y paisaje. “Al igual que el resto de espacios del Parc UPC, el Agròpolis se erige como un nuevo entorno que debe permitir que la investigación traspase las puertas de la universidad. Y ahora aún más, con la Globalización. Es importantísimo que aquellos proyectos de grandes investigadores lleguen a la sociedad, y que todo el conocimiento que se genera en la universidad encuentre su lugar en el mercado para favorecer la calidad de vida". De ahí se deduce que este parque, impulsado por la Escola Superior d’Agricultura de Barcelona (ESAB), actúa como un puente entre la universidad y la empresa, a fin de llevar a cabo proyectos tecnológicos que deriven en productos o servicios orientados a una explotación posterior conjunta. En su consecución, se han invertido cuatro millones de euros, facilitados por el Ministerio de Ciencia e Innovación, el Ayuntamiento de Viladecans, la Generalitat de Catalunya y la UPC.

“Con el Agròpolis, al igual que el resto de unidades del Parc UPC, la investigación ha de traspasar las puertas de la universidad. No tiene sentido contar con proyectos muy buenos, si la sociedad se los pierde”

En primer término, se observa el edificio Agrópolis, de color y estructura modular, donde se valorizan las acciones de búsqueda e investigación y la transferencia al mercado. Con unas dimensiones de 867 m2, este edificio alojará, en cuestión de meses, varios laboratorios, diversos despachos y una sala polivalente en la que se organizarán seminarios y acciones formativas. Se ofrece así una alternativa a todos aquellos investigadores que precisen de un espacio interior, en el que puedan realizar tomas de muestras, sin tener que trabajar en los dos invernaderos del recinto.

Una vez en el exterior, y junto al edificio de servicios, se sitúa la nave de mecanización, con 480 m2 de superficie y cinco metros de altura. Este equipamiento se divide en dos. Por un lado, la zona destinada a servicios generales y equipamiento agrícola; y por el otro, un laboratorio de mecanización agraria, preparado para la investigación, toma de muestras y transferencia de conocimiento en mecanización agraria, así como a la certificación de nuevos equipos comerciales y la inspección de todos aquellos en uso. “Y aquí puedes ver –señala Jordà– un prototipo de maquinaria para aspersión de fitosanitarios, uno de los proyectos en los que se está trabajando. Este equipo incorpora como novedad unos sensores laterales que le facilitan información sobre la dosis justa y necesaria de producto cuando circula por explotaciones de frutales o viñedos. Los sensores miden la distancia a la que se halla la planta, así como su espesor y altura. En función de los resultados, y a través de un ordenador de control, este equipo aplica la dosis de fitosanitario justa, con lo que se ahorran costes y se minimiza el impacto ambiental”. En la nave opera la Unidad de Mecanización Agraria que se encarga de diseñar nuevos equipos y técnicas eficientes, certificar las características técnicas para homologar y comercializar la nueva maquinaria, y por último, formar a los operadores para evitar la contaminación por fitosanitarios, en el marco del proyecto europeo Topps.

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En el invernadero de cristal se trabaja en la mejora vegetal de características organolépticas de diversas variedades agrícolas tradicionales catalanas como la 'mongeta del ganxet', los 'calçots' de Valls o la alcachofa del Prat.

Recuperación de variedades catalanas 'de toda la vida' en invernadero

Tras la nave de mecanización, el visitante se topa con el invernadero de cristal, en el que se controlan variables como la humedad, la temperatura, entre otras... “Incluso en agosto, puedes llegar a trabajar a 20º, si así fuera necesario”, explica la directora de Desarrollo Corporativo del Parc de Recerca i Innovació de la UPC. El invernadero, provisto de una superficie de 929 m2, se divide en dos naves que funcionan de forma independiente, lo que resulta útil cuando no se precisa mantener las mismas condiciones en ambas zonas. Una de las líneas de trabajo, en este invernadero, es la mejora genética vegetal de las variedades a estudio. En concreto, se destinan esfuerzos a la recuperación de variedades agrícolas tradicionales catalanas, de valor gastronómico en el mercado, como la ‘mongeta del ganxet’, los ‘calçots de Valls’ o la ‘alcachofa del Prat’. Una iniciativa liderada por el grupo de investigación vinculado a la Fundación Miquel Agustí. En la actualidad, se obtienen las últimas conclusiones del cultivo y estudio de varios ejemplares de planta de ‘mongeta’ (judía) y se efectúan ensayos sobre diferentes tipos de sustratos y sobre germinación de malas hierbas, a identificar a posteriori.

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En el invernadero acristalado también se disponen mesas de trabajo en las que se investiga sobre muestras de sustrato y germinación de malas hierbas.

Medición del grado de afectación de nemátodos en cultivo bajo plástico

En el Agròpolis también se ensaya sobre cultivo bajo plástico y para ello, se cuenta con un último equipamiento: el invernadero de placa de PVC cubierto con film de plástico EVA dotado de una superficie de 720 m2. Este espacio se divide en tres naves y se destina al cultivo en condiciones controladas. Hoy en día, y de la mano del grupo de protección vegetal, se ensayan mecanismos biológicos para controlar los nemátodos que parasitan las plantas así como técnicas propias de la agricultura integrada para evitar la aplicación de pesticidas químicos como ahora los nematicidas. El último ejemplo de estos ensayos, son 10 parcelas de cinco líneas en las que se han plantado tomateras. Del análisis, se llega a conclusiones sobre las variedades más sensibles o resistentes a los nemátodos. Mediante unos rótulos colocados junto a las plantas, se puede leer el grado de afectación de las poblaciones de parásitos, en números romanos, si la planta es sensible o resistente a los mismos (con el código TR-TS) y el tratamiento empleado para combatir dichas plagas.

De cara a los próximos meses, se augura el inicio de tres proyectos más. Por un lado, la construcción de un canal para estudiar la sedimentación en ríos, en el interior del propio edificio Agròpolis y cuya misión es la de prever inundaciones fluviales en puntos donde antes no eran previsibles. Por otro lado, la instalación de un aerogenerador desmontable que produce electricidad, a base de energía eólica, para países en vías de desarrollo y donde no llega la corriente eléctrica. Y finalmente, por parte del departamento de ingeniería medioambiental de la Escuela de Caminos de Barcelona, también se prevé un proyecto de tratamiento de aguas residuales, también en el exterior del Agròpolis. La investigación hará posible, tratar y reciclar el agua sucia de la fosa séptica del inmueble, mediante plantas que generan agua limpia. Durante este proceso, se producen algas susceptibles de uso posterior como biocombustible.

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En el invernadero de plástico se analiza hasta qué punto son sensibles o no diversas variedades de tomateras a las plagas, y ello se indica con rótulos situados junto a las plantas.